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¿Sabías que estás ejerciendo la pluriparentalidad?

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Hoy he querido transcribir el fragmento final de un artículo de investigación (El ejercicio de la parentalidad en las familias reconstituidas, Ana-María Rivas, 2012) que aborda la problemática de la familia reconstituida desde una perspectiva refrescante y alentadora. En base a entrevistas y estudios define tres patrones generales de acuerdo con los cuales se organizan las familias reconstituidas.

Apartir de aquí abre una reflexión sobre lo que significa la parentalidad (proveer lo que un niño o niña necesita para su crecimiento y bienestar), sobre quién puede ejercerla y sobre los problemas que supone para algunas familias reconstituidas la falta reconocimiento social y jurídico de su estructura y su distribución de los deberes parentales, a menudo compartidos entre padres y madres biológicos y padrastros y madrastras que no tenemos ningún vínculo biológico ni legal con los niños y niñas pero que sin embargo los tenemos a nuestro cargo emocional y económico.

Aquí está la reflexión final de la autora:

 

Parentesco y parentalidad (¡no es lo mismo!)

Lo que ponen de manifiesto este tipo de familias, a través de las estrategias desplegadas en la construcción de la maternidad/paternidad, es la necesidad de diferenciar entre parentesco (status jurídico derivado de los lazos biológicos de consanguinidad real o ficticia) y parentalidad (el ejercicio de las tareas relacionadas con la crianza, los cuidados y la educación de los/as niños/as, asignadas en nuestra sociedad, y de acuerdo con nuestro sistema cultural, a los padres y madres biológicos y/o legales en imitación a la naturaleza).

 El parentesco es un status de padres (padre y madre) reconocido y garantizado por el Código Civil. La parentalidad en cambio se refiere a funciones como concebir, criar, dar educación, transmitir un nombre, que son los que corresponden al status de padres, pero que los padres pueden dejar y/o compartir con otras personas, sin por ello perder el status de padres. Ser padres implica ejercer diferentes papeles y todos estos papeles en algunas sociedades pueden repartirse entre diferentes personas (pluriparentalidad), personas reconocidas, sin por ello, deshacer o disminuir el status de padres.

 

La falta de reconocimiento de nuestro papel

Sin embargo, hasta ahora en nuestra cultura ha sido muy difícil pensar en la posibilidad de compartir estos papeles sin dañar el status de padre/madre, porque se piensan como términos excluyentes y en singular, un solo padre, una sola madre.

(Cadoret, 2004, 2005; Le Gall, 2005).

En los casos de familias reconstituidas se manifiesta este vacío legal y limbo jurídico en el que se encuentran estas familias, para las que no existe ni nombre

(Bourdieu, 1996).

Cambiar esta situación requeriría de un ejercicio de revisión del ordenamiento jurídico, anclado todavía en un sistema cultural basado en la reproducción biológica como generadora de relaciones sociales por sí misma, en el que los vínculos biológicos son los que definen el parentesco y como una extensión de éste las funciones parentales. Sólo así se podría subsanar ese vacío legal en el que se hallan las familias reconstituidas, empezando por asignar un status jurídico o reconocimiento legal al padrastro/madrasta, quienes según la ley son esposos del padre/madre, pero nada de los hijos/as de éstos (Garriga, 2004).

 

Ser «madres» y “padres” en ausencia de derechos

La consecuente reasignación de roles familiares que se deriva de la reconstitución familiar, implica la asunción de responsabilidades parentales por parte de las nuevas parejas de los progenitores.

Dicha asunción no revierte en ningún tipo de reconocimiento legal y/o social de los mismos, lo cual da lugar a toda una ausencia de derechos que va desde la negación de permisos laborales, a la imposibilidad de tomar ningún tipo de decisión –sanitaria, educativa…- con respecto a la persona no vinculada biológicamente que se tiene a cargo, tanto emocional como económicamente. De esta ampliación de los vínculos sociales de los hijos, se deriva la consolidación de una red que crea un respaldo social que favorece a los hijos y da lugar a un nuevo mecanismo de protección social. Por este motivo, las autoridades públicas deberían plantearse el hecho de que facilitar la construcción de ese “otro” rol no sólo es un reconocimiento a los adultos que lo desempeñan, sino que también revierte positivamente en el incremento del bienestar de los hijos al generarse la ampliación de lo que denominamos “colchón social”.

 

Si te interesa saber más, aquí puedes leer el artículo completo.

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