Madrastra. Y nada más.

Es bastante habitual que cuando una persona dice abiertamente que es “madrastra” el público general arrugue la nariz (creo que ante padrastro hay menos burla o más sorpresa, será que no están tan de moda noteselaironía).

Le hemos cogido tanta tírria al título que ni las propias madrastras somos capaces de asumir que lo somos. Es así chicas, hay que reconocerlo, nuestra lengua tiene una forma de expresar lo que vivimos y ha quedado bautizada como la madrastridad, ni más ni menos.

Le damos vueltas al tema, evitamos nombrarlo y no sabemos muchas veces como incluirnos dentro de la vida de nuestros hijastros sin rozar la palabra maldita, “madrastra”. ¿No estamos siendo colaboradoras de nuestra propia no-integración cuando no somos capaces ni de nombrarnos?

En una sociedad en la que se necesita etiquetas para casi todo, es abocarse a una situación sin salida fácil. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Muchas veces, hablando con otras mujeres en la misma situación, sale el tema de la onomástica madrastril. Pocas son las que reconocen que dicen abiertamente que son las madrastras de fulanito o menganito y no por vegüenza hacia ellos, sino por el horror que produce la palabra. En algunos casos, cabe destacar, que sí influye a decisión de forma voluntaria por parte de la persona de no querer formar parte de la vida del hijastro. En ese caso, es evidente que la respuesta ante la opción de ser una madrastra va a ser un claro “no”. Pero en los casos en los que no es así, creo que las personas implicadas han inventado más formas de autonombrarse a sí mismas que términos hay para nombrar nuestros propios órganos reproductores.

Haciendo honor a la verdad, creo que tengo que poner mi caso personal por delante. Yo no he tenido la oportunidad de ser proclamada “La madrastra de…”, no me he autoproclamado “madrastra de…” tampoco y he de reconocer que siempre he querido evitar el término en la medida de lo posible. Hasta con mi propia madrastra.

Mi madrastra ha recibido nombres varios: ha sido nombrada por su nombre de pila muchas veces (siempre nos hemos dirigido a ella así), ha sido la mujer de mi padre y ha sido también mi otra mamá. Cuando mi padre nos dejó caer durante una cena familiar que ella era mi madrastra y que quizás debería llamarla así, las dos nos sorprendimos y respondimos al unísono “NO”. Ahora lo pienso en retrospectiva y es algo lícito que nos opusiéramos con tanta firmeza al término porque ambas sabíamos lo que ello representaba, el horror hecho mujer. Pero la realidad es que en este momento de mi vida no tengo forma más honesta y a la vez más afectuosa para llamarla. Y me explico.

Considerándola abiertamente como mi madrastra y no sólo la mujer de mi padre, le estoy dando un valor y un lugar en nuestra vida que sí ha tenido y que tendrá porque es de facto la mujer de mi padre y también la mujer que, cuando ha sido necesario, nos ha puesto el plato en la mesa, la que nos ha peinado y la que ha escuchado mis problemas en el colegio mientras he sido pequeña. Llamándola madrastra delante de otras personas sin tener nada malo que decir de ella estoy dando normalidad al término y estoy siendo realista ante una experiencia que yo misma estoy viviendo en este mismo instante vital. Tengo una madrastra, no tiene verrugas en la cara, no fue mala persona con nosotras, sigue queriendo a mi padre y sigue sintiendo afecto por nosotras, a pesar de las muchas circunstancias vitales. Sólo por eso se merece algo más que ser una simple mujer de.

Usar el término madrastra para hablar afectuosamente de la mía me está dando el espacio para poder ubicarme yo también en mi propio término. De alguna manera siento que estoy “limpiando” todo lo que por mucho tiempo me hicieron creer acerca de  lo que las madrastras son o deben de ser y me está ayudando a ser más crítica con lo que yo misma he vivido de pequeña y lo que quiero para mí misma.

Algunas madrastras tendrán más relación con sus hijastros, otras tendrán menos. Algunas tendrán relaciones poco satisfactorias y otras muy satisfactorias. Pero todas comparten el rasgo común de presencia en la vida de los hijastros y eso es un detalle que nunca se va a poder borrar.

Al inicio de este recorrido de forma escrita por mi vida y pensamientos no quise hacer uso tampoco de la palabra madrastra (ya se sabe, madre virtual). Ahora lo miro con retrospectiva y sigue pareciéndome gracioso. Se inició como una broma familiar entre mi pareja y yo pero a la vez me surge la duda ¿Él también tenía reticencias a nombrarme madrastra malvada del reino?

Aunque sigo sin sentirme 100% cómoda con el término, y posiblemente me cueste tiempo y esfuerzo hacerlo, soy totalmente consciente de cuál es mi papel en toda esta locura de vida que llevamos y no pretendo ser ni hacer nada que mis tres chicos no esperen de mí. Al fin y al cabo, tan sólo les debo algo a ellos.

Por eso han sido ellos los que al final me han puesto nombre, además del propio (con algunas variaciones sonoras, morfológicas, etc. Para darle un toque al asunto). Han decidido que yo, además de mi persona, soy el cariño de todos. Y parece ser que eso es lo que más cuenta ahora mismo. El cariño que nos profesamos.  Y nada más.