Qué dicen los adolescentes de la vida en familias enlazadas

Hace unas semanas una buena amiga me llamó para hacerme una propuesta: convertirme en libro viviente.

Después supe que «LIbros vivientes» es un programa que activado en la biblioteca Ágora de A Coruña para poner en valor la experiencia vital de personas que vivimos en la región.

El proyecto funciona de la siguiente manera: primero te hacen una entrevista donde compartes los aspectos de tu vida que quieres o puedes. A partir de ese encuentro componen un texto, una pequeña historia de vida, que dan a leer a estudiantes de ESO del instituto de al lado. En cada edición tienen 4 «libros vivientes» y pueden elegir uno al que quieran conocer en un encuentro que tiene lugar en la biblioreca.

Pues bien, ayer tuve el encuentro con mi grupo y pasé de ser «libro» a ser «viviente». Descubrí que todas y todos habían venido atraídos por la palabra «madrastra» y pronto supe que cada uno tenía una historia familiar compleja que compartir.

Así que a eso nos dedicamos: a hablar de nuestras experiencias creciendo en familias enlazadas, cada uno desde su perspectiva, escuchándonos y acompañándonos con calidez en ese momento delicado de compartir la carga que habitualmente llevas en silencia.

Quedé emocionadísima y con ganas de que el mundo entero pudiera escuchar lo que estas personas tenían que decir.

Al llegar a casa escribí un texto recogiendo la experiencia, algo que no quería dejar de compartir con todas vosotras. Aquí va:

Me llamo Berta y soy una libro viviente en Ágora. Escribo de noche después de acostar a mi hijo y a mi hijastro, todavía emocionada por el encuentro que tuve hoy con las personas que decidieron pasar una parte de su tarde conmigo en la biblioteca. Objetivo: ¡ninguno! Simplemente estar y compartir, que ya es mucho.

Cuando Eva me propuso ser libro viviente me entró bastante canguelo “¿Yo? Pero qué puedo aportar a los chavales, si solo soy una persona normal, ¡no tengo nada interesante que decir!” Pero como ya me conozco decidí cortar ese rollo aguafiestas que me sale automático y confié en Eva. Si ella me daba ese espacio, pues iba a ocuparlo y disfrutarlo siendo yo misma.

A medida que se acercaba el día del encuentro iba dando vueltas al asunto. Cuando me dijeron que algunas personas se habían apuntado para charlar conmigo recibí la noticia con sorpresa y con alegría. Descubrí que a pesar de la vergüenza me apetecía más de lo esperado.

Ahora ya sé por qué.

He llegado con 10 minutitos de margen para contar con un poco de ventaja estratégica y en la biblioteca me han dado un recibimiento muy cálido, de agradecer. Me ha gustado estar ya en la sala cuando ha llegado mi grupo, poder recibirles con un “hola” o una sonrisa.

Y bueno, no voy a negar que al principio he tenido algunos momentos de tensión, pero muy pronto se ha disipado porque también me he sentido acogida por todas las personas que estaban a mi alrededor.

Han escuchado mis cavilaciones, acogiendo las cosas que están vivas ahora en mi vida, y también me han dado la confianza de compartir algunas de las suyas conmigo. Me he sentido muy privilegiada.

Hemos tenido una conversación donde había poco espacio para lo superficial y bastante para todos nosotros, cada uno con lo que ha querido y podido traer: palabras, silencios, sonrisas, lágrimas, abrazos, miradas. Y entre todos hemos hecho algo que no sé exactamente qué es pero que a mí me ha dejado emocionada, alegre, confortada.

Nuestro punto de conexión ha sido la experiencia de crecer en familias complejas, navegando cada uno como ha podido por la separación de sus padres, cambios de país, dificultades económicas,  las nuevas parejas que han llegado (algunas para quedarse, otras para marcharse después), medio hermanos, hermanastros, abuelastros y todo este mundo de las nuevas familias.

Entre todos hemos ido trazando un mapa de los retos, los descubrimientos, las alegrías y los pesares que han supuesto todos estos cambios en nuestras vidas.

Esa sensación de sentirte fuera en tu propia familia; tener que acompañar el dolor de tu madre y sostener a la familia cuando ella no puede, o sostenerte tú misma porque ella tiene que trabajar; encontrar tu lugar cuando tus padres forman nuevas parejas y llegan hermanos o hermanastros; abrirnos a personas que vienen “de fuera” que a veces nunca llegan a estar cerca de nosotros y en cambio otras veces terminan haciéndose un lugar imprescindible en nuestras vidas, incluso llenando los huecos que dejaron nuestros padres ausentes; descubrir que los amigos pueden convertirse en parte de tu familia y estar cuando más lo necesitas; encontrarte de mayor siendo madrastra y entendiendo un poco más a tus propios padrastros; descubrir que para ti también es difícil acoger a un hijastro en tu vida, que los vínculos llevan tiempo, que a veces nuestras expectativas no se cumplen del todo y entonces nos toca dejar de pelearnos para que haya “más amor” o “más relación” o “más facilidad” o “más harmonía” y empezar a aceptar y valorar lo que sí hay.

Incluso hemos podido hacer un poco de ciencia y observar las diferencias entre nuestras experiencias con padrastros y con madrastras. ¿Qué habrá en nuestra cultura que hace más difícil la relación con las madrastras que con los padrastros? Preguntas para ir respondiendo con calma.

Personalmente, he descubierto que me hace mucho bien hablar sobre esta parte de mi vida con personas que han vivido o están viviendo experiencias parecidas, que pueden escucharme con aceptación y madurez, que también pueden responder a mis preguntas y que con su perspectiva me dan nuevas claves que puedo llevar a mi día a día.

Solo me ha pesado que sus intervenciones no hayan podido quedar escritas para que madres, padres, madrastras y padrastros podamos tomar nota, saber (o recordar) cómo era estar en el otro lado y descubrir las inquietudes y las necesidades que hay detrás de comportamientos que a veces no entendemos. Y que podamos pararnos a poner en valor todo lo que nuestros niños y adolescentes aportan para que la familia siga a flote, a veces sosteniendo posiciones insostenibles y asumiendo mucha más responsabilidad de la que les corresponde por su edad.

Si alguna de las personas que habéis estado hoy conmigo llegáis a leer este texto, quiero agradeceros una vez más la experiencia y la confianza compartidas, que ahora llevo conmigo y recuerdo con afecto. Me he encontrado muy a gusto entre vosotros.

También agradezco a Ágora y a todas las personas que participáis en el proyecto “Libros vivientes” que hayáis abierto este canal de comunicación y me hayáis invitado a disfrutar de él. Ha sido una experiencia única. Y no quiero terminar sin expresar mi agradecimiento a Eva, por dar valor a mi experiencia, por su confianza, por meterme en este “fregao” y por acompañarme a cada paso.

Un gustazo.

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