¿Por qué merecemos ser(nos) sinceras?

A lo largo de nuestra vida escuchamos millones de mensajes sobre cada etapa en la que nos aventuramos. La emocionante fase de la pubertad, con nuestro crecimiento personal y sexual, la primera vida adulta con la libertad para elegir y sentirnos independientes, los primeros amores de verdad, la responsabilidad de la adultez y nuestro primer trabajo, etc. Nos adornan los grandes pasos vitales que damos con palabras sonoras y bonitas para que nos enfrentemos a los cambios con optimismo y seguridad, lo cual está muy bien. Pero a medida que navegamos a través de todos esos cambios vamos descubriendo que no es oro todo lo que reluce, que nada es tan fácil como las citas de autoayuda recalcan y que las piedras en el camino existen, a veces son externas y a veces somos nosotras mismas. Pero aprender a sacar el mayor rendimiento de cada situación nos dará alas para obtener lo mejor de nosotras mismas.

Dicho esto, parece que no siempre nos otorgamos la posibilidad de actuar así cuando se refiere a ciertas parcelas de nuestra vida. Ya lo comentamos en un post reciente de facebook. Las madres están recuperando su derecho a quejarse de todo lo que no es como siempre nos venían diciendo. Romper los mitos románticos que envuelven el embarazo y la amternidad, recuperar la posibilidad de equivocarse, de estar agotadas y de no siempre sentir felicidad por todo lo que tenemos.

Las madrastras, por el contrario, seguimos sintiendo que vivmos bajo la lupa social con tanta presión que nos cuesta hablar abiertamente de los sentimientos difíciles que experimentamos en la montaña rusa de nuestra familia enlazada. Seguimos bajo presión para sentirnos unidas a la vida familiar, para entregar lo mejor de nosotras mismas, querer a todo el mundo de forma intensa y equitativa y para estar a las duras y las maduras al lado de nuestras parejas. ¿Pero esto es real? ¿O es una bomba de relojería capaz de explotar en el momento menos pensado?

Romper los mitos de la madrastridad no sólo nos libera de la carga impuesta sobre nosotras mismas, sino que nos ofrece un espacio para poder ser sinceras con nosotras mismas. Y una vez aceptada nuestra realidad, cambiarla al gusto. Si, cambiarla al gusto. ¿Cómo voy a poder mejorar mi vida si no soy capaz de aceptar que hay aspectos que no me están haciendo feliz? Por eso nos debemos ser sinceras con nosotras mismas.

La madrastridad trae un montón de cosas buenas:

  • Encontramos una pareja estupenda por la que decidimos saltar sin protección al vacío de una familia enlazada.
  • Se requiere de mucho valor y amor para atreverse a convivir con tu pareja y sus hijos/as. No es apto para cualquiera.
  • Somos capaces de desarrollar una empatía y paciencia infinitas, luchar por lo que queremos, ofrecer nuestra mano a nuestra pareja mientras terminan sus procesos de separación y divorcio, somos capaces de aguantar la presión social y trabajar por formar una familia.
  • Las relaciones amorosas que se forjan son mucho más sinceras, resistentes y duraderas.

Pero también tiene sus cosas malas:

  • No siempre todo va sobre ruedas a la primera. El amor a primera vista pudo ser hacia nuestra pareja, pero no por sus hijos.
  • Las reconstitución familiar tras un divorcio despierta sentimientos complejos en todos y eso nos puede hacer sentir abrumadas, agobiadas o incluso desgastadas.
  • Las relaciones que se inician con hijos previos no funcionan igual que las relaciones «típicas». No siempre disfrutamos de nuestro periodo de luna de miel porque las complicaciones asoman antes.
  • Nos sentimos bajo la eterna lupa social, que nos examina constantemente en busca de la reafirmación del mito de la madrastra malvada. La que viene a desplumar a su nueva pareja y a tratar mal a su descendencia.
  • Nos cuestra encontrar nuestro espacio para ser nosotras mismas ante tanta mirada desconfiada sobre nosotras.

Regalarnos la capacidad para expresar abiertamente las luces y las sombras de la madrastridad nos devuelve el poder del cambio. Todo lo que llevamos dentro que no sacamos fuera nos hace daño,pero al verlo con otra perspectiva nos da la oportunidad de aceptar las cosas como son y empezar a deshacer la madeja hasta encontrar lo que realmente nos hace felices.

Madrastras, recuperemos nuestro derecho a quejarnos, a ser inconformistas, a mejorar para recuperar el control sobre nuestra vida y a poder decir abiertamente lo que no nos gusta hasta que por fin la sociedad comprenda que nuestro deseo no es el de «usurpar» la posición de una madre o jugar a tener una familia, sino a tener una familia de verdad que nos respete y valore por lo que somos. A poder disfrutar del amor de nuestra pareja y en definitiva, a ser humanas.

¿Como sentís vosotras vuestra madrastridad?

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