Madrastra, ¿cuidas tu fuerza de trabajo?

Desde hace milenios las mujeres somos educadas para cuidar, especialmente a los miembros de nuestras familias. A través de muchos mecanismos se nos inculca la idea de que debemos estar para los demás, identificar sus necesidades y atenderlas.

Este mandato de género se refuerza con penalizaciones por incumplimiento, empezando por las etiquetas de “malas madres”, “malas hijas” o “malas esposas”.

Si una niña lleva la ropa sucia señalamos a la madre. Si un niño “molesta” señalamos a la madre. Cuando una pareja se separa se da por sentado que será la madre quien cuide de las criaturas. De hecho el juicio social que recae sobre una madre que decide renunciar a la custodia de sus hijas o hijos es devastador.

En cambio es normal que un padre se limite al régimen de visitas estandar (y muy probable que una buena parte de esas visitas transcurran con los abuelos o con la madrastra de turno, pero ya hablaremos de eso).

Lo mismo ocurre con el cuidado de enfermos y mayores. En una familia es habitual que una hija se sienta mucho más culpable por no cuidar de sus padres mayores que su hermano varón, quien no se verá atenazado por el mismo sentido de culpa. 

Porque ese mandato de cuidar ya está interiorizado y regulado por nuestros juicios internos.

Vivimos en una sociedad que explota la fuerza de trabajo de las mujeres para unas tareas que requieren cantidades ingentes de tiempo y energía sin reportar ningún tipo de reconocimiento económico ni político: las tareas de cuidado.

¿Cómo se mantiene este sistema en el día a día?

La relación con las hijas o los hijos a menudo es gratificante y eso tiene un peso importante.

Además, recibimos algunas recompensas simbólicas (aunque sean muy magras y a veces constituyan verdaderas armas de doble filo).

Nuestra sociedad refuerza el amor y el reconocimiento a la madre con varios mecanismos, uno de ellos es el reciente día de la madre. También alimenta la idea de que cuando somos madres, si nos entregamos de verdad, tendremos la seguridad de un amor incondicional de nuestros hijos, un lugar inamovible e irreemplazable en sus vidas. Y todo esto cuaja con el discurso idealizante que describe a las madres como seres angelicales a los cuales debemos venerar.

Entre todos esos cuentos, la “normalidad” impuesta de que sean las mujeres quienes se ocupen de cuidar y el miedo a la sensación de culpa y el juicio social, las mujeres seguimos asumiendo de gratis el trabajo que corresponde a los hombres, compatibilizándolo (¿eso es posible?) con la única actividad que nos da reconocimiento político y económico: el trabajo remunerado.

Y entonces un día empiezas una relación con un hombre que ya ha formado una familia antes. Ya tiene hijas o hijos con otra mujer.

¿Qué pintan las madrastras en este percal?

A muchos hombres (y al sistema patriarcal en general) les conviene que las madrastras asuman una parte importante del trabajo de cuidado de sus hijastras o hijastros.

De esa forma sigue siendo la sección femenina la que dedica su tiempo y energía a estas tareas mientras los hombres ocupan el espacio de reconocimiento económico y político (o se dedican a sus propias necesidades) incluso en los días en los que les corresponde por convenio cuidar de sus hijas o hijos.

¿Cuantas madrastras sostienen el sistema de las custodias compartidas e incluso el sistema de visitas de los padres no custodios de manera que la estructura no se vea alterada?

Hay todo un sistema simbólico para que el deber de cuidar, que en nuestra cultura se atribuye a las madres (y por extensión a las mujeres de la familia de sangre de las niños o los niños), se extienda también hasta las madrastras.

“Una madrastra es como una segunda madre”, “Una madrastra debe querer (y… sobretodo cuidar) a las niñas y los niños como si fueran sus hijas o hijos”…

Pero claro, no podemos darles un lugar propio en la familia por varios motivos:

  • Porque su lugar colisionaría con el cuento que les habíamos contado antes a las madres para que se volcaran por completo en sus hijas o hijos liberando así de la tarea del cuidado a la sección masculina: el de que “madre no hay más que una”, el de que su lugar es único e irreemplazable, el de que naaaadie cuida como una madre, etc.
  • Porque pone en riesgo los recursos dedicados a los primeros hijos que, aunque la pareja se haya separado, siguen siendo los protegidos por nuestro sistema económico-judicial que no reconoce realmente los núcleos enlazados.
  • Porque atenta contra la idea de familia nuclear, que es la pieza clave sobre la que se asienta nuestro sistema socio-económico.

Así pues, por un lado nos ocupamos de que las madrastras cuiden a sus hijastras o hijastros, dejando claro que quienes no lo hacen (e incluso quienes lo hacen pero sin desearlo demasiado) son unas brujas y malas esposas.

Pero por otro lado debemos vigilar que no se crezcan demasiado y terminen poniendo en riesgo otras piezas fundamentales de nuestro sistema de abuso de la fuerza de trabajo femenina.

“Una madrastra no debe ocupar el lugar de una madre”, una madrastra no debe tener presencia en los principales ámbitos sociales de las niñas y los niños (escuela, médico, etc.), no puede ser evidente que la madrastras interviene en la crianza y la educación de las criaturas. Hay que respetar el espacio simbólico de la madre.

Y así es como madres y madrastras terminamos siendo abusadas por igual por un sistema patriarcal que libera injustamente a los padres de su obligación de cuidar, invisibilizando este tipo de trabajo y cargándolo sobre los hombros de las mujeres.

Eso sí, en vez de volvernos contra este sistema y estas masculinidades que abusan de nuestra energía y nuestro trabajo, madres y madrastra terminamos peleadas entre nosotras por las migajas de reconocimiento que malamente van llegando a la oscura esfera del cuidado.

A veces me digo que es positivo que las madrastras nos quedemos con una porción inferior de esas migajas, porque de esta manera el reconocimiento es tan ínfimo que ya no puede tapar el abuso que estamos sufriendo.

Así es como, luchando contra toda la censura social y nuestro propio juicio interno, poco a poco podemos decidir hasta donde implicarnos y devolver a los padres la responsabilidad que les corresponde: la de cuidar de sus propias hijas e hijos.

No es casual que los estudios muestren que en las familias enlazadas existe más equidad en la repartición de las tareas domésticas y de cuidado entre hombres y mujeres.

Este dato es engañoso, porque da por sentado que la responsabilidad se reparte y se asume por igual entre hombres y mujeres, cuando en realidad corresponde una mayor responsabilidad a quien tiene las hijas o los hijos.

Bueno, paso a paso.

Está claro que todavía queda mucho camino por recorrer, pero me emociona pensar que las madrastras nos situaremos en la vanguardia, aunque sea por pura superviviencia.