Madrastras: el dedo en la llaga

Atascada: cuando la madrastridad activa conflictos del pasado

Dedo-en-la-llagaDesde mis primeros tiempos como madrastra, tuve la sensación de que la relación con mi hijastro despertaba en mí sentimientos y reacciones demasiado intensos, injustificadamente intensos.

Digo demasiado porque a ojos de mi pareja, de mis conocidos e incluso de mí misma, la situación efectivamente planteaba dificultades, pero ninguna de ellas parecía justificar mi angustia e insomnio ante cada llegada del niño, ni la extenuación física y emocional de cada noche después de haber pasado el día con él, ni el llanto incontrolable cuando por fin estaba a solas, ni el resentimiento que despertaba en mí cada una de sus pataletas.

Pensándolo fríamente me daba cuenta de que la relación con el niño había sido buena desde el comienzo, de que mi compañero y yo negociamos todo lo negociable en la relación, de que ambos me habían hecho un lugar en casa y en sus vidas… Y sin embargo, seguía embargándome la desazón. ¿Por qué?

Lo que cada una lleva en su hatillo

Leyendo las experiencias que habéis ido compartiendo y ahondando en la mía, empiezo a pensar que la relación con mi hijastro, que la relación de cualquier madrastra con cualquier hijastro o hijastra, incluso cuando todo va ‘bien’, tiene un gran potencial para conectar con problemas o asuntos no resueltos del pasado.

Es una relación muy íntima que nuestra cultura hace extremadamente complicada, planteando retos en diferentes flancos a la vez, que nos pueden generar una u otra reacción dependiendo de cómo interactúen con nuestra propia historia personal. De ahí que muchas madrastras vivamos nuestra situación como problemática, pero que cada una lo haga con un dolor singular y neuras diferentes.

El dedo

Puedo nombrar algunos aspectos de la relación que son potencialmente conflictivos dependiendo de por dónde se mueva nuestra sensibilidad, y estoy segura de que cada una de vosotras podría añadir otros desde su propia perspectiva.

  • Convertirnos en madrastras implica formar una familia o cambiar la estructura de la que teníamos. Todos sabemos que en las relaciones familiares fraguan tanto lazos férreos de afecto como conflictos de profundidad insondable. Y además el formar una familia como adulto pone en juego las expectativas, roles y frustraciones que se forjaron cuando nosotros éramos los niños. Por no hablar de la diferencia de valores que casi inevitablemente existirá entre la madrastra y la familia en la que se integra.
  • En las familias reconstituidas se suele formar una estructura con varios ángulos donde no todos estamos a la misma distancia del centro. Algunos lazo son más estrechos, otros más laxos, y muchas veces madrastras y padrastros tenemos la sensación de estar en la periferia de la familia, ya sea porque efectivamente los niños nos rechazan, porque nuestra pareja no sabe cómo incluirnos en la relación o por nuestras propias precauciones y prejuicios que desembocan en la autoexclusión: “Yo no soy su madre, así que seguro que si me acerco me rechaza, mejor mantener la distancia”. Esto puede ser más o menos doloroso dependiendo de la tolerancia que tengamos a la exclusión y la necesidad de sentirnos parte del clan que cada una tengamos, pero en general hay que reconocer que a pocas personas les gusta sentirse al margen.
  • Muchos niños tienen durante los primeros años un egoísmo difícil de modular. La manera en que nuestra sociedad los educa hace que estén completamente autocentrados, y que por tanto les sea difícil entender el respeto a los demás, o el reconocimiento de lo que los demás hacemos por ellos. Esto cada uno lo encaja a su manera, pero cuando esta realidad se suma al hecho de que no tenemos un vínculo afectivo con el niño que rellene esos huecos, puede darse como resultado un sentimiento de falta de reconocimiento o incluso de abuso muy punzante. Publiqué un artículo de Jenna Korf muy iluminador sobre la sensación de abuso que sufren las madrastras.
  • La madrastridad puede ponernos ‘a prueba’. Muchas sentimos que para hacernos un lugar en casa debemos pasar una especie de examen: que los niños nos acepten, que nuestras parejas aprueben la manera en que tratamos a sus hijos, que los conocidos aplaudan nuestra relación con el niño. Todo luchando contra esa imagen de la madrastra malvada que aún hoy nos persigue. Si eres una persona insegura o de autoestima frágil, esta exigencia puede llegar a ser abrumadora, y es fácil terminar construyendo una máscara para brillar ante el público y ocultar todas tus asperezas. Una máscara que, por supuesto, resulta agotador mantener y que con el tiempo se convierte en una prisión, ya que nos impide ser espontáneas y mostrar nuestros sentimientos y personalidad a las personas más cercanas.

Podría seguir, pero creo que cada una de vosotras podrá completar la lista con lo que a vosotras os afecta. A veces explorar un poco nuestra propia sensibilidad nos puede ayudar a entender y modular el dolor que asociamos a nuestra condición de madrastras.

… y la llaga

A mí, personalmente, hay tres cosas que me han provocado un gran dolor, y que ahora soy consciente de que tienen mucho que ver con mi historia personal.

Soy una persona insegura, con tendencia a sentir que lo que soy o lo que hago ‘no es suficiente’ para poder gustar a los demás. Esto sumado a una necesidad muy acusada de sentir que pertenezco al clan familiar, hizo que me planteara unas exigencias sobrehumanas para gustar a mi nueva familia e integrarme en ella. Unas exigencias agotadoras, imposibles de mantener, que desembocaron en angustia, frustración e incapacidad para ser espontánea en mi propia casa.

Esta misma necesidad de ‘pertenecer’ me ha hecho especialmente sensible a las muestras de afecto y a la evidencia del lazo tan íntimo que existe entre mi pareja y su hijo. Me ha resultado difícil presenciar ese vínculo tan especial que existe entre ambos y poder acompañarlos sin sentirme herida y excluida.

Finalmente, también me he dado cuenta de que la relación de cuidado con mi hijastro ha reabierto una herida muy profunda de mi infancia. Uno de mis adultos de referencia tenía un carácter muy déspota y autoritario, con poco o ningún respeto por los demás, y una ausencia total de empatía. Eso ha generado en mí una intolerancia a este tipo de comportamientos que me hacen difícil encajar las muestras de egoísmo y faltas de respeto previsibles en un niño. Digamos que soy especialmente susceptible de sentirme abusada.

Por supuesto que ser madrastra es complicado, pero también es una ocasión para estar atentas a aquellas cosas de la situación que más nos duelen, porque a veces la causa del dolor no es solamente externa, sino que puede venir de dentro. Detectar esas heridas que se abren con la madrastridad y enfrentarlas con trabajo personal, quizás con ayuda de un o una terapeuta, puede reducir mucho o por lo menos ayudarnos a entender esos sentimientos difíciles que todas, poco o mucho, hemos experimentado.

Y es que sí, con todo lo que tiene, creo que… ¡la madrastridad puede llegar a ser terapéutica! Creo que por lo exigente que resulta puede obligarnos a echar la mirada atrás y poner un poco de orden en la buhardilla de nuestra propia historia. Algo que nunca está de más.

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