La primera vez que mi hijastro me dio las gracias

Hoy tengo ganas de compartir contigo una experiencia que tengo marcada desde hace años.

Cuando empecé a convivir con mi pareja y su hijo, sentí una gran necesidad de integrarme en casa. El hecho de haber dejado mi ciudad, amigos y familia seguramente tuvo algo que ver, pero la cuestión es que tenía verdadera prisa por sentirme parte de la familia.

Con esa intención me volqué en la relación con el peque y en seguida asumí una parte importante de las labores de cuidado, junto con mi compañero.

Si bien reconozco que lo que me movía era en buena medida la búsqueda de mi propio bienestar (la necesidad de sentirme incluida), en seguida me di cuenta de que también necesitaba un cierto reconocimiento por el esfuerzo que realizaba y por lo que aportaba en casa.

Pero claro, la perspectiva de mi hijastro era diferente. Él me aceptó en seguida, eso es cierto, pero a sus 4 años estaba acostumbrado a que los adultos hicieran todo tipo de cosas por él, y el agradecimiento o el reconocimiento de mis esfuerzos era algo que en general no se planteaba.

Empecé a acumular resentimiento por cada vez que hacía la comida y sólo recibía una queja de lo caliente que estaba, por cada vez que me pedía algo sin decir “por favor” ni “gracias”, por cada muestra de desdén hacia algo que yo había hecho por él.

Pensarás que estaba hipersensible, y creo que tienes razón.

Sin embargo ahí estaba mi necesidad de reconocimiento, su ignorancia total del asunto, y un creciente distanciamiento que no sabía cómo manejar.

Mi pareja ya estaba ayudándome con nuevas normas en casa y sentía que no podía pedir más. Además él no veía la urgencia de mi necesidad. En ese momento nuestros lugares en la familia eran muy distintos y no siempre conseguíamos entender los sentimientos del otro.

Por aquel entonces tuve mi primer contacto con la Comunicación No Violenta.

Hasta el momento lo que me salía era responder con amargura a los comentarios de mi hijastro y soltar algún discurso airado sobre la necesidad de mostrar agradecimiento cuando alguien hace algo por nosotros. ¿Crees que alguna vez tuve éxito?

Exacto: nunca.

Así pues, decidí poner en práctica solo una de las bases de la Comunicación No Violenta: abandonar el discurso de la razón (que siempre parte de que hay algo correcto y algo incorrecto) y empezar a hablar de mí, de mis necesidades.

Y conste que aún hoy en día creo que tenía razón con mis charlas. Solo que eso no ayudaba para nada a acercar posiciones con mi hijastro.

La ocasión se planteó un día que fui a buscar unos libros para él a la biblioteca (se había quedado sin lectura y eso era algo importante para él).

Al llegar a casa le conté lo que había hecho y le mostré la bolsa con los libros. Él miró y me respondió con un: “Bf, estos ya los he leído y este otro no me interesa” y dejó la bolsa.

Te juro que en ese momento se me llevaron los demonios. Pero esta vez estaba resuelta a no soltar la chapa. Tenía que hablar de mí, de lo que me estaba pasando, aunque eso supusiera mostrar una debilidad ante él. Así que sin saber muy bien qué esperar, dejé a un lado la amargura y le dije abiertamente:

“Después de haber ido a la biblioteca a buscar estos libros, ¿sabes lo que necesito ahora mismo?”

No hizo falta más.

Sin dudarlo un momento me dijo: “Sí, necesitas que te de las gracias”. Se acercó, se sentó en mi regazo y me dio un verdadero abrazo.

¿De verdad? ¿Lo único que hacía falta era pedirlo? ¡¡Ojalá lo hubiera sabido antes!!

Ese día encontré voz para hablar con mi hijastro, para mostrarme ante él y pedirle lo que necesitaba, sin depender de mi compañero.

Y decidí que la Comunicación No Violenta me iba a acompañar en mi camino como madrastra.

Si quieres aprender a identificar tus necesidades y transformarlas en peticiones asertivas, échale un vistazo al taller práctico de iniciación a la Comunicación No Violenta para familias reconstituidas que empieza el 27 de diciembre.