Cómo tratar al hijo de tu pareja

Cuando aterrizamos en una familia ya consolidada, las madrastras todavía no tenemos un papel asignado, no tenemos carta de deberes ni de derechos y eso es porque las cosas, mejor o peor, llevaban mucho tiempo funcionando antes de nuestra llegada sin que nadie interpretara a “la madrastra” en el juego de roles familiares. Por eso, salvando las circunstancias de cada una, llega un momento en que a la madrastra se le plantea (consciente o inconscientemente) la pregunta fundamental: ¿Qué relación me gustaría tener con el hijo o la hija de mi pareja?

Ante esta pregunta los consejos proliferan:

No trates de ser su amiga, no trates de ser su madre, que sepan que eres una figura de autoridad, pero no te impongas ante ellos, que sea el padre quien lleve la batuta, son sus hijos así que trata de no inmiscuirte y respetar su espacio, etcétera, etcétera, etcétera.

Todo esto está muy bien, pero quizás os haya ocurrido como a mí, que llegada a este punto, me daban igual los roles, me daba igual que el niño no fuera mi hijo, porque lo que quería ante todo era integrarme en la familia, sentirme querida no sólo por mi pareja sino también por él, y que la situación dejara de hacerme sentir una outsider en mi propia casa. Así que para mí todo se reducía a la pregunta ¿Cómo acercarme a mi hijastro de 4 años?

Sin ánimo de generalizar (porque creo que en esto de ser madrastra cada una tiene deseos, expectativas y circunstancias distintas) os cuento aquí mi experiencia, algunas tácticas que fui desarrollando sobre la marcha, la ayuda que recibí de mi compañero y reflexiones que surgieron al paso, con la esperanza de que os sirvan de ayuda, y con el deseo secreto de que vosotras también os animéis a compartir las vuestras y poder aprovecharme de ellas (disculpad el ramalazo malvado, pero es que soy madrastra y no lo puedo evitar).

Hacerse necesaria (un poco de márquetin en la relación)

Como dije, mi hijastro tenía 4 años cuando lo conocí. Estaba en pleno proceso de autoafirmación y su palabra favorita era NO. Su padre había sido siempre muy atento y cariñoso con él y para cuando yo llegué a su casa, tenían una relación sólida, completa y autónoma. ¿Por qué iba el niño a aceptar la autoridad de alguien a quien no necesitaba?

Hablar de necesidades puede parecer un poco pragmático de más, pero en mi caso creo que fue clave. El niño no había elegido vivir conmigo (yo tampoco había tenido mucha alternativa a la hora de aceptarlo pero eso a él no le importaba, claro está) y ya le costaba aceptar la autoridad de un adulto en casa como para abrirse a otro. Así que pensé que si quería contar en casa, debía hacerme necesaria para él. Pensé que debía hacer un poco de márquetin creando una necesidad que antes no existía.

Lo que un niño necesita y lo que una madrastra puede ofrecer

A esas edades los niños quieren sentirse atendidos, cuidados y queridos.

Yo en ese momento todavía no podía querer al niño, y era consciente de que cuidarlo implicaba muy a menudo llevarle la contraria (algo que él no deseaba ni creía necesitar), así que jugué la carta de la atención.

Si tenéis relación con niños pequeños sabréis que su sed de atención es insaciable. Habiendo observado eso, me decidí a prodigar mi atención sin pedir nada a cambio.

Muchos dicen que no es bueno mostrarse como una compañera, como una amiga, como una figura siempre amable. Yo creo que para que un niño termine queriéndote y haciéndote caso, primero las cosas deben ser a su manera, y eso implica jugar su juego sin reparos, eso sí, sin obstruir la autoridad del padre.

Así que me empleé en darle atención casi siempre que la reclamaba, y pronto me convertí en su compañera de juegos, en alguien que lo escuchaba siempre, alguien con quien comentar sus gustos y descubrimientos. En algunos meses nos habíamos acostumbrado el uno al otro y mi atención se había convertido en una necesidad para él, es decir que yo tenía valor para él.

Una cuestión de poder

Todo el que convive en familia se da cuenta de que las relaciones en casa, como en todas partes, son en parte un juego de poder, y muy especialmente lo son con los niños. En este juego, las madrastras partimos siempre de una posición muy de mucha desventaja.

Cuando llegamos a la familia de nuestra pareja, muy a menudo nos sentimos el último mono. Debemos renunciar a parte de nuestro estilo de vida e ilusiones, adaptarnos al día a día con un niño o niña y hacerlo de acuerdo con unas normas que se fijaron antes de nuestra aparición, en las cuales no tuvimos voz ni voto y que por tanto es fácil que nos incomoden.

Los comportamientos desagradables nos afectan profundamente y sin embargo no tenemos autoridad para atajarlos. Nuestras parejas han ejercido su poder dejándonos claro (explícita o tácitamente) que o aceptamos a sus hijos o no hay relación, y los niños nos recuerdan constantemente (queriendo o sin querer) que para ellos no contamos o contamos menos que sus padres. Por estas razones necesitamos encontrar formas efectivas de ganar poder y autoridad.

En mi caso, una vez que mi atención empezó a ganar valor, en el tablero ya no solo era yo quien quería conseguir la aceptación del niño, sino él quien necesitaba de mí, y esta situación se evidenció en el momento en que puse la primera restricción:

Sólo jugaré contigo si al terminar recogemos juntos los juguetes.

Sólo te escucharé una vez que hayas empezado a comer.

Pueden parecer detalles nimios, pero seguro que si sois madrastras sabréis de qué hablo cuando me refiero al alivio de que por primera vez los niños o niñas te hagan caso, a la satisfacción de que por primera vez quieran compartir algo contigo y valoren tu compañía, a la sensación de autonomía que supone no depender del padre en el trato con ellos. Este cambio fue pequeño pero significativo. El niño se revolvió, protestó, pero al final aceptó mis límites y la relación de poder entre él y yo empezó a cambiar. Empecé, por fin, a poner mis normas sin necesidad de valerme de la autoridad de mi pareja.

El camino hacia la autoridad y el cariño

A partir de este punto fui poco a poco ganando terreno, cultivando mi valor con atención y cuidados, tratando de ser consciente de sus límites, y vigilando que mis exigencias y expectativas no estuvieran nunca por encima.

El hecho de sentirme reconocida por mi hijastro me hizo sentir más afecto hacia él, poco a poco empecé no sólo a atenderlo sino también a cuidarlo (bañarlo, darle la comida, vestirlo, supervisar sus deberes, educarlo, poniedo mis límites dentro de lo posible cuando hacía falta) y en ese momento él también se relajó. Se encontró a la vez con el calor de mis cuidados y con la rigidez de mis límites, y creo que de alguna forma agradeció el hecho de conocerlos.

Nuestra relación se hizo más estrecha, más completa, más natural, más predecible, menos inquietante. En esa época él empezó a referirse espontáneamente a mi pareja y a mí como “sus padres” y a ubicarme a mí en la esfera de las madres, aunque fuera consciente de que no era la suya. En definitiva, creo que quedó establecido entre nosotros un lazo de afecto y confianza.

El papel del padre

Por la experiencia de mi compañero y de mi madre (que se separó de mi padre siendo yo pequeña y después se volvió a casar) sé que dejar entrar a una nueva persona en la vida de un hijo o una hija no es fácil: implica compartir un espacio con los niños que antes ocupabas en exclusiva, puede desestabilizar tu relación con ellos y genera incertidumbre sobre la influencia que dicha persona va a ejercer y sobre la posible reacción del niño o niña a la nueva situación.

Pero a pesar de todo esto, para que una madrastra pueda ganarse un lugar en casa y llegar a sentirse parte de la familia es casi imprescindible la complicidad de su pareja y que ésta le deje un margen para entrar en la vida del niño o niña.

En mi caso, sé que no habría podido encontrar el camino hacia mi hijastro si mi compañero no me hubiera apoyado. Si hoy me siento bastante integrada en casa es porque él aceptó que ejerciera mi influencia sobre el niño, que tuviera un tiempo y un espacio propios con él, y que participara en la definición de límites y rutinas en casa. En este proceso ha sido y es muy importante la comunicación, la complicidad y la comprensión mutua.

Esto que hoy explico como si hubiera sido un proceso súper planeado, tuvo algo de cálculo pero también fue surgiendo sobre la marcha y hubo bastantes pruebas y errores que han ido quedando atrás. También tengo que decir que por suerte se estableció una buena sintonía del niño hacia mí desde el principio.

Espero que mi perspectiva os pueda ayudar y me encantaría conocer cuáles han sido vuestros recursos en esta difícil tarea de crear vínculos.

Porque solo lo sabes si lo has vivido...

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