El miedo: una de las mayores barreras para la familia reconstituida

Admitámoslo: formar una familia, del tipo que sea, casi siempre produce algún que otro temblor de piernas. ¿Cómo nos llevaremos? ¿En qué cambiará mi vida? ¿Podré con todas esas responsabilidades? ¿Mantendré mi independencia? ¿Me lo pasaré bien? ¿Seremos felices…?

Quién se lanzaría a la piscina sin pensarlo cuando acechan todos estos interrogantes. Mejor hablar claro: la familia es un compromiso a largo plazo y todo compromiso, por mucha ilusión que pongamos en él, da miedo.

¿Pero qué tiene de especial en todo esto el formar una familia reconstituida? MUCHO

Si pudiéramos auscultar una familia reconstituida acabada de nacer, oiríamos una estruendosa orquesta de castañeos dentales desafinados y descompasados. Todo el mundo tiene miedo, pero cada uno teme cosas completamente distintas.

 

Solos ante lo desconocido

Cuando formamos una pareja o iniciamos un idilio los dos abrazamos un rol parecido. Cuando decidimos convertirnos en padres, los dos afrontamos un cambio similar. Salvando las peculiaridades de cada uno, podemos comprender lo que pasa por la cabeza del otro porque por la nuestra pasa algo parecido. Estamos en el mismo equipo y podemos hacer piña.

Pero cuando lo que nos proponemos es formar una familia reconstituida ah… la cosa cambia. Ahí cada uno está sólo ante lo desconocido.

Un padre con hijos pensará: ¿Cómo afectará este cambio a mis hijos? ¿Tengo derecho a incluir a una nueva persona en sus vidas? ¿Cuál es el mejor momento para hacerlo? ¿Y si no congenian? ¿Y si mi ex se molesta y me pone más dificultades para ver a los niños? ¿Y si al final todo esto va mal y les hago pasar por una nueva separación? ¿Qué pasará cuando incluya a mi pareja en el tiempo que antes compartía con los niños en exclusiva? ¿Se degradará mi relación con ellos?

Una madre separada quizás piense: ¿Quién es esa desconocida que convivirá con mi hijo? ¿Lo tratará bien? ¿Será una buena influencia para él? ¿No es muy pronto para meter a otra persona en sus vidas? ¿Se meterá en las decisiones que tienen que ver con su crianza y educación? ¿Intentará ella pisotear mi rol de madre? ¿Cómo afectará a mi relación con ellos? ¿Es posible que los niños lleguen a preferirla a ella antes que a mí?

Los hijos, si tienen una cierta edad, seguramente también tendrán sus tribulaciones: ¿A caso es esta mujer la culpable de la separación de mis padres? ¿Qué actitud debo tener con ella? ¿Por qué tengo que aceptarla si yo no elegí vivir con ella? ¿Qué relación se supone que debemos tener? ¿Por qué tengo que hacerle caso si no le debo nada, si nunca me ha cuidado? ¿Me querrá a mí o sólo se relaciona conmigo sólo porque quiere a mi padre? ¿Si empiezo a quererla estaré traicionando el amor de mi madre? ¿Mi padre me prestará menos atención a partir de ahora? ¿Por qué tienen que cambiar las cosas si ya estábamos bien como estábamos?

Y las madrastras, o por lo menos yo, pensamos cosas del estilo: ¿Hasta dónde estoy dispuesta a dejar que cambie mi vida? ¿Cómo puedo intentar querer a estos niños cuando me siento rechazada por ellos y una extraña en lo que se supone que es mi casa? ¿Y si no llego a quererlos nunca? ¿Y si ellos nunca llegan a quererme a mí? ¿Cuándo tendré voz para intentar cambiar las dinámicas que no me gustan en casa? ¿Por qué la ex de mi pareja me pone dificultades cuando lo único que intento es cuidar de mis hijastros lo mejor que puedo y que todos nos sintamos cómodos en casa? ¿Vale la pena tanto esfuerzo por esta relación? ¿Y si no soy capaz de aguantar todo esto? ¿Por qué nadie me entiende?

 

Sin canales de comunicación

Esto es una olla de grillos. Cada uno oye una vocecilla distinta en su cabeza y el problema es que resulta difícil ponerse en el lugar del otro, en parte porque estamos viviendo la situación desde perspectivas muy distintas, y en parte porque  lo más habitual es que ninguno haya estado nunca en la posición del otro.

Esto sería menos grave si pudiéramos suplir la falta de empatía con una comunicación abierta y fluida. El problema es que a menudo los canales de comunicación están rotos o todavía no se han formado. La comunicación entre los padres biológicos suele ser difícil, inexistente o directamente hostil. Madres y madrastras somos extrañas y tendemos a percibirnos como una amenaza la una para la otra. Y la comunicación entre madrastras e hijastros todavía está muy lejos de ser abierta y cordial. Todos estamos tanteando terreno desconocido.

 

Pero hay esperanza

A pesar de todo, algunas cosas se pueden hacer. La más importante a mi modo de ver: potenciar la comunicación entre tu compañero y tú. A veces cuesta entender los sentimientos y los miedos del otro, pero con paciencia y comprensión es posible. La complicidad en estos casos nace de una escucha abierta y libre de prejuicios. Seguramente habrá sentimientos mezquinos y miedos irracionales por ambas partes, la cuestión es no cerrarse en banda y siempre tener en mente que, cada uno a su manera, ambos están intentado superar dificultades para que la cosa funcione.

A veces la situación es bastante inflexible y no permite cambios, pero hacer piña con tu compañero, respetar su modo de sentir y facilitaros las cosas el uno al otro puede llegar a generar un oasis de complicidad dentro del desconcierto que reina al principio en una familia reconstituida.

 

La comunicación a través de los actos

Y para terminar, quiero compartir un truquillo que en mi caso funcionó.

Creo que hay maneras de llegar hasta tus hijastros y su madre, aunque la comunicación de entrada esté cerrada. Puesto que no puedes aliviar sus miedos hablando sobre ellos y haciéndoles entender que tu intención es buena, a veces la única alternativa es demostrarlo con tus actos.

Esta es una forma de comunicación lenta e incierta, pero en mi caso dio resultado. Exige por nuestra parte un ejercicio empatía:  imaginar cuáles son las preocupaciones de los demás y tratar de apaciguarlas demostrando a través de nuestras acciones que no tienen razón de ser.

Si detectas que tus hijastros tienen un conflicto de afectos entre su madre y tu, puedes hacer por diferenciar tu rol del suyo. Dales una palabra para referirse a ti, déjales hablar de su madre o incluso pregúntales por ella. Que vean que su figura y la tuya pueden convivir en harmonía dentro de su red de afectos.

Si crees que tienen miedo de que les robes el tiempo con su padre, respeta sus rutinas dentro de lo posible y desaparece de vez en cuando para que ellos sigan disfrutando de la intimidad que solían tener. Siempre es mejor que te echen de menos a que te echen de más. Verás como después te reciben con más gusto.

Y en general, creo que es importante no forzar los acontecimientos. Tratar de ejercer la autoridad sobre tus hijastros antes de hora puede bloquear la relación con ellos; participar abiertamente en una decisión que tenga que ver con su educación, puede bloquear las relaciones  con su madre. Al principio, es mejor hablar estar cosas con tu compañero y que él se encargue de las «relaciones institucionales».

A no ser que las relaciones estén muy degradadas, los mensajes que transmites a través de tus actos terminan calando y poco a poco allanan el camino hacia la cordialidad y el entendimiento.

Y aquí repito el mantra de siempre: pacieeeeenciiaaaaaaaa

 

Mucho ánimo a todas para vencer esos miedos que a veces nos paralizan.

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