Gananciales, perdenciales, y el novio de mi ex.

Por Patricia Rodríguez Veacey

¿Sabeis aquello de que si te cuentan mal un chiste pierde toda la gracia?

Pues cada vez que leo una noticia sobre derecho de familia en los periódicos pienso… Necesitan un abogado de familia que les asesore, porque lo están contando fatal.
Y luego pienso que sé que me lo cuentan fatal porque entiendo del tema. Y también que de los temas sobre los que no entiendo me deben colar goles uno tras otro.

Titular de la semana. “El Supremo prohíbe a los divorciados con hijos menores vivir en el domicilio familiar si conviven con una nueva pareja”.
A mi esto me suena a caza de brujas, a jueces persiguiendo señoras con cinturones de castidad y echándolas de sus casas con lo puesto. Por alguna razón, esa imagen mental me hace ver a la señora cayendo en un charco. Algo así como Fantine en los Misérables de Víctor Hugo.
Y ciertamente, contado así…

Pero claro, pasa que para contarlo bien tenemos que explicar y entender un poco un concepto maravilloso que no he oído mencionar en ninguna tertulia de las muchas que han versado sobre la catastrófica sentencia que, para algunos, era signo de una peligrosísima deriva machista del poder judicial. Enriquecimiento injusto. ¿Os suena?

El enriquecimiento injusto es que tú te empobrezcas y otro se enriquezca sin que haya una causalidad. Es decir, la prestación de alimentos de los hijos, si queréis, supone un enriquecimiento para los hijos y un consecuente empobrecimiento del progenitor que la abona. PERO ES UN ENRIQUECIMIENTO JUSTO. Porque existe una obligación del progenitor de alimentar a sus hijos.
Si yo atropello, pongamos, a mi cuñado (que suele ser un pariente que cae bien y al que nunca apetece atropellar), lo más probable es que deba pagarle una indemnización por los daños sufridos. Es un enriquecimiento por parte de él y un empobrecimiento por mi parte, pero no me queda más que aguantarme, porque es un enriquecimiento JUSTO.
Ahora bien, imaginad la siguiente situación: le dices a tu amiga Faustina, que trabaja en una óptica, que le das los 30 euros que cuestan tus lentillas y le pides que te las traiga esta tarde cuando os veáis en clase de macramé. Y resulta que a ella le hacen, por ser empleada, un descuento del 60%, y por lo tanto las lentillas le cuestan 12 euros. Si Faustina se queda con los 18 restantes, a parte de ser una amiga pésima, lo que tiene es un enriquecimiento INJUSTO. Porque si las lentillas le cuestan 12 euros, yo no tengo por qué darle a ella los 18 restantes.

En cualquier caso, en el caso de la sentencia que se viene comentando últimamente, el tema es el siguiente: hay un señor que está viviendo de forma gratuita en un inmueble que es propiedad de otro señor, al menos al 50%. El señor propietario tiene que pagar la mitad de la hipoteca porque sus hijos y su exmujer viven allí, es decir, tiene que soportar un empobrecimiento porque tiene unas obligaciones con sus hijos. Pero con el otro señor que vive allí no tiene ninguna.

El Supremo, con esta sentencia, no ha echado a nadie de su casa. Faltaría más.

Si el ponente de la sentencia hablara como yo, lo explicaría así:
“A ver, el hecho de que este señor esté viviendo en esta casa de gratis es un enriquecimiento injusto, y este otro señor no tiene por qué aceptarlo. Como ahora esta vivienda ya es la vivienda familiar de una nueva familia (la del señor que vive ahí de gratis y la ex del que paga), vamos a hacer una cosa. Vamos a liquidar la sociedad de gananciales. Y para eso, la casa no puede estar gravada con un derecho de uso porque eso disminuye su valor. Por lo tanto, elimino este derecho de uso. Y entonces, con lo obtenido en la liquidación de gananciales se pueden hacer varias cosas, entre ellas, que la madre, que hasta ahora tenía el uso del domicilio, compre la mitad de su exmarido.”

Porque el enriquecimiento injusto es eso, injusto. Y si yo decido hacerme la loca y dejar que mi amiga Faustina se quede con los 18 euros restantes de las lentillas, es mi elección, pero no tengo por qué hacerlo, aunque yo me fuera a gastar de entrada 30 euros.

Consultas legales, segunda opinión, preparación para el juicio…

Soy Paty, abogada de familia especializada en familias enlazadas y colaboradora de Ser Madrastra. Descubre aquí todas las formas en que podemos trabajar juntas.