Encuentros con la familia: ¿Me quedo o me voy?

Las pruebas de la madrastridad son muchas más de 12. Formar una familia enlazada nos pone en mil situaciones que se pueden convertir en grandes retos dependiendo de cómo nos encontremos y muy especialmente de cómo reaccionen las personas a nuestro alrededor.

Una de ellas es la relación con la familia extensa, tanto la de nuestros compañeros como la nuestra.

Nos habéis contado todo tipo de situaciones familiares que parecen imposibles:

  • Grupos de whatsapp de la familia de tu compañero donde todavía está la ex o se habla de ella constantemente
  • Suegros que no aceptan la separación de su hijo y hacen como si no existieras
  • Suegros y cuñados que ponen constantemente en duda tu lugar en casa
  • Suegras que son las mejores amigas de la ex
  • Tus propios padres criticando constantemente tu decisión
  • Tu familia negándose a conocer a tu nueva pareja y a sus hijas o hijos
  • Tu madre soltando frases como “ya sabías dónde te metías” o “esto no va a acabar bien”…

Y podríamos seguir.

Hemos hablado en otro post sobre la presión, la desconfianza e incluso en vacío que podemos encontrar en las relaciones familiares más allá del núcleo de casa (que ya tiene su intríngulis de por sí) y cómo abordarlo.

La pregunta que nos planteamos hoy es: “¿Qué hago? ¿Sigo aguantando la situación o me aparto y por lo menos evito la incomodidad?”

Muchas madrastras expresan el mismo sentir:

Estoy harta de esta situación, cada vez que voy a casa de mis suegros me siento fatal y quiero salir corriendo… Pero si me voy estaré renunciando a mi lugar ¡y entonces ellos ganan!

Y con los padres algo parecido:

Sólo quieren verme si voy sola o con mi hija, pero no aceptan a mi pareja y mucho menos a mis hijastras, estoy harta de vivir dividida, ¡pero tampoco voy a dejar de verles!

No es una situación sencilla y no hay una única respuesta para todas las madrastras y para todas las familias.

Lo que sí es fundamental en esta situación es tratar de dar vueltas sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que una madrastra debe o no debe hacer, lo que puede pasar si voy o no voy… y centrarnos en lo que nosotras sentimos.

Para eso me gusta seguir tres pasos:

1. Qué quiero yo

Para algunas personas la relación con la familia extensa es muy importante, para otras, no tanto.  Algunas familias son muy insidiosas mientras que otras tiran más bien hacia el vacío y la indiferencia. No todas afectan a nuestro núcleo de la misma forma.

Ahora, siendo totalmente sincera contigo misma, ¿en qué lugar de tus prioridades está la relación con la familia de tu compañero y con la tuya? ¿Qué cosas puedes pasar por alto, por lo menos un tiempo, y qué cosas necesitas que cambien ya?

Al hacerte estas preguntas seguramente sentirás un impulso interior para alejarte de algunas situaciones y para luchar por otras. Ese es el mejor indicador.

Un buen primer paso es darte permiso para no seguir bregando con situaciones que no son una prioridad para ti y comunicarlo o simplemente pasar a la acción y apartarte.

2. Qué quiero de los demás

En las situaciones que sí nos importan, aquellas en las que queremos invertir energía o en las que necesitamos que haya un cambio, ¿qué es lo que queremos exactamente que cambie?

¡Cuántas veces esperamos que las personas cambien su actitud sin pedírselo!

Usar tu voz para pedir lo que quieres o poner un límite no es un signo de debilidad, ni una muestra de que no sabes adaptarte de la manera en que una madrastra debería adaptarse, ni una falta de respeto.

Es afirmar tu compromiso con la familia, tu decisión de cuidarte y decir a los demás cómo quieres ser tratada.

  • “Prefiero que dejes de hablarme de la ex”
  • “Quiero que dejes de cuestionar mis decisiones delante de los niños”
  • “Cuando me dices que ‘ya sabía en lo que me metía’ no me estás ayudando a nada, así que por favor deja de darme esta respuesta o dime si prefieres que deje de contarte cómo estoy”
  • “Para mí es muy importante que conozcáis a mi familia, a las personas con las que me he comprometido, así que me gustaría que vinierais a casa el domingo que viene”

Todas estas frases pueden llevarte al lugar que querías, y a veces sólo hace falta pronunciarlas.

3. La responsabilidad final

Así como nosotras podemos pedir o poner límites, los demás pueden reaccionar de formas muy diferentes, y a veces no están abiertos a un cambio.

En ese caso la pelota vuelve a estar en nuestro tejado. Nos corresponde movernos para lograr esos cambios que queremos, aunque sea de una forma diferente a cómo nos gustaría.

Podemos dejar de hablar de nuestros problemas madrastriles con la persona que nos responde que “ya sabíamos lo que había”, podemos salir de grupo de WhatsApp, podemos ir a ver a nuestra familia solo cuando realmente nos apetezca estar a solas con ellos…

Asumir la responsabilidad pasa por ver la situación en su conjunto, incluyendo tanto los límites de las otras personas como los nuestros, y trazar nuestra propia ruta, comprometidas con las relaciones que más nos importan y sobre todo con la relación con nosotras mismas.

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