Cuando sientes que ser tú misma no basta

inseguridadLa inseguridad parece haberse convertido en la epidemia de nuestro tiempo. ¿Qué ocurre si además de tener baja autoestima, eres madrastra?

Las personas inseguras tenemos una gran necesidad de sentir que pertenecemos a nuestro grupo (por no decir a nuestra familia): que somos aceptadas y queridas. Y además tenemos un finísimo sensor de alerta al rechazo, tan increíblemente desarrollado… ¡que incluso halla rechazo donde no existe!

Junto con esa necesidad visceral, vive en nosotros el profundo convencimiento de que si realmente nos conocieran, las personas a nuestro alrededor preferirían estar alrededor de otros.

Por eso estamos siempre muy atentas a lo que suponemos que los demás esperan de nosotros. La persona insegura es una estudiante aplicada, trabajadora híper responsable, hija ejemplar, madre abnegada, anfitriona perfecta y un largo etcétera de cosas muy deseables. Como tememos mostrarnos, nos concentramos en cumplir al pie de la letra las funciones de nuestro rol (sea el que sea), para conseguir esa aceptación que tanto necesitamos.

Sí, ser insegura es agotador.

¿Quieres saber cómo conseguir que una persona insegura colapse? Hazla desempeñar un rol con expectativas poco claras y una buena dosis inevitable de rechazo que además la persiga hasta en su propia casa; es decir, conviértela en madrastra.

¿Qué hará una madrastra insegura tratando de encajar en su nueva familia?

Primer movimiento. Adoptar un rol predefinido. Algunas optamos por el rol de “amiga guai” otras por el rol de “madre” y todas nos damos de bruces contra la mirada de desconcierto de nuestros hijastros, contra una ex cabreada por pisar su terreno o contra el límite de nuestras fuerzas (¡si monto un lego más lo que habrá que recomponer es mi cerebro!).

Segundo movimiento. Fijarse en lo que el niño valora en la relación con su padre y tratar de imitarlo. Pero chicas, nunca una imitación puede compararse al original y además nos encontramos de nuevo pisando terreno ocupado, no por la ex sino ¡por nuestra propia pareja! Y la rivalidad puede empezar a envenenar nuestra relación.

Tercer (y más refinado) movimiento. Detectar los deseos y necesidades no cubiertas de su hijastro y afanarse en colmarlos. Esto puede ser muy efectivo para gustarle al niño, pero extenuante para nosotras o a veces algo peor, cuando nos empeñamos en dar algo que no surge de nosotras de forma espontánea.

Cuarto movimiento. Crisis. Estamos emocionalmente exhaustas, desesperadas por encontrar nuestro lugar en la familia, y empezamos a sentir que no conseguiremos encajar. Además, si hemos logrado algo de amor y aceptación por parte de nuestros hijastros, sentimos que no está dirigido a nuestro verdadero yo sino a ese personaje que hemos inventado para complacer.

Yo llegué a ese punto, hace algún tiempo. ¿Y sabéis qué? Fue la experiencia más dura de mi vida, pero también la más liberadora. Porque después de sentir que todos los artificios habían fracasado no me quedaba otra alternativa al fin que ser espontánea.

Ese fue el principio de una relación auténtica con mi hijastro, y también el primer paso en la conquista de un lugar propio dentro de ese nuevo núcleo que tratábamos de formar. Hoy en día no vivimos un idilio, pues hay cosas que nos unen y otras que nos separan, pero hay sentimientos valiosos y por fin me reconozco en mi nueva familia. Después de todo, ser madrastra me ha hecho perder el miedo a la espontaneidad.