Vuestra casa también es mi casa

Remarcamos mucho la importancia de dar valor a nuestras propias necesidades, a que nos escuchen y a no caer en la sobre-compensación para encontrar nuestro lugar a costa de perder nuestro bienestar personal.

Precisamente por eso tenemos que animarnos a conquistar nuestro espacio en casa como paso fundamental para hacer valer nuestras necesidades personales.

Para muchas parejas no existe la posibilidad de comprar una nueva vivienda cuando deciden iniciar su vida en pareja y por eso una de las medidas más habituales es juntar a toda la nueva familia enlazada en el antiguo domicilio de uno de los dos.

Cuando es nuestra pareja y sus hijos los que entran a vivir en nuestro domicilio los sentimientos que nos puede generar la experiencia es de total intrusión y nos cuesta aflojarnos para ceder los espacios que antes eran nuestros para que pasen a ser los espacios de todos. Pero cuando somos nosotras las que entramos a vivir en el domicilio de una familia ya establecida, con sus espacios repartidos y rutinas hechas, nos cuesta horrores movernos por el espacio sin sentirnos como unas extrañas en tierra de nadie.

Por eso hoy vamos a compartir algunas pautas para poder hacer de esta transición un trago un poco menos amargo.

 

Recuerdos y vidas anteriores

Tanto si entran a vivir en tu casa de soltera como si te incorporas tú a la de tu pareja, el hogar es un espacio ya establecido. Está lleno de recuerdos y de objetos con valor sentimental. Hay una rutina para el desayuno, una forma de sentarse a ver la tele, unas costumbres para hacer la cama, etc. Para la persona que se incorpora en el nuevo hogar (ya sea la madrastra o los hijastros/pareja) la sensación de pérdida y desubicación es casi inmediata. Sientes que te mueves en tierra de nadie y eso produce mucha inseguridad.

Existen infinitas opciones para dar voz a nuestras necesidades y para conocer las necesidades del resto de la familia. Y ese es un buen punto de partida para conocerse y aprender a respetar y ser respetado.

Si eres tú la que abre las puertas de tu casa, habla con tu pareja antes de dar el paso y comparte tus rutinas, tus gustos, tu forma de vida. Ofrece un espacio neutro para que todos puedan desarrollarse en el nuevo hogar y mantén una mente abierta a propuestas de cambio. Pero mantén una zona propia y privada, para no pasar de ser la reina del cotarro a no encontrar tu lugar en tu casa.

Si eres tú la que se muda, puedes ir haciendo una prueba progresiva. Así vas conociendo las costumbres familiares, la forma de relacionarse entre todos, el reparto de espacio en la casa, etc. Habla con tu pareja sobre la posbilidad de realizar algún cambio en la casa que pueda ayudarte a sentir que has aportado tu granito de arena. Si en la casa antes convivía el antiguo matrimonio puede ser una buena idea realizar algún cambio en el dormitorio principal. Ten paciencia, recuerda el valor emocional que pueden tener los objetos de un hogar ya formado e inicia cualquier sugerencia de cambio valorando la ganancia general para toda la familia, aumento del bienestar, etc.

 

Espacio propio

Es ideal que cada miembro de la familia tenga un espacio propio. Su propia habitación en la que poder estudiar, leer, dormir o realizar sus actividades en privado. A veces sentimos que nuestro dormitorio no responde a esas necesidades (no es de nuestro total gusto, es pequeño, etc) y por eso necesitamos de otro lugar para poder encontrar paz mental en un momento dado. Es posible que la vivienda no sea lo suficientemente grande como para que puedas destinar una habitación para uso propio, pero es posible que puedas encontrar un lugar en la casa que pueda ser tuyo en exclusividad en un momento dado. Un rincón de leer con el sillón que más te gusta de Ikea. Un sofá en el que puedas estirar las piernas cuando todavía nadie ha vuelto a casa y una televisión con Netflix. Una silla y una mesita en el balcón o la terraza en la que tomarte el desayuno sin interrupciones. Todas las opciones son válidas.

 

La casa es de todos

La importancia de que tú valores tus propias necesidades y tu espacio personal reside en que esa es la forma en la que los demás aprenderán a respetarte. Los adultos tenemos la tendencia a querer cubrir todas las necesidades que tienen los niños/adolescentes, pero cuando se refiere a nuestro bienestar personal lo solemos dejar apartado. Y las madrastras más. Caemos en la creencia de que si estamos disponibles para todos y nos sentimos “útiles” nos van a valorar más, querer más, pero eso no siempre se cumple así. Si siempre nos mostramos como incansables, ¿Cómo van a dejar de reclamarte cuando estás totalmente rendida después de un día agotador?

Además, valorar tus necesidades es educar a valorar las necesidades ajenas y propias. Decirle a un niño/a que no es una magnífica forma de hacerle ver que todos tenemos derecho al tiempo propio y que también vas a respetar su necesidad de tiempo cuanto este la reclame. Es reforzar la idea de que todos somos personas y todos mercemos el mismo trato. Los pactos para hacer uso de los espacios comunes, repartir los horarios de televisión para que todos puedan ver su programa favorito, reclamar ciertos momentos de paz, etc. Existen infinitas opciones para dar voz a nuestras necesidades y para conocer las necesidades del resto de la familia. Y ese es un buen punto de partida para conocerse y aprender a respetar y ser respetado.

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