Mi expectativa no era ser madre

Afirmar con rotundidad la frase del título de este post es, casi, casi, ir en contra de la creencia de muchas madres separadas que nos ven como una amenaza. Incluída nuestra ex. Pero es 100% verdadera.

Yo no quería ser madre. Cuando decidí lanzarme a la piscina de la madrastridad mi expectativa no era la de que mis hijastros me quisieran como quieren a su madre, ni que me llamaran mamá ni nada parecido. Mi expectativa era sencillamente estar bien. Echar la tarde, jugar a algo, compartir aficiones y ya está. Un mínimo de afecto y buen rollo. ¿Quién necesita más?

Pero el problema no se generó en mi casa, sino fuera. A medida que la relación con mis hijastros se iba forjando y compartíamos más actividades juntos, la gente también empezó a compartir sus opiniones. Al margen de las relacionadas con lo que una madrastra se supone que debe o no debe hacer, mi problema era cuando estábamos en un espacio público y la gente no sabía dirigirse a mí en relación a mis hijastros. Se asumía que yo era su madre.

Nunca le dimos importancia entre nosotros a esas afirmaciones. Ninguno tenía la necesidad aclaratoria de especificar que no era así, que su madre era otra persona. Pero sí que es verdad que a mi me producía malestar, porque me sentía como una farsante. Además, nunca habíamos usado una palabra para definirme en relación a ello. Sólo era mi nombre o un apodo cariñoso. ¿Qué era yo entonces?

Cuando se generaban esas situaciones en las que se daba por supuesto que yo era la madre de los niños, de pronto me veía envuelta en un montón de explicaciones y justificaciones que no venían a cuento. Y mucha, mucha vergüenza.

Necesitaba solucionar esta situación, así que decidí aclarar términos en casa. Lo cual tampoco fue fácil.

La palabra madrastra no nos suscita sesaciones positivas cuando nos viene a la cabeza, pero aceptarla y utilizarla nos empodera. Nos da un vínculo de unión familiar con nuestros hijastros y nos otorga la responsabilidad de cambiarle el significado negativo que lleva implícito. Así que, como en el fondo siempre me he sentido una revolucionaria, empezamos a definirlo en casa. Qué supone ser (tu) madrastra. Y a usarlo fuera también.

En la consulta del médico le dijeron a mi hijastro que se estaba portando genial y que su mamá estaba muy orgullosa de ver lo mayor que era. Y yo me apresuré a corregir con una sonrisa en la cara: «No, yo soy su madrastra». Nosotros nos miramos cómplicemente porque me da un estatus en relación a él, ya no soy invisible. Y la gente responde, mayormente, de forma más positiva de lo que habría esperado nunca. «Bueno, madrastra, madre, lo mismo es. Se está portando genial».

Mi expectativa no era ser madre de mis hijastros a ojos de nadie, pero sí que necesitaba reconocimiento por mi relación con ellos sin tener que justificarme o mentir. Ahora tenemos las herramientas para que todos sepan que somos los unos de los otros y cambiar la percepción social de las familias enlazadas.

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