La madrastridad era para mí como la palabra “madrastra”: una de esas cosas extrañas y feas con las que nunca tuve la mínima intención de relacionarme.
De hecho durante mis primeros meses de convivencia no me planteaba si era o no era madrastra. Simplemente quería vivir con mi pareja y su hijo estaba ahí, así que había que adaptarse a la situación.
Mi expectativa (y autoexigencia) era que se desplegara ese instinto maternal que se supone que tenemos todas las mujeres y tirar pa’lante. Esperaba darle a ese niño los cuidados que necesitara, forjar una relación de confianza con él y por supuesto, quererle mucho.
Y de hecho llegué a tener una buena relación con él.
Peeero, los días y las semanas pasaban, la convivencia se iba prolongando y yo no lograba sentirme del todo integrada en casa. Mi vida, literalmente, se paraba cuando llegaba mi hijastro a casa e integrarme se convirtió en una cuestión de vida o muerte:
- Aprendí en un verano todos los cuidados que necesita un niño.
- Jugué y le atendí a muerte… y a la vez experimenté esa sensación de estar siempre en un segundo plano afectivo.
- Estaba en constante tensión, tratando de llegar a todo y aprovechando cualquier hueco para colarme y hacerme un lugar en casa.
- Cada signo de aceptación era un gran alivio, cada signo de rechazo me hundía en la miseria. Todo mi cuerpo estaba en tensión tratando de estar a la altura. En un punto llegué a huir de casa cuando sabía que él tenía que llegar porque no era capaz de soportar tanta angustia y autoexigencia. La idea de quedarme a solas con él me hacía temblar.
Y con este proceso, no sé cómo, la madrastridad sacó de mí a una verdadera madrastra malvada.
Aunque trataba de mantener la apariencia marental y amigable, lo que pasaba por dentro no era bonito: sentí celos, envidia, sentí rechazo hacia mi hijastro, un verdadero deseo de que simplemente desapareciera de mi vida para volver a ser yo misma, sentí resentimiento hacia mi pareja por no se bien qué motivo y mucho, muchísimo enfado con la situación.
Descubrir que realmente sí había una madrastra malvada en mí afectó mucho a mi autoestima. Pero por algún motivo en ese momento empecé a identificarme con la palabra “madrastra”.
Visto con perspectiva me alegro mucho de haber asumido esa palabra en mi vida. «Madrastra» parecía una palabra fea, sí, exactamente igual que muchos de los sentimientos que despertó en mi la madrastridad.
De pronto mi trabajo más duro ya no era integrarme en casa, sino aprender a vivir con esa madrastra malvada que se había desvelado en mi interior.
Escuchándola descubrí que en los cuentos solo cuentan una parte. La parte que no cuentan está hecha de inseguridad, de baja autoestima, de frustración, de soledad, de sentirse inadecuada, de angustia, de agotamiento y de todos los monstruos del pasado que inevitablemente llevamos con nosotrxs.
Durante todos estos años, a base de atender a mi madrastra interior he ido descubriendo que en realidad no es malvada, sino que hay heridas del pasado que la atormentan y que tiene unas necesidades muy humanas que la madrastridad puso en riesgo: necesidad de valoración, de sentirse parte de la familia, de amor, de cuidado, de seguridad…
Mi madrastra interior, a la que yo pretendía mantener silenciada porque me parecía execrable, ha resultado ser la parte de mí que más me ha obligado a mirarme y a conocerme a mí misma.
Ahora, trabajando cada día con vosotras, madrastras como yo, teniendo el privilegio de acompañaros en el intrincado laberinto de autoconocimiento que es la madrastridad, hay algo que tengo muy claro:
“Madrastra” es una palabra muy dura… pero a la vez es hermosa, y no renunciaría a ella por nada.
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Un lugar donde te sientas por fin en casa.

Beth
9 julio, 2018¡Muchas gracias por el vídeo, Berta!
El final me ha emocionado: madrastra es una palabra dura y hermosa, de la misma manera que ser madrastra es duro y hermoso a la vez.
Cuando ves gestos tuyos en ella, o ves que cosas que has dicho o hecho hacen mella, que aparecen cosas que se convierten en cosas nuestras y de nadie más… no hay palabras para expresar el sentimiento.
Los “monstruos” continúan ahí, las emociones “feas” resurgen y las frustraciones también… ¿pero en qué relación no las hay?
Berta
9 julio, 2018Muchas gracias por tu comentario, Beth, ¡yo también me he emocionado leyendo este mensaje! Te mando un abrazo con muchísimo cariño!!
Analia
11 julio, 2018Hola! acabo de descubrirte y no lo has podido describir mejor, llevo casi 13 años siendo madrastra, y 8 años conviviviendo con ellos, ya que se vinieron a vivir con su papá y conmigo, son mellizos, nena y nene de 17 años ya! cuánto tiempo ha pasado! cuántos sentimientos de frustración. Lo último que he aprendido y quizás a alguna que les esto le sirva, «no sentirse atacada/o», los chicos pasan por un montón de fases y sentimientos y las relaciones con sus propios padres son diferentes y hasta a veces difíciles, por eso, quiero llevarles un poco de tranquilidad, he pensado mucho en abrir un blog sobre este tema porque no encontraba información que me sirva. Me alegro descubrirte! Saludos desde Argentina
Berta
12 julio, 2018Gracias por tu aportación, Analia. ¡Que lujo contar con la perspectiva de una madrastra experimentada como tú! Estoy muy de acuerdo en que al principio, sobretodo cuando no tenemos hijxs y aún no hemos aprendido a interpretar sus comportamientos, es fácil que eso se mezcle con nuestra propia ansiedad y sintamos sus actitudes como algo más personal de lo que en realidad es. Al fin y al cabo ellos también están haciendo su proceso. Algo que me ayudó a mí es darme cuenta de que la relación iba para largo y dar tiempo para que se fuera forjando lentamente, admitir sus altibajos como parte de la normalidad, y no tratar de integrarme, amar y ser amada en cuestión de meses. Eso es difícil que funcione y añade mucha presión y frustración.
Incierto_futuro
11 julio, 2018Me he emocionado con este post. Es exactamente así como me siento como una madrastra malvada. Pero es muy difícil intentar criar a los hijos de otra. Dedicar esfuerzos en la semana que están con nosotros y ver que a la semana siguiente estando con su madre estos esfuerzos se van al traste y vuelven a casa convertidas de nuevo en dos animalillos salvajes… Es muy desmotivante cada vez estoy más negativa en relación a ellas…
Berta
12 julio, 2018Me emociona tu sinceridad. Creo que es muy difícil armarnos de valor para nombrar esos sentimientos, y sin embargo muchas los tenemos o los hemos tenido como parte de nuestra experiencia de madrastridad. La crianza siempre es dura, pero criar a niñxs que hasta ahora se han regido por criterios que te son ajenos puede ser taaan frustrante. Creo que nadie desea eso cuando piensa en tener niñxs en su vida, y también creo que la negatividad es lo mínimo que podemos sentir cuando nos damos cuenta de que esta es la situación, de que la influencia o el control que podemos tener está limitada, y sin embargo hay que seguir acogiendo y cuidando de esxs niñxs que nos parecen tan ajenxs. Al mismo tiempo me gustaría transmitirte confianza en los sentimientos que estás experimentando, porque la experiencia me dice que tanto los sentimientos positivos como los negativos o desagradables son los que nos van guiando para encontrar nuestro lugar en casa, para determinar qué nivel de implicación o de cercanía podemos tener con nuestrxs hijastrxs sin poner en juego nuestro bienestar. Y también decirte que aunque parezca imposible, a medida que regulas esa distancia, ajustas tus expectativas y vas conociendo a tus hijastrxs, es habitual que esos sentimientos cambien. Las relaciones entre madrastras o padrastros e hijastrxs a menudo están hechas de ciclos de acercamiento y distanciamiento, y eso, mientras nos demos permiso para sentirlo, no hace daño a nadie.
También quería apuntar, por si a caso te ayuda, que casi todxs lxs niñxs que viven entre dos casas, en cada cambio hacen un proceso de adaptación de unos 2 o 3 días (y lxs adultxs que les reciben también) que está muy caracterizado por la inestabilidad emocional, desajuste con las normas de la casa y malestar. Eso influye en la sensación que tenemos de que vuelven de la otra casa asilvestradxs.
Incierto_futuro
16 julio, 2018Muchísimas gracias por tu respuesta! Un abrazo!!
Llacace
31 julio, 2018Ha llegado ese sentimiento de mala madrastra a mi y mi hijastra me ha dicho lo que creía q no llegaría a decirme nunca » no has sido buena madre para mi», soy madrastra de niño y niña desde hace 15 años, el ya tiene 20 y ella 17, también soy madre de uno de 9, y estos 9 años llevamos conviviendo los 5 a diario, mis hijastros se quedaron huérfanos de madre. Creía haber hecho todo lo posible para que se sintieran bien y educarles como si fueran míos, pero la terrible adolescencia me ha llevado a sentirme fatal y verme excluida después de tanto esfuerzo. Con el mayor no ha sido así, pero con la niña todo parece más complicado. Leyendo este post, me he sentido muy identificada, ahora estoy en fase de aceptación de todos mis sentimientos y dejando q se hagan mayores y la vida misma nos devuelva los momentos de buenrrollismo en esta mi familia reconstituida y que a veces me da muchos dolores de cabeza, pero la mayoría de veces estoy encantada de haberme metido en este «fregado». Sigo pensando que a pesar de los malos momentos, he sido una buena madrastra, aunque eso no quita q ellos no piensen igual, por ahora…Gracias por vuestros artículos, es gratificante saber que no eres la única en esta situación. Un abrazo.
Berta
31 julio, 2018Hola Llacace, que impacto leer tu manera de encajar ese duro golpe con tu hijastra. Me parece muy difícil escuchar un comentario así y no caer en el enfado o la inseguridad. Creo que cuando te preocupas por crear un buen hogar para tus hijastros y revisas tus acciones y te parecen correctas, es que lo estás haciendo bien, esa capacidad para cuestionarnos y tener un criterio propio es fundamental. Que no sea perfecto, bueno, nadie lo es. Eso simplemente te hace humana. La adolescencia es ese momento en que lo cuestionan todo, y figuras como la de la madrastra sufren más que otras que están más asentadas. Como tú dices, es fácil que al terminar la adolescencia os acerquéis de nuevo, y podáis hablar de esto desde la madurez. Un fuerte abrazo para ti y para esa bonita familia que describes.
Bea
31 julio, 2018Hola estoy pasando por un momento estresante con mi hijastro haran una junta necesito empaparme del tema por que mi relacion con mi pareja esta mal..
Berta
31 julio, 2018Hola Bea, estoy segura de que no era esto lo que querías cuando empezaste tu relación, y es muy duro cuando las dificultades de la familia reconsituida afectan a nuestra relación de pareja, que al final es lo que da sentido a todo lo demás. A partir de septiembre empezaremos a publicar los eventos del nuevo «curso». Mientras tanto, sabes que estamos siempre disponibles en nuestro servicio de coaching.
Anónimo
27 febrero, 2026Viví 20 años con mi pareja y sus hijas. Cuando falleció el mundo se acabó para mi en muchos sentidos. Me quedé sola con mis dos hijas de 12 y 13 años, sin ningún trabajo, porque trabajaba con él. cuando falleció no tenía pensión de viudedad ni de orfandad porque él nunca cotizó en la seguridad. Con una de las hijas de su anterior pareja de 27 años que todavía vivía en casa y no aportaba nada y con aviso de desahucio inminente.
Después de trabajar con él toda la vida y ocuparme de la casa y las hijas, Cuando se fue, solo quedaba una casa en la playa, pero como no nos habíamos casado y la casa estaba a su nombre, sus hijas mayores se encargaron de no darme nada. Además, dijeron que yo siempre las traté mal y que no querían volver a verme en la vida. Fue una vida en la que mi pareja no me puso en el lugar que me correspondía en la casa, con muchas carencias económicas que yo hacía por suplir no sé ni cómo.
Hoy a mis hijas les digo claramente que nunca se unan a una pareja que tiene hijos de otra madre. Que se hagan valer. Hay mucha vida fuera de una pareja que tenga ya hijos por mucho que lo queras y lo amires no vale la pena entregar tu vida a una familia que no te va a aceptar nunca y más aún en los momentos difíciles.