La Familia Reconstituida (III). El punto de vista infantil

En los anteriores posts sobre la Familia Reconstituida (I) y (II), hablamos de las peculiaridades de esta, de su formación y de sus dilemas a medida que se va formando, pero siempre en el punto de vista del adulto. Pero no sólo los adultos toman partido en  la formación familliar, los niños implicados también constituyen un papel fundamental a tener en cuenta.

¿Qué causa ambivalencia en los niños respecto a las parejas de sus padres?

Un intruso ha llegado

Tal y como comentábamos en posts anteriores, el gran reto al que se enfrentan los miembros de la nueva familia es el de motivar la curiosidad para conocer los gustos, las aficiones, las necesidades, etc. y así crear un punto intermedio para todos en el que se sepa qué se puede esperar de cada uno de sus miembros. Si lo llevamos a la visión de un niño, la formación de la familia reconstituida se basa en la llegada de un extraño al seno familiar, una madrastra o un padrastro, del que no saben nada ni conocen sus gustos o sus costumbres, con el que tienen que convivir el tiempo que pasen con su progenitor y que por lo tanto puede implicar una nueva amenaza de pérdida y de ruptura del status quo con el padre/madre. Hasta que el nuevo punto intermedio se crea la sensación de estar compitiendo por el afecto del progenitor entrre los hijos y el recién llegado llega a su punto álgido. Pongamos un ejemplo: La llegada de un nuevo miembro a la familia supone un cambio significativo en las rutinas establecidas. Esos cambios producen mucha inseguridad en Alicia, de 7 años, que se siente algo confusa. Su inseguridad la lleva a necesitar más contacto con su madre. Pero su madre, a su vez, está dedicándole tiempo y afecto al hombre que acaba de llegar a su familia. ¿Cómo se siente Alicia?

La amenaza de una nueva pérdida

Todas estas emociones ante la llegada de alguien desconocido y los cambios que se producen en las dinámicas de familia generan inseguridad y a veces incertidumbre en los niñxs. Esta inseguridad puede desatar viejos temores vinculados a la primera pérdida familiar y la sensación de que el nuevo status quo que se ha creado con su padre/madre está otra vez en riesgo. Sensaciones y sentimientos de conflicto afloran. Pongamos un ejemplo: Los sábados por la mañana ya no son lo que eran para Alicia. Cuando su madre y ella vivían solas les gustaba dedicar unos minutos a abrazarse en la cama antes de bajar a desayunar y compartían un momento íntimo madre/hija. Desde la llegada de la nueva pareja de su madre, los sábados en la habitación materna son a puerta cerrada y esos momentos de abrazos se los dedica a su pareja, haciendo que Alicia se sienta insegura y desplazada.

Conflictos de lealtad

A medida que los miembros de la familia se van conociendo movidos por la curiosidad y la empatía, la relación se estrecha. Se inician las primeras actividades grupales en las que se pueden compartir los diferentes gustos y aficiones y se van aproximando posturas. El extraño tiene nombre y una función dentro de la familia, pero esta situación también puede generar fricciones. Pongamos un ejemplo: Juan es el nuevo compañero de la madre de Alicia. Alicia ha descubierto que a Juan le gusta mucho ir a buscar setas por el monte y propone una excrusión familiar para los tres. Alicia se siente encantada ante la idea de la excursión familiar. El día ha sido un éxito y estando todos sentados merendando un bocadillo Alicia mira a su madre y su pareja. Un recuerdo de su padre, Pedro, le viene a la cabeza. Su padre vive en la ciudad y no han ido nunca de excursión al campo. Alicia se siente mal pensando que su padre no ha podido organizar una salida tan especial con ella e intenta dar valor a los paseos por el parque que hace con él. Se siente culpable por estar tan feliz haciendo actividades diferentes con Juan y piensa que si su padre se enterase se pondría muy triste. Alicia decide no volver a pasarlo bien con Juan nunca más.

La fantasía de la reconciliación

A pesar de que las nuevas familias se encuentran en formación es posible que los niñxos no hayan terminado sus procesos de duelo por la pérdida de la primera familia. Como hemos visto más arriba, la aparición del nuevo miembro puede avivar nuevas sensaciones de peligro ante una posible pérdida y producir sufrimiento por anticipación. Miuchos niñxs identifican la ruptura de sus padres como el inicio de su sufrimiento, a pesar de que haya significado una mejoría en sus vidas, y fantasear con la reconciliación entre ambos les mantiene en un duelo permanente que no les permite pasar página. Pongamos un ejemplo: Los cambios que se han producido en la vida de Alicia le han generado inseguridad y temores. Su madre ahora comparte tiempo y afecto con Juan y ella se siente dejada de lado. Y Juan le recuerda que su padre ya no está en casa y que no va a volver. Si su madre hiciera un esfuerzo por apreciar lo buen padre que es Pedro y dejaran de discutir quizás se darían cuenta de que todavía se quieren y entonces podrían todos volver a vivir en la misma casa y ser una familia de nuevo. Pero ¿Qué pasaría con Juan?

Los procesos internos de los niñxs no están exentos de complejidad, pero a diferencia de los adultos, es mucho más complicado para ellos poner nombres a sus pensamientos y temores, puesto que todavía están en formación. Comprender que sus procesos internos no son contra nadie, empatizar con ellos y ayudarles a expresarse para darles seguridad y confianza desde el afecto es clave para crear un punto intermedio familiar estable y duradero. Sus actitudes no son reacciones contra tí, sino contra situaciones que les causan inseguridad, temor y en ocasiones dolor.

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