Entrevista: «Tras llegar a las manos con mi madrastra, decidimos vivir separadas y la relación mejoró.»

Susana es una hijastra adulta. En esta entrevista nos habla de la difícil relación con su madrastra tras la muerte de su madre y de las decisiones familiares que tomaron en casa para dar a cada uno su espacio. Ahora, como madre, ha descubierto una nueva faceta de su madrastra.

Mi madre falleció cuando yo tenía 9 años y mi hermana 6. Mi padre era un hombre joven y acabamos viviendo todos juntos en casa de mi abuela Hortensia en un pisito con un dormitorio que compartíamos los 4. Mi padre era mecánico y mi abuela tenía una pensión modesta con la que tirar toda la familia.

Mi padre comenzó a salir al año del fallecimiento de mi madre y 6 o 7 años después conocimos a mi madrastra. Al principio se presentó como una persona agradable.Mi padre se sentía muy feliz y por consiguiente, nosotras también. En ese momento yo tenía 17 años y mi hermana 14. Éramos dos adolescentes muy independientes, acostumbradas a hacer lo que nos venía en gana y eso hizo que su entrada en nuestra familia no le resultara nada fácil. Pero no fue el único factor.

Mi padre comenzó a salir al año del fallecimiento de mi madre y 6 o 7 años después conocimos a mi madrastra.

Al principio la relación no era mala porque ella tenía su casa y sus hijos y nosotros la nuestra. Con el tiempo decidieron vivir todos juntos (mi padre, mi madrastra y nosotras dos) y hacer reforma en el piso en el que mi hermana y yo nacimos. Dónde iba él iban sus hijas, dijo desde el principio. Y así apareció el primer punto de tensión. Sacarnos de nuestro barrio y nuestro ambiente para volver a la casa de nuestra primera infancia. Yo por aquel entonces llevaba años trabajando y tenía un dinerito ahorrado que mi abuela metía en mi cartilla. Tanto a mi padre como a mi madrastra pensaron que era buena idea hacer uso de mis ahorros para reformar la casa y eso fue un detalle que me dolió. Con el tiempo averigüé que la idea provenía de ella y no me gustó en absoluto.

Con cada intento de de ejercer un poco de autoridad, lo que obtuvo fue hostilidad.

Los primeros años de convivencia no fueron buenos. Cuando nos mudamos por fin todos a Vallecas ella descubrió lo que era tener a dos adolescentes en todo su esplendor, poco acostumbradas a obedecer y a hacer cualquier cosa que fuera en contra de su voluntad y lo que obtuvo con cada intento de ejercer un poco de autoridad fue hostilidad. En vez de buscar la manera de conectar con nosotras o conocernos en profundidad, ella quiso ganarse su lugar a la fuerza en la familia, pero también con los vecinos, que nos conocían de toda la vida y tenían en alta estima a nuestra madre. Eso fomentó el cisma entre el recuerdo que todos conservábamos de mi madre y la falta de parecido entre ellas.

La tensión iba en aumento y si por un casual un día bebíamos más leche de la que ella consideraba adecuada, rellenaba los bricks con agua. Si decíamos que algo barato nos gustaba para comer, teníamos ese alimento durante semanas. Comimos y cenamos durante una semana rollitos primavera. Todo esto nos llevó a un punto extremo entre nosotras que empeoró porque al llevar horarios distintos, nuestro padre no era consciente de estos conflictos y no se posicionaba.

Por poner otro ejemplo, mi hermana y yo conservábamos muy pocos recuerdos de nuestra madre y mi madrastra los hizo desaparecer. Y la espiral de tensión llegó a su punto álgido cuando ella y yo llegamos a las manos por una tontería.

Ahora lo pienso con retrospectiva y veo los fallos y los errores que todos cometimos. Al principio no sentimos realmente rechazo, era indiferencia, una novia más de mi padre. Se complicó todo con la convivencia, pero no puedes llegar a dos adolescentes y decirles que ahora eres su madre y harán todo lo que tú les digas. No tiene sentido. Llegamos a ponerle motes.

No puedes llegar a dos adolescentes y decirles que ahora eres su madre y que harán todo lo que tú les digas.

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Después de llegar a las manos decidimos vivir por separado.

Después de llegar a las manos tomamos una buena decisión familiar. Nosotras éramos ya dos adultas independientes y mi padre y mi madrastra decidieron trasladarse a vivir a otra residencia, dejándonos a nosotras la casa familiar. Eso hizo evolucionar la relación familiar de forma favorable. Ya nadie tenía control sobre nuestras vidas.

A día de hoy sigue sin ser plato de buen gusto por todo el resquemor que queda de las situaciones vividas en el pasado, pero podemos coexistir de forma razonable todos juntos. No la culpo a ella de todo el mal rollo exclusivamente, mi padre y nosotras también fuimos responsables. Los adolescentes son muy complicados y ella no lo tuvo nada fácil son nosotras. Todas reaccionamos mal cuando sentimos que extraños se entrometían en nuestras vidas.

Los sentimientos que me suscita nada tienen que ver a los de antes. Que ella viva su vida y nosotras la nuestra ayuda bastante. Afortunadamente mi padre ha tenido una buena vida, una buena jubilación y son felices juntos. Eso lo valoramos mucho.

Con el nacimiento de mi sobrina y de mi hija se volvió loca. Se porta mejor con ellas que con sus propios hijos y nietos biológicos. Con ellas está totalmente volcada, se pasa horas jugando con las niñas. Las pequeñas la quieren mogollón y es como si no quedara nada de aquella negatividad con la que nosotras la conocimos. Eso me hace pensar que estamos en un buen término y que la decisión de no meternos en la vida de las demás ha sido una de las mejores decisiones que hemos tomado para aprender a valorarnos como personas.

Con el nacimiento de mi sobrina y de mi hija se volvió loca. Las pequeñas la quieren mogollón.

No meternos en la vida de los demás nos ha permitido aprender a valorarnos como personas.

El cambio lo ha propiciado la madurez, separar nuestros espacios, dejar de convivir con tanta hostilidad y no tener que discutir con nosotras en el momento en el que tomamos las riendas de la casa y de nuestra vida. Nunca dimos problemas, lo cual también cambia la percepción que ella tenía de nosotras a la de mujeres responsables. Eso nos ha llevado al punto actual.

Lo pienso y tengo la certeza de que la convivencia no era soportable porque nadie quería esa convivencia. Ella llegó en pie de guerra porque la idea de tener a dos adolescentes en casa no era lo que deseaba. Mi madrastra quería vivir con su marido y no tener cargas familiares, pero no se ajustaba con la realidad de mi padre. Hasta que no fuimos adultas autosuficientes ese deseo no se pudo cumplir. El problema de haber seguido viviendo todos juntos hubiera sido que mi padre se habría visto obligado a elegir y nadie quería llegar a eso tampoco.

Nos hemos ido de vacaciones todos juntos y se ha llevado bien ese tiempo en familia. Es cierto que seguimos sin tener nada en común, pero el tiempo que decidimos pasar juntas lo llevamos de una forma muy aceptable. Y eso es más que suficiente para todos.

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