La verdad detrás de «tú eres la adulta»

Hace unos días hicimos un llamamiento en redes para recopilar las expresiones más horribles que se le pueden decir a una madrastra (punto extra si es novata).

Aparecieron las grandes conocidas por todas (Ya sabías dónde te metías, tú eres la adulta, entiende que no eres la prioridad, etc.) y algunas nuevas que tuvimos que añadir a la lista.

Siempre intentamos enseñar a restar importancia a estas expresiones, enfocarlas desde otro prisma para que aprendáis a defenderos de ellas y que os resbalen como gotas de lluvia. Pero es innegable que todas hemos llegado al punto en alguna ocasión en el que nos hemos preguntado: «¿Pero por qué tengo que aguantar yo esto?»

El contestador automático

¿No te has dado cuenta que a veces cuando hablar con alguien que no sabe muy bien que decir te responde en automático? Durante nuestras conversaciones hay millones de expresiones automáticas que sirven para llevar el hilo de lo que estamos diciendo/escuchando y puesto que es una conversación, esperamos que la otra persona nos de su aporte, un punto de vista o quizás su apoyo y comprensión. Pero muchas veces la persona que tenemos delante no tiene una idea formada sobre lo que nos está sucediendo y en vez de simplemente sentenciar «no sé qué decir o cómo puedo ayudarte», responden con la primera frase genérica que les viene a la cabeza «Tú tranquila, ya verás como todo mejora».

Las opiniones son personales

Todo el mundo tenemos opinones y pensamientos sobre la realidad que nos rodea. Pero esos pensamientos no son la realidad en sí misma. Cuando presenciamos un acontecimiento lo pasamos por nuestro filtro vital, por nuestras experiencias pasadas y emociones y entonces formamos una opinión, siempre subjetiva. El problema surge cuando tomamos esa opinión y nos la colocamos de bandera: «mi opinión soy yo». Y nos negamos a escuchar nuevas visiones para ir moldeando nuestra forma de ver las cosas. Es mucho más sencillo defender la vida tal y como nosotros la vemos, ¿verdad?

Cuando le contamos a una persona externa a nuestra situación lo que estamos viviendo, transporta esa anécdota a su interior, pasando por el filtro vital y emocional para ofrecernos su punto de vista (u opinión): «No deberías sentirte así, tú eres la adulta».

No deberías sentirte así porque esa persona que está opinando no se siente de la misma forma que tú en el fondo. No está sintiendo la angustia que tu puedes sentir cuando percibes que en tu casa no se te respeta o tus hijastros te ignoran o responden mal. Tú eres la adulta, es cierto, y como adultos muchas veces contamos con más herramientas para poder enfrentarnos a las situaciones cotidianas «habituales». Pero eso no nos otorga una armadura plateada y una serie de respuestas chistosas que nos permitan esquivar todos los comentarios venenosos que podemos recibir a lo largo de la madrastridad. Todos tenemos sentimientos y cuando además tenemos la guardia baja, ciertos detalles nos hieren más. Como por ejemplo que nos digan «tú eres la adulta» y por lo tanto nuestros sentimientos no sean validados.

Este tipo de opiniones suelen ser automatismos que tenemos aprendidos por nuestras experiencias vitales. Cuando alguien está nervioso le decimos que esté tranquilo. Cuando alguien está triste, que se anime. No es que realmente pensemos que podemos cambiar con un chasquido de dedos la realidad de la otra persona y sus sentimientos, es que cuando no sabemos qué decir echamos mano de la lista de tópicos disponibles que creemos que mejor encajan en la conversación. «Me siento poco querida y respetada» «Ya, pero tú eres la adulta y estás por encima de eso». Esa afirmación no tiene nada que ver con nosotras y mucho que ver con los prejuicios sobre nuestra situación, que sigue siendo una gran desconocida para la mayoría de gente. ¿Verdad que cuando una amistad nos cuenta que está sufriendo moving en el trabajo y lo está pasando realmente mal no le decimos «tienes que estar por encima de eso, tú eres la adulta? Somos mucho más sensibles cuando son situaciones o realidades conocidas o que nos han tocado de cerca, sin embargo perdemos esa sensibilidad cuando es algo que desconocemos y por ende, no sabemos qué decir que pueda aportar.

¿Podemos hacer algo para cambiar la percepción de la otra persona? Si y no. Hay una parte que es exclusiva del otro, querer escuchar y abrir la mente. Pero por supuesto que podemos poner de manifiesto lo errado de esa afirmación. ¿Desde cuando ser adulto nos convierte en un saco de boxeo? ¿Ser adulto nos exime de tener sentimientos o merecer respeto? ¿Nos vuelve insensibles? Evidentemente no. Y cambiar la percepción del otro empieza por hacer uso de la empatía.

«Dime, ¿Cómo te sentirías si te estuviera sucediendo esto a ti? ¿Cómo actuarías?» Seguro que entonces lo piensan dos veces antes de responder en automático.

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