La vida como hijastra

Hoy os quiero escribir desde mi posición de hijastra. Es cierto que compartir nuestras experiencias como madrastras nos abren la mente y nos demuestran que las vivencias son muy distintas pero los sentimientos similares.

Sin embargo, a pesar de que no hay mucho escrito en nuestro idioma sobre las madrastras, el material que hay respecto a las experiencias de los hijastros es todavía más escaso. Dada la ausencia de datos y de testimonios concretos, no puedo sacar conclusiones sobre los procesos que pasan los niños durante la formación de las familias reconstituidas, pero posiblemente sean similares en sus fases y los sentimientos que provocan. Así que voy a ser valiente y compartir mi propia experiencia para que pueda servir de ayuda.

Mi camino comenzó cuando tenía 9 años. Mis padres tomaron la decisión de divorciarse e iniciaron los trámites legales. Mantuvieron una conversación conmigo en la que me explicaron su decisión y algunos de los cambios que iban a producirse en mi vida. La gran mayoría de cambios, emocionales y personales, eran todavía desconocidos por todos.

Cosas que hubiera necesitado de mi madre durante ese tiempo:

Tranquilidad. Mi madre gestionó de la manera que supo todo aquel cambio, no es justo olvidar que la vida también estaba patasarriba para ella y sus sentimientos desubicados. A pesar de ello y a medida que todos nos íbamos acoplando a las nuevas dinámicas, las visitas y las pernoctas en la primera casa de mi padre con su nueva mujer, yo necesitaba de mi madre que se hubiera alegrado por lo que vivía en casa de mi padre. Haberme ayudado a celebrar los pequeños logros, unas sábanas nuevas, una habitación de color de rosa o querer dejar un abrigo en el ropero vacío de mi nueva casa, hubiera supuesto darme el empujón de su aprobación para ayudarme a encontrar mi sitio en el nuevo hogar. Igualmente, preguntarme por los detalles del día a día, qué habíamos comido o a qué habíamos jugado, me podría haber ayudado a asentar buenos recuerdos de las tardes sin cole en casa de mi padre. Mucho más que el interrogatorio por saber si mi padre todavía cocinaba y el reporte analítico de cómo se vivía en su casa.

Los comportamientos de mi padre estaban cambiando. Ahora hacía cosas muy distintas a las que solía hacer cuando compartíamos casa con mi madre y eso me tenía descolocada. Al contarle aquellas situaciones a mi madre necesitaba que ella les diese normalidad y me exigiera que hiciera caso de mi padre y siguiera respetando su autoridad como siempre había hecho. Es complicado respetar la autoridad cuando los adultos no se respetan entre ellos y muy insignificante que te recuerden que te quieren cuando la smuestras de afecto se han visto enormemente reducidas.

Cosas que hubiera necesitado de mi madrastra durante ese tiempo:

Naturalidad. Ella era nueva en toda esta historia familiar y era de la que menos sabía qué podía esperar. No sabía realmente si era cariñosa o no, si le gustaban las pelis de Disney o si iba a tomar colacao cuando desayunara en su casa. Éramos completas desconocidas. Hubiera necesitado que se hubiera interesado por mí en las cosas más insignificantes, una especie de vamos a conocernos de 0. ¿Qué te apetece que compremos para desayunar? ¿Quieres unas zapatillas de Mickey Mouse para andar por casa? ¿Prefieres comer macarrones o arroz al horno cuando llegues del cole? No significa que ella lo hiciera mal o que yo tuviera que gobernar su vida, a lo que me refiero es que con estas sencillas preguntas ella hubiera tomado más partido del que imaginaba en mi adaptación al nuevo entorno, me hubiera ayudado a encontrar la tranquilidad y la seguridad que necesitaba y también hubiera aprendido si en realidad a ella no le gustaba el colacao y prefería beber café. Nadie jamás en mi casa había desayunado café, ¡Menudo cambio!

Ahora con mi perspectiva adulta y mi situación familiar propia comprendo perfectamente que ella hizo lo mejor que supo dentro del margen que mi propio padre le dio, que posiblemente fue poco. El gran error que como hija puedo achacarles, no haber sabido unificar todas las facetas de su vida para que yo no me sintiera excluida de ellas. Sin embargo, y también a raíz de mis vivencias actuales, comprendo que ante una situación de tanta tensión con sus hijas y su ex pareja (mi propia madre), se priorizase por encima de todo su matrimonio a pesar de nosotras. Ellos priorizaron formar una nueva familia.

Cosas que hubiera necesitado de mi padre en aquel momento:

Sinceridad. A veces las cosas son blanco o negro, un sí o un no. No hay más vuelta de hoja. Imaginad lo que supone que una persona jamás te hable claro. Nunca es un sí rotundo ni un no, sino un ya veremos o ya lo iremos hablando. ¿Qué tenemos que hablar? ¿Me puedo ir de vacaciones contigo? Ya veremos. ¿Podemos quedarnos a dormir mañana? Ya veremos. Así toda mi infancia. Poner límites, ser sincero y hablar con claridad es uno de los mayores regalos que se le puede hacer a un niño. Seamos francos. “No hija, no te puedes quedar porque mañana tienes cole y no puedo llevarte cruzándome toda la ciudad porque supone para mí un esfuerzo enorme. Prefiero que nos veamos otro día”. Y ya está. Esa respuesta no me hubiera gustado, pero la hubiera tenido que aceptar porque era cierta. Necesitaba normas. Saber dónde podía dejar mi mochila o hacer mis deberes, cuándo podía poner los dibujos o si podía o no tumbarme en el sofá. Nadie me dijo que la alfombra no se podía pisar con los zapatos de la calle puestos. Y límites, muchos límites. El dolor por la pérdida de mi padre (el verlo todos los días, que cocinara, que me recogiera del cole…) no era motivo suficiente para decir y hacer lo que me viniera en gana. Y yo echaba de menos que mi padre me castigara, como reminiscencia de la vida que fue y ahora estaba cambiando.

Mi mayor error, seguir fantaseando con la idea de mis padres juntos. Creer que juntos seríamos todos de nuevo felices  y eso me daría seguridad y podría volver a sentirme cobijada y mimada como hacía tiempo que no me sentía. Pensar que en el lecho de muerte, si acaso, mi padre se arrepentiría de todo y querría volver a estar con mi madre y veríamos unicornios trotando por los montes. Comprender que mis padres habían evolucionado hasta el punto de tomar caminos separados de la vida me costó verlo y mucho más aceptarlo. Que ya no eran las mismas personas que decidieron estar juntas y que mi madrastra si era una persona de confianza y una buena influencia para mi padre. Mi odio hacia ella, totalmente infundado, fue la consecuencia de no querer o no poder aceptar que las personas cambian y no saber nombrar la necesidad que siempre tuve de que mis padres me hubieran mantenido en una burbuja de protección ante el daño innecesario que ellos mismos se hicieron.

Porque, a pesar de que deseaba el mayor de los males, me encantaba la forma en la que mi madrastra me cepillaba el pelo y las cosquillas que me hacía al recogérmelo. Todos necesitamos sentirnos queridos.

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