El zumbido de los prejuicios

El zumbido de los prejuicios

Mi hijastro es el único en su clase con una familia reconstituida. El primero de todos sus amigos en tener madrastra. Os podéis imaginar que mi llegada al colegio no fue fácil.

La escuela fue el primer espacio público donde coincidí con la madre de mi hijastro. Y aquello fue tan problemático para ella que la junta de la escuela decidió ampliar su normativa para prohibir que nadie que no fuera el padre o la madre de los niños pudiera asistir a las reuniones informativas. Imaginad: una norma dedicada especialmente para mí, ¡para mí solita!

A partir de ese momento, mi relación con el resto de padres y especialmente de madres se hizo más tensa. Algunas me mostraron abiertamente su aceptación mientras que otras se mantuvieron distantes y otras tantas pasaron del asunto.

Lo que me hace bailar la cabeza hoy es que unos días atrás, conversando con la madre que más abierta y comprensiva se mostró conmigo, salió un comentario que me dio a entender hasta qué punto la presencia de una madrastra puede sentirse como una amenaza para una madre.

Ella estaba contenta de ver que mi relación con el niño era tan buena,

«Pero tengo que decir”, señaló con seriedad, “que si mi pareja y yo nos separáramos y él se volviera a juntar, tendría que quedar muy claro que yo soy la madre de los niños: yo los he llevado en mi vientre, los he parido, los he amamantado y los he cuidado desde el primer día”

Yo me daba cuenta de que aquella mujer, abierta e inteligente, hacía todos los esfuerzos por comprender la situación, pero muy en el fondo, a nivel freático, los miedos y prejuicios fluían con fuerza a pesar de cualquier razonamiento.

Y es que todavía hoy muchas madres piensan en las madrastras como una amenaza, somos extrañas que venimos desde fuera a arrebatarles el lugar que les corresponde en la vida de sus hijos.

 

La persistencia de los prejuicios

prejuiciosSeguramente ya no queda mucha gente que afirme abiertamente que las madrastras somos esos seres viles de los cuentos. Y si lo piensan bien, muchos y muchas se darán cuenta de que nuestra presencia tampoco pone en peligro el lugar de una madre en la vida de sus hijos.

Una madrastra suele sumar en la vida de un niño, y no tiene por qué entrar en conflicto con la persona que lo parió, lo crió y que seguramente lo querrá con locura el resto de su vida. Somos personas diferentes, con roles diferentes, que compartimos el cuidado, cariño y preocupación por los mismos niños. No más amenazantes que una abuela o una tía implicadas.

Pero bajo la piel, allí donde la razón no alumbra, el prejuicio que aprendimos con Blancanieves y Cenicienta sigue campando a sus anchas, poniéndonoslo verdaderamente difícil a las madrastras que queremos asumir nuestro nuevo rol con normalidad y con respeto hacia los demás.

Las madres nos ven como presencias inquietantes (¿quién no ha sido acusada alguna vez de “intentar ocupar un lugar que no le correspondía”?), las amiguitas de nuestros hijos ponen cara de limón cuando oyen la palabra ‘madrastra’, muchos de las parejas de padres que nos conocen nos miran con recelo y las leyes y normativas eluden sistemáticamente la problemática de las familias reconstituidas (comenté algo sobre ellos en el post …….).

Pero lo peor de todo es que nosotras mismas nos sentimos usurpadoras en algún nivel. Nos vemos y nos ven como competidoras de las madres, y esa es una figura demasiado sacralizada en nuestra cultura como para que podamos salir airosas del enfrentamiento.

A mí, personalmente, me costó tiempo y lágrimas llegar a sentir que tenía derecho a vivir y tomar partido en mi propia casa (que antes fuera la de mi pareja), demostrarme a mí misma y a los demás que no constituía una amenaza para el niño, y todavía más ordenar mis sentimientos hacia él y dar forma a mi rol en casa.

Sin duda, queda mucho camino que recorrer.

Pero amigas, hoy también quiero compartir la sensación de que ese cambio de mentalidad que necesitamos ya se atisba en el horizonte.

 

Un cambio de mentalidad

Para ilustrarlo os cuento que la primavera pasada, busqué por curiosidad la palabra ‘madrastra’ en el registro de El País (el periódico de más tirada en España) y me quedé horrorizada al ver el retrato que las noticias hacían de nosotras. Éstas son las primeras que aparecían:

La fiscalía tutela a un niño que denunció a sus padres por abandono. Un niño de 13 años decidió romper con el abandono que afirma sufrir por parte de su padre y su madrastra

Un niño de 11 años de Sant Adrià acusa a su madrastra de malos tratos

La madrastra de Mel Gibson pide una orden de alejamiento contra el actor

Liza Minnelli vende la casa de su padre con su madrastra dentro

Encarcelado el hijo de un joyero por intentar secuestrar a su madrastra

Pero hoy, un año más tarde, hice de nuevo la prueba antes de escribir este post, y por fin, POR FIN, las madrastras ya no éramos sólo las malas del cuento. Entre las noticias revenidas de siempre crecían brotes nuevos.

La escritora estadounidense de origen indú Jhumpa Lahiri comparaba la lengua inglesa, en la que escribe ahora, con “una madrastra con quien me llevo muy bien” (¡es decir que una madrastra también puede ser algo bueno y enriquecedor!), y una noticia sobre la transformación de las familias españolas abría con la bonita historia de una madrastra:

Mónica no tiene hijos biológicos, pero mantiene una relación muy estrecha con el hijo de su pareja, Nicolás, de 12 años…

Es cierto que los prejuicios contra las madrastras siguen zumbando en nuestros oídos allí a donde vamos, pero estoy segura de que si seguimos compartiendo nuestras experiencias y exigiendo el reconocimiento debido, terminaremos aplastándolos a todos. Al fin y al cabo ¡cada vez somos más!