En algún sitio leí que para muchas mujeres, convertirnos en madrastras implica renunciar a deseos o planes de vida que habían formado parte de nosotras durante mucho tiempo.
Lo hacemos decididas a apostar por una relación que nos ilusiona, pero aún así, puede que esos proyectos sigan tirando de nosotras, causándonos pesar y sensaciones de pérdida que llegan a ser muy dolorosas. Ese escrito planteaba la necesidad de pasar un duelo por todas aquellas cosas que dejamos atrás.
Cuando lo leí me encontraba en plena crisis de transformación de mujer joven, universitaria e independiente a madrastra estresada, lunática y taciturna (una de las primeras fases de la “madrastridad”, que puede que alguna de vosotras también haya vivido). Y hubo algo de mí que, en el acto, se sintió muy identificado con aquella reflexión.
El problema es que por aquel entonces estaba tan absorta en el remolino del cambio que no era del todo consciente de las renuncias que la madrastridad me había impuesto. ¿Qué era aquello que había perdido y que clamaba en mi interior por ser reconocido?
A raíz de esa lectura empecé a reflexionar. Y pude deslindar por fin algunas de las causas de mi desasosiego.
Lo que perdí al convertirme en madrastra
Tenía un fuerte sentimiento de pérdida de un tiempo inicial que quería vivir a pleno con mi pareja y que sentía muy invadido cada vez que llegaba el niño a casa, ocupando completamente todo el espacio emocional desde que se despertaba hasta que se iba a dormir (con el agravante de que me sentía alejada del núcleo formado por ellos dos).
Pérdida de mi autonomía, porque había pasado de vivir sola y definir las reglas de mi vida, a dedicar mucho tiempo a un niño que entonces sentía muy ajeno y a tener que asumir unas dinámicas preestablecidas, con las que a menudo me sentía incómoda.
Pérdida de mi independencia, porque ahora me preocupaba mucho la «aprobación» de mi hijastro, sentía que debía gustarle.
Pérdida de independencia también con mi pareja, porque en algunos aspectos íbamos a estar ligados a su ex por muchos años.
Y sobretodo pérdida de mi deseo e ilusión de descubrir juntos lo que era ser padres, porque él ya tenía una primera experiencia que se hacía muy presente cada vez que hablábamos de la posibilidad de tener hijos.
El duelo, y lo que recuperé con él
Para mí, el duelo por todas esas cosas ha consistido en pensarlas, hablarlas y escribirlas cada vez que lo he necesitado. Compartirlo con mi pareja ha sido esencial, y también acudir a una terapeuta. Por otro lado, no descarto que este blog sea, entre otras cosas, una manera de dar salida a esas inquietudes.
Meses más tarde, mi angustia ha disminuido considerablemente. Y debo decir que al identificar esas cosas que echaba de menos, he podido hacer por recuperarlas en parte, de nuevas formas y por nuevas vías.
Definir un tiempo propio, plantear cambios sobre dinámicas que no me gustaban, proponer nuevas rutinas y límites, cultivar una relación autónoma y significativa con el niño, relajar mi necesidad de gustar.
En cuanto a la cuestión de la maternidad, reconozco que todavía es un asunto por resolver, pero por lo menos está identificado y acotado, y no afecta a mi estado de ánimo permanentemente. Creo que estoy en el camino.
Ésta es mi experiencia, pero imagino que cada mujer vive esta situación de una forma distinta, dependiendo de cuáles fueran sus valores, aspiraciones e ilusiones. Y asimismo, estoy segura de que cada una encara el duelo a su manera. Quizás escribiendo un diario, quizás hablando con amigos o amigas, quizás dedicándose a buscar nuevos horizontes… La cuestión, yo creo, es conseguir hacer las paces con nuestro nuevo estilo de vida para poder empezar a disfrutarlo.
¿Habéis tenido un conflicto similar? ¿Cómo lo habéis encarado?
Yo, de entrada, me comprometo a escribir pronto un post que compense éste. Dejaré a un lado lo que he perdido y me dedicaré a valorar lo que la madrastridad ha traído de bueno a mi vida. ¡Lo prometo!

Sofía
4 septiembre, 2014cuanto de verdad tiene tu blog,me está ayudando muchísimo!!! Gracias !!!!! me siento completamente identificada, yo también estoy yendo a una terapeuta y me está ayudando mucho.
Berta
5 septiembre, 2014Sofía, gracias por escribir! Me alegro mucho de que hayas encontrado un apoyo en tu terapeuta, y que te ayude a sentirte mejor. Te deseo mucha felicidad en tu familia, tenga la forma que tenga.
Canela
12 octubre, 2014Gracias por esta información. Estoy transitando por la misma experiencia y dándome cuenta de las pérdidas que produjo ese cambio tan fuerte en mi vida. Ser madrastra es una situación muy particular atravezada por emociones, deseos, expectativas, en fin cargada de complejidades.
Como mujer, necesito mis espacios, el silencio en casa, los momentos para mi con mi gente y he perdido las motivaciones que tenía antes de que sucediera todo esto.
Para todos en la casa los vínculos tienen su carga, su dificultad y su placer y enriquecimiento.
Por suerte, en nuestro caso la felicidad y celebración que hemos hecho con mi pareja en cuanto a nuestra relación creo que fue lo que dio lugar a que su hija llegue a un espacio donde aún con todo lo que esto implica, hay mucho amor.
Esa creo que es la clave en estas y todas las relaciones: el amor. El amor de la pareja, el amor hacia los niños (sean nuestros hijos o no), el amor implica afecto, límites, cuidados, atención, respeto, reglas, horarios, juegos, risas, alimentarse, asearse. Implica todo aquello que tiene la fuerza de la rutina y de la perseverancia.
Gracias por tus palabras y por este blog. Es un espacio necesario!!!
Cris
23 agosto, 2018Buscando información sobre la vivencia de otras personas, me he encontrado con tu blog. Y me he visto absolutamente reflejada. Mi pareja tiene dos hijas, cosa que yo ya sabía cuando decidí dar una oportunidad a nuestra relación. Este está siendo nuestro primer verano como pareja y hemos tenido que compartirlo con las niñas. Mis 15 días de vacaciones los he pasado con ellas. Ni digo que esté mal, pero no era mi expectativa.
A pesar de que ellas me adoran y yo a ellas también, no puedo dejar de sentir que me desplazan a un plano muy inferior al que acostumbro a tener. No sé si llamarlo celos, porque me parece una palabra muy seria. Más bien diría que me siento un poco «abandonada». No por mi pareja, en ningún caso. Él está haciendo lo que tiene que hacer. Pero sí por las circunstancias.
Es difícil convivir con unas niñas que no son tuyas, que vienen con las normas y límites de sus madres, a las que debes poner los tuyos, pero con las que no tienes la misma libertad de actuación que si fueran tus propias hijas.
No descarto acudir a terapia, pero me ayuda escuchar las vivencias de otras mujeres y saber que no estoy sola en mi sentir.
Un saludo
Aina
30 agosto, 2018Gracias por tu comentario Cris, es un placer saber que somos de ayuda. Tienes razón en todo lo que escribes y es completamente normal que te hayas sentido así dadas las cicunstancias. Ser madrastra no es una tárea fácil y al ser un rol tan poco reconocido cuesta poner palabras a nuestros propios sentimientos. Sé bienvenida a nuestra comunidad y aquí estamos para lo que necesites.
Un fuerte abrazo,
Aina
Amelia Bedoya
26 junio, 2022Hola Cris describen muy bien lo que me pasa ,aveces yo misma no entiendo lo que es ,pero tus palabras me ayudan a entenderme .si son muchas perdidas las que sufrimos cuando decidimos ser madrastras,
Erika
14 enero, 2020Jo, está todo lo que «Encima» me estaba sintiendo culpable de sentir. Gracias x supuesto a nuestra «bonita» sociedad patriarcal. Una suerte haber encontrado tu blog y ponerle voz a todos estos sentimientos y situaciones que me hacían sentir rara y mala y sí digo hacían. Un afectuoso saludo