No quiero a los hijos de mi pareja, ¿qué me pasa?

He leído a muchas mujeres comentar que sus parejas les piden y esperan que quieran a los niños como si fueran suyos. A veces ellos no lo expresan, pero nosotras sabemos que es su deseo por la forma en que nos miran cuando jugamos con los niños o les damos de comer.

Otras veces somos nosotras mismas las que nos obligamos a querer a los hijos de nuestras parejas para asegurar nuestra relación de pareja, para torear la incertidumbre de ser madrastras, para integrarnos en casa, para intentar cumplir nuestro ideal de familia, o simplemente porque es mucho más fácil asumir el cuidado de un niño si lo haces por amor que si simplemente lo ves como una carga.

¡¡Cuántas veces deseé que el amor viniera a darme fuerzas para aguantar un día de pataletas de mi hijastro!!

El problema es que el amor no funciona así.

El amor y el mito de la familia nuclear

Los primeros tiempos junto a los hijastros suelen estar marcados por la frustración, especialmente si antes no tuvimos hijos.

Renunciamos a muchas cosas, asumimos muchas responsabilidades de un día para otro, y en contrapartida nos encontramos con un niño para quien somos indiferentes o un estorbo, que a menudo nos parece consentido porque no lo hemos educado nosotras (muchos padres y madres nos entenderán cuando recuerden lo molestos que pueden llegar a ser los hijos DE LOS DEMÁS), y que deja la puerta abierta para que una antigua relación problemática de nuestra pareja entre en nuestra vida cada dos por tres.

La cuestión es ¿tiene este embrollo alguna rendija por donde pueda colarse el amor?

El avance del amor en las relaciones madrastro-hijastrales (toma palabro) es sin duda lento y trabajoso. Y si algo tengo claro después de todo este tiempo, es que la presión que sentimos de nuestro entorno, de nuestras parejas y sobretodo de nosotras mismas no ayuda en absoluto.

El mito de la familia nuclear, por el cual consciente o inconscientemente deseamos y esperamos que una familia reconstituida funcione de forma parecida a una nuclear, causa mucho dolor y frustración.

A los problemas de convivencia y adaptación con los niños ajenos, se suma la culpabilidad por no quererlos ‘como corresponde’, la decepción porque el ideal de familia al que aspiramos se desvanece y el miedo a que nuestra relación de pareja fracase si no somos capaces de establecer una relación exitosa con los niños.

¿Pero qué es una relación exitosa? La trampa aquí es que, a falta de modelos, a menudo se mide el éxito de una relación madrastra-hijastro en referencia al ideal de relación materno-filial.

hijastra-y-madrastraSegún apuntan todos los estudios, es posible que padrastros e hijastros lleguen a quererse o incluso sientan un flechazo, pero habitualmente las relaciones tardan en fraguar y suelen ser más laxas y cambiantes que en una familia nuclear. Aceptar esto con normalidad, y valorar los lazos de respeto y cariño que pueden (y suelen) surgir en las familias reconstituidas, ayudaría a que todos nos relajáramos un poco.

Muchas veces los hijastros tardan en aceptar a sus madrastras o padrastros y a la inversa. A la tensión de asumir nuevas figuras de autoridad por parte de unos y nuevas responsabilidades por parte de otros, se suma el hecho de que todos son extraños los unos para otros y se da un choque de valores y modelos educativos a veces difíciles de conciliar. Sólo el diálogo, la paciencia y una cierta transigencia pueden aliviar esta tensión y favorecer un buen clima en casa.

Con todo, después de dos años y medio haciendo un esfuerzo de adaptación, cultivando la relación y el cariño con mi hijastro y acordando normas en común con mi compañero, a veces aún nos embarga la desazón, la frustración y la sensación de que no conseguimos que las relaciones sean del todo fluidas.

Ahora pienso que el mayor problema en todo esto son las expectativas, la falta de información que hay al respecto (yo jamás imaginé lo que sería convertirme en madrastra y no conozco a ninguna que tuviera idea de lo que se iba a encontrar cuando se enamoró) y la rigidez del modelo familiar tradicional, que no nos permite aceptar con felicidad otros modelos de convivencia. Me parece necesario asumir que la relación entre niños y adultos que conviven no debe pasar obligatoriamente por la incondicionalidad ni por el vínculo casi físico que caracteriza el ideal de relación paterno-filial para ser satisfactoria.

 

Captura de pantalla 2014-11-21 a les 12.17.00Hoy quiero recomendar un libro titulado “En lo bueno y en lo malo: la experiencia del divorcio” de E.Mavis Hetherington y John Kelly, que me ha ayudado a pensar en todo esto. Está basado en un estudio realizado a lo largo de más de 30 años que llegó a abarcar 1400 familias estadounidenses.

Tiene un capítulo muy interesante sobre el proceso que suelen atravesar las familias reconstituidas en formación, sus principales amenazas y algunas claves que ayudaron a muchos a neutralizarlas. También puede ser una buena lectura para aquellas que estéis pensando en convertiros en madrastras: puede ayudar a anticipar lo que os vais a encontrar (que no es poco).

Aquí tenéis un fragmento del libro «En lo bueno y en lo malo: la experiencia del divorcio».

 

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