crianza respetuosa

Crianza respetuosa para madrastras: La autoridad

Ha llegado hasta nuestros días la idea de que los niños son personas sólo en potencia, y que para que lleguen a desarrollarse correctamente (es decir, a comportarse como nosotros queremos) los adultos debemos educarlos.

Nosotras consideramos que los niños son personas completas desde el primer momento. Tienen capacidad de empatía y de cooperación desde los primeros meses de vida y llevan consigo un programa de desarrollo que se irá realizando poco a poco, si los dejamos.

Vista así, la autoridad basada en la capacidad para hacer que los niños obedezcan o para inculcarles valores no tiene mucho sentido. Ellos son capaces de aprender lo que necesitan para sobrevivir simplemente interactuando con su entorno.

La autoridad la ganamos acompañando al niño en su desarrollo, guiándolo con nuestro ejemplo, hablándole de igual a igual y dándole seguridad cuando la necesita.

Veámoslo con más detalle.

Una autoridad basada en la confianza y el liderazgo

La autoridad no se mide por la cantidad de obediencia que nos prestan los niños, sino por la confianza que existe entre nosotros.

Para poder guiar a los niños, primero tenemos que conectar con ellos (en este post te doy 10 claves para conectar con tus hijastros y ganarte la autoridad en casa). Nadie se deja guiar por una persona en la que no confía o con quien no la une ningún vínculo. Si pretendemos “educar” demasiado pronto es posible que no lleguemos a conectar nunca.

La autoridad incluye tanto el hecho de que los pequeños valoren nuestro criterio (lo cual es necesario si estamos a cargo de su seguridad) como que se sientan libres de expresar su disentimiento, negociar o preguntar por qué les pedimos que hagan x.

La otra cara de la autoridad es el liderazgo que ejercemos. La mejor manera de incidir en el comportamiento de los niños es a través del ejemplo que les damos, algo muuuucho más efectivo que las palabras.

No les podemos pedir que nos respeten con un insulto soterrado como: “¿Es que no eres capaz de dar los buenos días?”. En vez de eso podemos asegurarnos de saludarlos cada mañana, o en un extremo, decirles cuan importante es para nosotras que nos digan “buenos días”.

Di “no” sólo cuando puedas empatizar con el niño

El objetivo es mostrar respeto por el libre albedrío del niño, y tener en cuenta que si elige una actividad determinada es porque está de acuerdo con sus necesidades, intereses o su proceso de desarrollo. Los juegos y la exploración son vitales para ellos.

La excepción es, evidentemente, lo que tiene que ver con la seguridad del niño. En esos casos a veces tenemos que imponernos para protegerlos.

Pero en general sabrás que tienes suficiente autoridad para decirle que no a un niño cuando percibas lo importante que es para él seguir con lo que está haciendo y eso te obligue a valorar todas las alternativas al “no”.

Además eso te impulsará a dar una explicación que él pueda entender y a acompañarlo cuando exprese su frustración. En realidad es lo que harías con una persona adulta a quien quisieras.

Si por algún motivo aún no empatizas con el niño a ese nivel, o tienes un mal día y estás saturada, es mejor que dejes los “noes” para tu compañero. Incluso en las familias nucleares los padres se turnan para ejercer la autoridad dependiendo de su estado de ánimo.

Los castigos y regañinas destruyen vuestra relación

Si amenazas a los niños sin ordenador por no ayudar a recoger la mesa, seguramente lograrás que te obedezcan y la recojan. ¿Pero tú quieres que recojan la mesa por miedo a perder el ordenador, o por la satisfacción de colaborar?

Los premios y castigos eliminan la motivación intrínseca de las personas. Si había una parte en ellos que quería ayudar por la satisfacción que eso aporta, al imponer un castigo la eliminamos y la única motivación es evitarlo. Así pues, cuando no haya amenaza no habrá motivo para ayudar en casa.

Más allá de eso, los castigos son una forma de violencia, ya consistan en malas palabras ya en privación de la libertad. Los adultos no toleramos ser castigados, sólo recibimos castigos después de un proceso judicial y además ya se ha demostrado que el castigo no ayuda a la rehabilitación. Entonces, ¿por qué castigamos a los niños?

Además, cuando alguien te amenaza con un castigo sólo tienes dos opciones: o te sometes o te rebelas. ¿Quieres tener ese tipo de relación con tus hijastros?

En vez de eso puedes mostrar tu verdadero sentir, dejando de lado la insidiosa voluntad educativa.

No digas: “Tienes que aprender a ayudar en casa”, di en cambio: “Por favor, ayúdame a recoger, que me siento muy apoyada cuando lo hacemos juntos”.

Porque seamos sinceras: lo segundo está mucho más cerca de lo que realmente sentimos.

O en otro orden de cosas… “Cariño, ¿tienes deberes que hacer este finde? Necesito organizarme un poco el tiempo, así que si te parece te digo cuando estaré disponible para ayudarte, dime tú cuando te va bien hacerlos y ya quedamos”.

Cuando practicamos este estilo de autoridad es nuestro deber dejar claro lo que queremos, pero también respetar que ellos no quieran cumplirlo.

Entonces ellos mismos podrán experimentar las consecuencias: si no quedan con nosotros no estaremos disponibles para ayudarles, si no recogen la mesa lo harán sabiendo que su negativa nos duele y quizás en otro momento no tendremos muy buena disposición para ayudarlos a ellos.

Lo mejor es que en todos estos ejemplos no estamos educando, simplemente estamos siendo nosotros mismos. Y es eso lo que mejor puede nutrir la relación entre adultos y niños.

Esta es la segunda parte del post «Crianza respetuosa para madrastras», aquí puedes leer la primera parte, donde hablamos sobre cómo gestionar las emociones intensas de los niños. Pronto publicaremos la tercera, donde hablaremos del espinoso asunto de la autonomía.

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