¡Esto no me lo esperaba!

Ayuda madrastras

Durante toda la infancia, adolescencia y juventud, aprendemos cómo es el ciclo vital de una persona en nuestra sociedad. Carrera, enamoramientos, quizás alguna relación estable, compartir piso con amigos, mejorar nuestra posición laboral, vivir en pareja y más adelante, mucho, pero que muuuuuuucho más adelante, quizás tener un hijo.

Entre cuentos e ilusiones vamos elaborando un proyecto vital con varias etapas, y con un tiempo asignado a cada una de ellas. Primero esto, luego aquello. Es algo vago, pero sirve como referencia.

Pues bien, una buena manera de cargarse todos los planes es convertirse en madrastra. Especialmente cuando no tienes hijos.

Yo misma a los 26 años pasé, en cuestión de meses, de vivir sola en un pequeño apartamento de estudiante en el centro de Barcelona a instalarme en una casa de aldea con mi nuevo compañero y ¡plop! un niño de 4 años apareció en mi vida, con lloros, cacas, biberones, rabietas y exigencias incluidas.

El acelerón que vivimos las madrastra es tal que a menudo nuestros nervios descarrilan.

Y es que no es sólo hacerse cargo de un niño. Es asumir una avalancha de cambios y situaciones que ¡¡no esperábamos!!

 

Idilius interruptus

 Llámalo noviazgo, acercamiento, idilio o romance. Me refiero a ese periodo de encandilamiento que solemos pasar cuando nos enamoramos. Ese tiempo en que nos acercamos a nuestra pareja, en que nos descubrimos el uno al otro, en que buscamos a toda costa ratos para cultivar nuestra intimidad y… ¡ding-dong! El crío acaba de llegar para pasar dos, tres, cuatro o siete días en casa.

Hazte a la idea de que tu historia queda en stand-by, pero además pasas automáticamente de estar en el ajo de la relación a ocupar la periferia y sentirte una extraña.

Es duro hacerse cargo del hijo de tu pareja cuando tu relación todavía no está afirmada, y es que a las madrastras se nos esfuma ese tiempo que suelen tomarse las parejas para conocerse antes de decidirse a tener un hijo, y dedicar toda la atención que los niños requieren.

Empacho de divorcio

Custodia compartida, régimen de visitas, familia reconstituida, mediación familiar, Síndrome de Alienación Parental, pensión alimenticia… ¿Verdad que vuestras vidas eran mucho más tranquilas antes de que estas palabras hicieran aparición en ella?

Las madrastras a menudo nos encontramos asumiendo una serie de conflictos que nuestras parejas y sus hijos acarrean de su antigua relación. No tuvimos nada que ver en ellos y poco podemos hacer para resolverlos, pero nos encontramos día a día apoyando a nuestros compañeros y viviendo su angustia en nuestra piel.

 

Dónde está mi casa

Cuando hay niños de por medio, se impone lo práctico. ¿Y eso qué es? Pues en este contexto aprendemos rápidamente que lo práctico es lo que mejor va a los niños. Por h o por b, cuando nos planteamos vivir juntos lo más habitual es que seamos nosotras quienes vayamos a vivir a la casa que nuestras parejas compartían con sus hijos. Está cerca de la escuela, cerca de la casa de la madre, es donde los niños están acostumbrados a vivir…

La cuestión es que, al cambio de vivir en pareja, se suma el hecho de aterrizar en una casa ajena y ya habitada. Con sus normas, sus tiempos, los rastros de su pasado. En pocas palabras: somos extrañas que llegamos desde fuera, y por tanto tenemos que ganarnos nuestro sitio, aunque sea en un lugar donde de entrada habríamos preferido no estar.

 

¿Y mis hijos?

Bueno, quizás nunca te lo habías planteado antes o quizás sí. Sea como sea, es difícil que criar a un hijo y presenciar una relación paterno-filial no toque en ti ninguna fibra. ¿Querré tener mis propios hijos?

A mí, personalmente, esa pregunta que dio muchos dolores de cabeza. Me sentía muy frustrada por tener que cuidar de un niño que entonces era muy ajeno y en cambio no poder disfrutar de una experiencia propia de maternidad. Pero ese era sólo mi caso. Sé que otras vivís conflictos muy distintos.

Puede que tuvierais muy claro que no ibais a tener niños y que de repente os encontréis vinculada con ellos de por vida, o que tengáis deseos de tenerlos y que vuestra pareja no quiera, o que económicamente no pueda por tener que pasar una pensión alimenticia muy alta a su ex. En cualquier caso, estos conflictos son difíciles de digerir y nos tocan muy profundamente.

 

¡Tengo una familia!

Mis amigos, la gente de mi edad, cuando inicia una relación suele decir que tiene pareja, que tiene novio o novia, que tiene un compañero o compañera. Yo, al poco de comenzar mi relación, me encontré diciendo que tenía una familia. Parece un detalle superfluo pero a veces, el hecho de formar una familia, ya sea a conciencia o de forma sobrevenida, hace aflorar conflictos que acarreamos de nuestra propia infancia.

Como mi hijastro, yo soy hija de padres separados, y desde el principio me proyecté en él. Pensé que él tendría sentimientos parecidos a los que yo tuve, que tenía que evitarle sufrimientos que yo misma padecí, empecé a comparar la relación que tenía él con su padre con la que yo tuve con el mío, etc. Y aunque fui una niña relativamente feliz, todas las sombras de mi infancia de repente crecieron al lado de mi nueva familia.

 

Soy adulta

Ya he hablado en este blog, y se ha hablado en general, de lo confuso que es el rol de madrastra. Eso es cierto, si algo compartimos las madrastras es el desconcierto. Pero hay algo claro, y es que el rol de madrastra es un rol adulto, que se define en contraposición al rol infantil de los niños.

Las madrastras tenemos que convertirnos de repente en figuras adultas. Adquirimos de un día para otro la responsabilidad de hacer que nuestra relación con los niños funcione, de anteponer sus necesidades a las nuestras, de cuidar de ellos, de desarrollar y ejercer nuestra autoridad. Todo eso sin la transición de estar junto a los niños cuando son bebés, y lo que es más: sin haber elegido con total libertad adoptar ese rol.

 

En definitiva: a veces las madrastras necesitamos ayuda

Lo que quiero decir con todo esto es que convertirse en madrastra, incluso en la mejor de las situaciones, es complicado, confuso, muy exigente, agotador. La vida pone ante ti muchos retos y preguntas que te pillan de imprevisto y que exigen una respuesta inmediata.

Es habitual que nos encontremos en una situación que nunca habíamos deseado, que nuestros planes queden trastocados y que además de nuestras propias neuras, nos acucien las de los demás: las de nuestra pareja, las de nuestros hijastros.

No os extrañéis, ni os sintáis fracasadas si en algún momento la situación os supera. Las madrastras, muy a menudo y con mucha razón, necesitamos ayuda. Si os sentís así, no dudéis en buscar personas de confianza con quien tratar vuestros asuntos. A veces un psicólogo o psicóloga nos puede ayudar a desbrozar el camino y poner nuestras emociones en orden.

salvavidesPara mí fue muy revelador descubrir que en Estados Unidos, donde el divorcio está mucho más reconocido y aceptado que aquí, hay cada vez más terapeutas y coaches especializados en familias reconstituidas y específicamente en apoyo para madrastras.

Yo misma, al cabo de un año de haberme convertido en madrastra, sentí peligrar verdaderamente mi felicidad y mi relación. Fue entonces cuando me decidí a buscar ayuda de una psicóloga, y debo decir que con tiempo y su ayuda, mi situación en casa ya no tiene nada que ver. He resuelto muchos conflictos tanto del presente como del pasado. Y hoy puedo decir que estoy satisfecha con mi vida, que la relación con mi hijastro ha dejado de ser una fuente de angustia y que encuentro muchas gratificaciones en la vida junto a él. Buscar ayuda valió la pena.

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