El fin de semana pasado celebramos en nuestro país el día de la madre, con significado variable según a quién le preguntemos. Para muchas personas era un día de estar con sus hijos, recibir manualidades y ser agasajados por los pequeños. Para otros, era el día de ayudar a agasajar, un día de complicidad y de fomentar una tradición que creo que debe ser mirada con lupa. Y me explico.
Nos llena de orgullo y satisfacción hablar de la diversidad familiar, de lo abiertos que somos ante las familias con hijos adoptados, las familias homoparentales, las familias interraciales. Son una oportunidad fantástica para que nuestros hijos aprendan que el mundo está conformado por muchas personas y las opciones son infinitas. Es la oportunidad para intentar educar a niños sin prejuicios. Pero no es oro todo lo que reluce y la realidad es que no todas las opciones son igualmente bien vistas.
Recuerdo un ejemplo claro, cuando estaba en el primer curso de instituto. Mi compañera de pupitre era una niña que venía de otra ciudad y tenía la peculiaridad familiar de que la custodia de ella y de su hermano era de sus abuelos. Ellos habían sido los encargados de cuidar de los dos hermanos desde prácticamente su nacimiento y ella se había desarrollado como una persona perfectamente funcional y bien formada hasta la fecha. Sin embargo, el hecho de que sus abuelos tuvieran la custodia nos llevaba a todos a sentir una gran pena, ¿qué había sucedido para que sus padres no estuvieran en la misma imagen familiar? Es terrible pensar que un niño no tiene a sus padres biológicos al lado, ¿no?
Un amigo de la infancia perdió a su padre de forma prematura durante el primer curso de primaria. Todos nos sentimos consternados por el duelo que estaba pasando, pero al cabo de los años su madre volvió a casarse y a reconstruir su familia. Cuando esto sucedió, a todos nos pareció como un hecho normal que ese hombre entrara en la vida de nuestro amigo a otorgarle, de nuevo, una figura paterna. A pesar de que mi amigo nunca se dirigió a él como “mi padre” o “papá”, todos dimos por hecho que la situación familiar era idílica y todo funcionaba con normalidad. Pero cuando mis padres se divorciaron y mi padre reconstruyó su familia y con ello aportó una nueva figura de apego maternal, no fue todo acogido de la misma manera.
Su presencia en mi vida fue ignorada durante todo mi periodo escolar, a nadie parecía importarle si mi relación con mi madrastra era buena o mala, nadie la nombraba y no parecía existir. Las pocas veces que se sacó el tema, se centró en si la relación con mi padre se había estropeado o quebrado (la relación con mi madre, al parecer, siempre iba a permanecer intacta) y nadie se preguntó si realmente yo me sentía cómoda y a gusto en la nueva configuración familiar. Más bien al contrario, en mi centro escolar se dio por supuesto que la configuración no era la de una familia reconstituida, sino la de una familia monoparental, a pesar de que mi padre siempre había estar muy implicado en todo lo referente a nuestra escolarización.
A veces hago una retrospectiva en mi experiencia pasada y tengo la sensación de que si alguien se hubiera preocupado en ayudarme a reafirmar mi situación personal, quizás hubiera encontrado un mayor apoyo para superar mi duelo por la ruptura y posiblemente mi aceptación al cambio y a las nuevas dinámicas hubiera sido mucho más positivo para todos. Con esto no quiero decir que sintiera rechazo, pero sí la necesidad de encontrar culpables y víctimas, formas poco útiles de sacar mi frustración y, en definitiva, rabia ante una situación que no terminaba de comprender y que no estaba en mi mano cambiar. Y eso me llevó a no desear hablar de ello con nadie.
Si tenemos en cuenta que durante muchos años el centro escolar es el foco de nuestras relaciones humanas, de nuestra formación como personas y el refuerzo de nuestras experiencias vitales, ¿realmente es adecuado que sigan fomentando el día del padre y el día de la madre?
Cuando se encuentran con un caso de familia homoparental con dos madres, ¿cómo excluyen al menor de participar en la confección del regalo “para papá”? ¿O entramos en la pregunta rancia de quién es el hombre de la relación?
Y cuando forma parte de una familia reconstituida con varios modelos paternales/maternales, ¿A quién debe agasajar? Quizás estamos fomentando un modelo de familia con el reconocimiento de los padres biológicos (y ya nos dejamos fuera a las familias adoptadas) y modelo nuclear clásico por encima del resto y estamos minando la confianza de los niños en que su entorno es completamente normal y no hay nada malo en ello (ni en ellos).
Porque pensamos fugazmente que la pregunta puede derivar a ¿Por qué yo no tengo padre o por qué mis padres no están juntos? Cuando quizás lo más natural para ellos sea pensar ¿Por qué no hay un día de las dos mamás/papás o el día de las madrastras?
Mi moniato mayor vino con un regalo súper especial para mí en el día de la madre. Y sé que mi pareja fue el artífice de todo ello y jamás voy a poder agradecer suficiente todo el reconocimiento y el amor que puso en ese gesto. Para mi chico fue entregarme algo precioso que él había hecho en el cole y estaba muy orgulloso de que me gustara tanto. Esa obra de arte debía decorar mi zona de trabajo.
Pero hubo un detalle que me hizo reír. A pesar de todo, mi regalo era diferente al de su madre. Todos los niños habían hecho en detalle para sus madres, todos iguales, y después él me había hecho otra cosa especial para mí. Hasta en esos pequeños detalles, los adultos se encargan siempre de recordarte que tú nunca vas a ser la madre y que realmente eres otra cosa que todavía no tiene definición. Pero me hizo reír porque el mío tenía MUCHA purpurina. Y eso es algo que a nosotros nos encanta.
