Ser Madrastra, factor de riesgo de violencia machista

Hace algún tiempo que nos preocupa el hecho de que a veces, tras conflictos propios de la madrastridad y la familia enlazada, encontramos dinámicas abusivas dentro de la pareja.

En esos casos empecemos trabajando la relación con los hijastros, la distribución de las responsabilidades, las dificultades de comunicación…  y poco a poco se va poniendo de manifiesto un entramado de violencia que de alguna forma pasa inadvertido.

En otro artículo hablamos de la tendencia que existe en nuestra sociedad de responsabilizar a las madres de la mayor parte o la totalidad de la crianza. También vimos que esta “responsabilidad femenina de cuidar” con frecuencia se hace extensiva a las madrastras, de manera que en algunas familias son ellas las que terminan sosteniendo en buena medida las visitas de las hijastras e hijastros e incluso las custodias compartidas mientras sus compañeros continúan con sus compromisos laborales o sus aficiones.

Esto que está tan normalizado en nuestra sociedad constituye de por si un abuso, puesto que deteriora el desarrollo social y profesional, la economía e incluso la salud física y emocional de las mujeres. Es una de las formas más habituales e invisibles en que la violencia machista se cuela en nuestras vidas como quien no quiere la cosa.

Por qué la madrastridad es un factor de riesgo

Todas las mujeres, por el hecho de serlo en nuestra sociedad, somos susceptibles de sufrir abuso y violencia machista en varios ámbitos de nuestra vida (familiar, social, laboral, etc.). También a manos de nuestras parejas.

Además de la condición de ser mujer, hay algunos factores que incrementan el riesgo de encontrarnos en esa situación.

Estamos empezando a pensar que la madrastridad es uno de ellos.

Desde muy pequeñas, niñas y niños somos criadas de acuerdo con valores sesgados que van constituyendo nuestra identidad de género. Aprendemos lo que nos hace “buenas niñas” y lo que nos hace “buenos niños”, lo que se espera de nosotras según sea nuestro sexo. Y es sorprendente con qué eficacia los interiorizamos.

Son los mandatos de género.

Los mandatos de género femeninos, aquellos que guían el comportamiento de “una buena mujer”, tienen que ver con estar para los demás, anteponer sus necesidades a las nuestras, cuidar y disfrutar de ello, amar y ser las garantes de las relaciones afectivas, valorarnos en la medida en que nos hacemos necesarias para los demás.

Hoy en día tenemos algunos recursos para emanciparnos a ratos y en alguna medida de estos mandatos. Pero es curioso cómo en determinados momentos de la vida, la mujer más moderna puede verse repentinamente acuciada por estos mandatos.

La madrastridad es uno de esos momentos.

A causa del estigma que recae sobre nosotras, toda madrastra pasa a estar bajo sospecha de ser mala en el momento en que asume su nuevo rol en la familia. Hay una desconfianza por parte de nuestras parejas, de sus familias, de la sociedad y, lo más importante, de nosotras mismas: “A ver si va a resultar que soy mala de verdad”.

Ante la amenaza del estigma las madrastras se ven empujadas a demostrar su bondad. ¿Cuál es la forma más fiable de lograrlo? Pues seguir a rajatabla los mandatos de género.

Apoyar a sus parejas para que reclamen la custodia compartida, ocuparse de que la casa sea un hogar para sus hijas e hijos, acogerles con alegría y actividades cuando llegan, preparar sus ropas, sus habitaciones, hacerles su comida favorita, ayudarles con los deberes y los exámenes, jugar. Y la prueba definitiva: lograr quererles en tiempo récord.

Porque no vale con cuidarles, ya que si una madrastra es realmente buena, también va a quererles y disfrutar cada momento compartido.

Así pues, afanadas en demostrar que son buenas y aptas para el puesto, muchas  asumen grandes cargas con los brazos abiertos, entrando sin darse cuenta en la dinámica del abuso.

Porque a partir de ese momento, cada signo de que no disfrutan lo suficiente con las hijastras y los hijastros, de que no quieren hacerse cargo de ciertos aspectos de su crianza, de que no están de acuerdo con cómo funcionan las cosas en casa, de que prefieren estar solas o en su entorno social, de que quieren priorizar su trabajo o aficiones… puede ser usado en su contra.

“Lo que pasa es que no les quieres.”

Y las madrastras, instruidas como están en el arte de “ser buenas chicas” y temerosas de que se confirme en ellas el estigma de “la mala madrastra”, se ven atenazadas por el miedo a perder la valoración de sus parejas, la del resto de sus personas de referencia y también su propia autoestima. Aparece con fuerza la culpa.  

Entre mandatos de género y la amenaza del estereotipo, el camino está allanado para que algunos hombres puedan sellar la coacción a sus parejas. Presionar para que sigan llevando en sus espaldas la carga que en realidad es de ellos y tener el campo libre para gozar de sus privilegios masculinos.

Los mismo recursos también sirven para poder desatender las peticiones las de las madrastras, desautorizarlas y favorecer que sigan asumiendo los efectos de las decisiones que ellos toman sin consultarles (como cambios en la custodia, en el calendario, en las actividades extraescolares o en la relación con la madre, por poner algunos ejemplos).

Intentos de romper la coacción

Una parte importante del trabajo que hacemos en coaching tiene que ver con encontrar un balance entre las responsabilidades de las madrastras y su nivel de autoridad en casa, su disponibilidad y energía, la calidad de su relación con sus hijastras e hijastros y su autocuidado.

Velar para que la asunción de responsabilidades avance de acuerdo con el resto de aspectos de la relación con las criaturas y siempre teniendo en cuenta los propios límites.

Esto a menudo pasa por devolver a los padres una parte de la responsabilidad que les corresponde para con sus hijas e hijos.

A veces este cambio es bien encajado y la familia se reacomoda. A veces es el revulsivo necesario para que los padres se acerquen más a sus hijas o hijos al mismo tiempo que las madrastras viven la relación con más libertad.

Otras veces los hombres no están dispuestos a renunciar a sus privilegios con tanta facilidad y podemos encontrarnos con que ponen en práctica actitudes encaminadas a aumentar la coacción: amenazas veladas (“los hijos son mi prioridad”), desprecios, sermones, reprimendas, gritos, castigos de silencio, humillaciones y faltas de respeto en la intimidad y ante otras personas e incluso agresiones físicas. Es lo que llamamos violencia machista.

Normalmente aparecen primero las manifestaciones de menor intensidad y después las agresiones se van agravando con el tiempo, intercaladas con épocas de acercamiento, reencuentro amoroso y promesas.

La violencia machista está tan normalizada en nuestra sociedad que a menudo es difícil saber si estamos siendo víctimas o simplemente tenemos “problemas normales de pareja”.

Algunos indicadores que hemos ido observando en las madrastras son los siguientes:

  • Confusión
  • Angustia
  • Tener miedo a hacer y también a no hacer
  • Tener miedo a pedir colaboración
  • Estar constantemente revisándose a si mismas para saber qué causa las actitudes hostiles de sus parejas
  • Altos niveles de culpabilidad
  • Percibir un riesgo difuso para ellas o para sus hijas e hijos que las mantiene en un estado de hipervigilancia
  • Tener reacciones agresivas contra sus parejas por las cuales se las acusa de “ser violentas” o “estar locas”
  • Incredulidad ante la posibilidad de estar siendo víctimas de violencia machista

Estos son algunos indicadores que hemos observado. No son suficientes de por sí para determinar si estamos siendo víctimas de violencia machista ni tampoco son todos los indicadores que existen. Lo más importante aquí es la vivencia de cada una.

Si crees que puedes estar inmersa en una relación abusiva, tienes a tu disposición el teléfono 016 para la atención a víctimas de malos tratos por violencia machista donde te pueden orientar, aunque solo sea para confirmar si la tuya es una situación de riesgo.

Las dinámicas descritas en este post por supuesto no aplican a todas las parejas. Su objetivo es dar cuenta de una dinámica que hemos observado repetidamente en nuestra relación cotidiana con madrastras para poner de relieve la madrastridad como factor de riesgo y dar recursos a las personas que están sufriendo violencia dentro de sus relaciones de pareja para que la puedan identificar.

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