El cuento de la criada

En otros posts hemos hablado ya de del síndrome del forastero (Sentimiento de ser una extraña en nuestra propia casa cuando los hijastros conviven con nosotras) y el choque que esto puede provocar en la pareja.

Cuando nos sentimos que no encajamos, que somos inadecuadas o que nada funciona de la forma en la que nosotras creemos que debería (porque piensas que ha pasado tiempo suficiente para que ya no existan tiranteces entre los hijastros y tú, porque sientes rechazo no explícito cuando propones alguna actividad o tu pareja no termina de darte la ayuda que necesitas para desarrollar las relaciones familiares) tendemos a pensar que la culpa es nuestra. “Yo soy la adulta. Si la relación con un infante no es fluida, es que no estoy sabiendo abordar la situación de forma adecuada”. Caemos en el error de sobrecargar nuestra mente con pensamientos parecidos al de esta afirmación y eso nos lleva a querer hacer más y más para conseguir por fin el reconocimiento que necesitamos. En otras ocasiones sobrecargarnos es consecuencia de ese sentimiento de rechazo. Se convierte en una forma de evitar pensar directamente sobre lo que estamos sintiendo. Si nos ocupamos de recoger la mesa, servir la merienda, preparar la casa o estamos disponibles a las peticiones de cualquier miembro de la familia, nos sentimos útiles y parte de la familia. Pero no siempre satisfechas ni reconocidas.

Organizar la casa, gestionar emociones complicadas, cada persona tiene sus cualidades que aportar y todas son valiosas. Pero ¿Qué sucede cuando de pronto, como consecuencia de esas ganas iniciales de agradar y encajar ofreciendo un poco de más a todos, se vuelve en tu contra y pasas a ser la única encargada de esa parcela doméstica?

¿Hacer o no hacer?

Cuando somos las forasteras de nuestra casa, buscar puntos de encuentro es siempre una buena idea como punto de partida. Conocer a una persona nueva que entra en nuestras vidas conlleva tiempo, paciencia e implicación. Los hijos de tu pareja (por su edad, por lasituación de ruptura vivida con sus padres, por su personalidad, etc.) no siempre estarán receptivos para apreciar los esfuerzo que realices por ellos y por eso siempre recomendamos esforzarnos hasta donde estemos cómodas. Ni más ni menos. Sin quemarse ni presionarse. Nuestra pareja, como siempre, clave para ayudar a crear situaciones de encuentro positivas. En familias con visitas puede que esta sensación de inadecuación se produzca menos al ser menor el tiempo compartido o porque la madrastra ha decidido tomarse el tiempo padre/hijos de las visitas como tiempo propio y permanecer ausente. Todo es válido siempre y cuando estéis de acuerdo como pareja y os haga bien.

Cuando la convivencia es más abundante, a fuerza de compartir espacio familiar común se van produciendo interacciones y aproximaciones. Puede que en tu familia seas tú la que tenga una mano especial para la cocina y te parezca una buena idea prestarte a preparar dulces o platos que gusten a todos. Puede que tengas una habilidad especial para las matemáticas y en un momento dado te ofreciste para hacer los deberes, etc. Organizar la casa, gestionar emociones complicadas, cada persona tiene sus cualidades que aportar y todas son valiosas. Pero ¿Qué sucede cuando de pronto, como consecuencia de esas ganas iniciales de agradar y encajar ofreciendo un poco de más a todos, se vuelve en tu contra y pasas a ser la única encargada de esa parcela doméstica?

El cuento de la criada

En un momento dado recoger la ropa de nuestra hijastra y preparar la bolsa con cosas del cole nos puede resultar gratificante. Nos ayuda a conectar con la vida familiar, a aceptar la realidad que estamos viviendo y nos parece una buena idea ofrecernos para estar también disponibles de cara a los niños, para que no requieran exclusivamente a su progenitor para que cumpla todas sus peticiones. De pronto, al querer tener un espacio propio familiar te das cuenta de que la situación se ha dado la vuelta todo como un calcetín y has vuelto al punto de partida. Pero del revés. No existe reconocimiento por tu esfuerzo diario y sin embargo cargas con el peso de todas las responsabilidades. Ahora te requieren para todo. Para que la ropa esté limpia y plegada. Para realizar los debes. Para tener esa comida recién hecha. Para llevar los asuntos del colegio de tu hijastra. Y un largo etcétera. Has pasado de no ser nadie a ser una criada. ¿Cómo se puede remediar?

Antes que nada, aviso para navegantes. Si de pronto acabas de descubrir que nuestra situación ha virado hasta este punto tan particular, que no cunda el pánico. Sentirse furiosa con una misma por haberse dejado llevar es natural. Y cabrearte con el resto de miembros familiares por abusar de tus buenas intenciones también. Respira y convoca reunión familiar. La mejor forma de volver a darle la vuelta a la tortilla es hacer entender que en vuestra casa vivís todos, a pesar de que algunos lo hagan de forma intermitente. Y eso significa que la responsabilidad es compartida. Hasta los hijastros más pequeños pueden contribuir recogiendo adecuadamente los juguetes de su cuarto. Con tu pareja puedes enfocarlo desde un punto de vista educativo. Enseñar a responsabilizarse es garantizar un futuro mejor para los niños. Es muy tentador explotar contra nuestra pareja porque cuando descubrimos que llevamos demasiado peso sobre nosotras, tenemos la sensación de que hemos sido traicionadas y que él o ella ha contribuido, no avisándote, de que quizás era momento de delegar.  No siempre es así, porque no siempre somos conscientes. Nadie está 100% pendiente de lo que hace el otro y es muy fácil caer en la comodidad de que te lo den todo hecho. ¿Acaso a nosotras no nos pasaría igual? Es humano. Si te sientes muy frustrada, tómate un día de descanso para descargar y buscar el enfoque positivo. Tendremos una respuesta más positiva y dirigida a la solución que buscamos.

Límites saludables

La madre de la ciencia en esto de la familia enlazada. No es no. Y decir no es muy sano. Cuando recibes una petición de forma poco respetuosa, cuando se te exige algo que excede tus capacidades en ese momento o si simplemente consideras que es lo correcto, plántate y di no. Puedes explicar tus motivos para negarte o simplemente disculparte por no encontrarte disponible en ese momento y pasar página. Sin resentimientos. ¿O acaso siempre recibes un sí por respuesta cuando eres tú la que pides algo?

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