Me eligió libremente

Creo que 2017 ha sido de los años más frenéticos de toda mi vida, ha habido muchísimos cambios en general y también de cara a nuestra familia reconstituida. Los niños están totalmente adaptados al ir y venir entre dos casas, separan perfectamente ambos núcleos y los valoran de forma positiva por igual. Lo más importante que hemos tenido este año ha sido el cambio de rutinas puesto que yo he perdido tiempo libre a causa del trabajo y que hemos aumentado la cantidad de días seguidos que hemos pasado con los niños en los periodos vacacionales, gracias a las quincenas.

Pero sin duda lo más remarcable que ha sucedido ha sido que este es el año en el que ellos han empezado a expresar sus sentimientos y sus necesidades, han puesto nombres a las situaciones y han comenzado a definir por sí mismos quiénes somos entre nosotros.Y entre todo eso, estoy yo, intentando como puedo darles lo mejor de mí, crearles una infancia bonita y no volverme loca en el intento.

La Navidad siempre ha sido una festividad que me ha gustado. Tener la excusa perfecta para buscar regalos para todos, empaquetarlos, esconderlos, los villancicos… todo me parece emocionante y ahora que por fin vivimos en un sitio en el que hace frío de verdad tiene mucho más encanto. El año pasado, al ser el primero en el que íbamos a preparar la carta a papa noel para los nenes, que  montábamos el árbol y que mezclábamos tradiciones familiares, se generaron muchas disputas entre mi chico y yo. Él no podía comprender por qué a mitad de Octubre estaba ya encargando los regalos de los niños ni por qué empezaba a discutir con mi madre sobre cómo organizarnos para los festejos. También opuso resistencia pasiva a la compra de nuestro primer árbol y tuve que ceder en no coger las bolas más horteras posibles y darle un toque más chic a la decoración casera. Todo para que al final, por diferentes motivos, la navidad nos salió un poco torcida y terminamos disfrutando de unas noches de hotel que nos han dado anécdotas para avergonzar a los niños cuando traigan a sus novias a casa.

Este año todo ha sido un poco distinto. Me han gruñido igual por ponerme en octubre a organizar los regalos, pero las vacaciones nos han sentado a todos como un retiro espiritual, incluyendo a los niños (que como decía más arriba, empiezan a expresar con claridad la necesidad y las ganas de disfrutar de más tiempo en casa y si son vacaciones largas, mejor). Nos hemos dedicado a la vida contemplativa, a jugar en familia y a visualizar el repertorio de películas navideñas que teníamos preparadas. Y el árbol se nos ha quedado a medio decorar, porque lo importante ya estaba puesto.

La Navidad, como buena tradición familiar que es, también ha traído consigo conversaciones y dudas de mi hijastro mayor sobre asuntos familiares que siempre hemos intentado resolver de la mejor manera posible. Ha sido el primer año en el que quizás se ha empezado a cuestionar qué somos realmente entre nosotros, qué lazos nos unen y qué nombre les ponemos a ellos. Hubo un acontecimiento en especial que remarcó el conflicto de este tema.

Vinieron unos amigos a pasar unos días con nosotros y sus hijos tienen la costumbre de llamarnos tíos a mi chico y a mí. Al ver el desconcierto de mi gatito mayor cuando me llamaban tía, le tuve que explicar que no era su tia de verdad, pero que los quería como si fuesen mis sobrinos y que yo puedo ser su tía si ellos querían. Tras esa explicación empezó a generarse un análisis en su cabeza, como si no le bastase que yo fuese simplemente yo para él y me preguntó, “¿Puedo llamarte tía?” “Puedes llamarme como tú quieras”. Volvió a reflexionar en silencio y finalmente me dijo, “No, te llamaré Aina, ¿vale?” Y en aquel momento tuve la primera sensación agridulce de que puede que dentro de poco tengamos que iniciar el proceso creación del “quesoyyocontigo” para terminar de unir un lazo que por sí mismo me atrevo a decir que es bastante fuerte, pero que socialmente siempre será el eslabón más débil.

A esto se le suma que está empezando a hilar las relaciones interpersonales, que comprende y asume que su padre y yo somos novios y nos besamos, nos ha decidido casar y ponerme como vestido de novia el traje de Elsa, y que sus padres en algún momento vivieron juntos aunque no tenga la capacidad de visualizar ni cómo, ni cuándo, ni de qué forma. En algún momento llegará la pregunta ¿De dónde he salido yo de ti? ¿Qué tienes que ver tú en mi creación como persona y qué nos une si venimos de universos distintos? Y yo todavía no he encontrado la respuesta para poder explicarle lo mágico de la sensación que tengo, que sin haberlo parido somos de alguna forma almas gemelas. Nos parecemos hasta en lo más ridículo de nuestro ser y que eso sin duda creo que es la influencia que hemos tenido el uno en el otro desde el mismo momento en el que nos conocimos hace tres navidades ya.

¿Qué soy yo de él, si me eligió libremente?

“Cómprame por favor un paraguas de Súper Héroes. Uno de perros no, los perros le gustan a mi hermano. Para mi él de Súper Héroes. Y diles que es para tu niño”.