Hola Rosa, muchas gracias por cruzar la «línea enemiga» y acceder a compartir algo tan personal con nosotras. Estoy segura de que comprender qué pasa en la «otra casa» nos va a ayudar a ir acabando poco a poco con el dolor que deriva del conflicto entre madres y madrastra.
Antes de empezar con las preguntas personales, me gustaría saber qué te ha empujado a concedernos esta entrevista.
Primero de todo, agradeceros que hayáis dado espacio y valor a mi experiencia para compartirla. Siento que es importante hablar de los sentimientos que derivan de situaciones y decisiones censuradas social y culturalmente, como son la separación y también la formación de una familia con hijos de otra relación. Romper con el ideal de pareja, y de hogar para toda la vida, es un castigo para una mujer porque está incumpliendo su rol existencial de cuidar de su familia, cueste lo que cueste; y ser una mujer que ocupa el espacio de la madre y de la esposa de “esa familia”, como hacéis las madrastras, es tal vez más execrable en nuestra sociedad. Creo que compartir los sentimientos que provocan estas vivencias puede ser transformador para otras mujeres que puedan sentirse interpeladas por experiencias y/o sentimientos parecidos y abre la posibilidad de conocer que hay infinidad de formas de vivir situaciones similares y que todas son válidas y reales.
¿Cómo influyó el hecho de tener una hija en tu decisión de separarte? Lo retrasaste, te animó a hacerlo, qué dudas o miedos tenías al respecto.
Tener una hija me animó a separarme porque yo no me sentía una madre feliz ni libre para ejercer la maternidad que yo deseaba, sé que tener a mi hija me dio la energía y la fuerza para separarme y le estaré siempre agradecida por ser, por estar conmigo aunque no tuviera elección, por soportar lo que tuvo que pasar. Me separé pensando que hacía bien para ella, creía que si yo podía ser una mejor madre, ella tendría una vida mejor y una infancia más feliz.
Separarme abrió un mundo de culpa y de dolor que, aunque en parte esperaba, no supe medir en aquel entonces.
Al mismo tiempo, separarme abrió un mundo de culpa y de dolor que, aunque en parte esperaba, no supe medir en aquel entonces. Revivo un enorme sentimiento de culpa que me ahogaba, culpa por no haber sabido encontrar una forma de mantener unida mi familia. Era una culpa autodestructiva que me obligaba a escindirme a menudo de mi misma para sobrevivir la cotidianidad, a menudo aislarme de mi hija para que no descubriera mi debilidad, para no cargarla con mi culpa, por miedo a no poder acoger su dolor y perderla. Tuve miedo de perderla, tanto miedo que, aunque hace ya tantos años, puedo sentirlo intenso como entonces.
Cuando te separaste, ¿cómo se decidió el régimen de custodia? ¿Cómo era? ¿Estabas de acuerdo con cómo se organizaba?
Suscribimos un convenio en el que acordamos que la niña viviría conmigo y pasaría un fin de semana alterno con su padre. Sobre las vacaciones no estoy muy segura, creo recordar que regía quince días en verano con su padre y una semana en Navidad, y la semana santa la dividíamos. Para mí era genial que viviera conmigo, no imagino poder contemplar otra opción, a pesar de que yo pasaba mucho tiempo fuera de casa por trabajo y sentía que no le ofrecía la vida familiar que ella necesitaba.
Afortunadamente para mí, en aquel entonces, por lo general, no se cuestionaba que las criaturas se quedaran con las madres.
Afortunadamente para mí, en aquel entonces, por lo general, no se cuestionaba que las criaturas se quedaran con las madres. Si algo me enfadaba era que su padre incumplía a menudo los términos del convenio, yo creía que priorizaba sus necesidades a las de la niña y eso me enfurecía. Sé que hoy en día no me enfadaría por eso, al contrario, disfrutaría del tiempo que podía compartir con ella, pero para eso ha hecho falta mi aprendizaje de vida.
¿Qué supuso para ti la separación?
Necesitaba separarme, pero fue una experiencia muy dura. No era consciente de la carga de responsabilidad que, como mujer, llevaba; no sabía nada de roles de género ni de que la capacidad de amar y mantener las relaciones amorosas es la principal fuente de autoestima femenina. No sabía nada a nivel intelectual pero a nivel emocional lo viví, me sentí fracasada, perdida, paralizada; como si fuera un fraude, como si no mereciera que nadie creyera en mí; mucho menos mi hija.
¿Cómo supiste que tu ex había formado una nueva pareja? ¿Cómo te sentiste al saberlo?
Él tuvo otra pareja enseguida, lo supe porque alguien me dijo que la había llevado a comer a casa de sus padres, un día que la niña estaba también con los abuelos paternos.
Me sorprendió y recuerdo que tuve un breve instante de celos que rápidamente se transformó en un descanso, creí que saber que él tenía otra pareja me libraría de mi sentimiento de culpa. Lo que no supe al principio era que ella tenía dos hijos y vivía también con su madre.
¿Cómo te sentías cuando tu hija se iba a casa de su padre y su nueva pareja? ¿Y cuando te hablaba de ella?
Cuándo mi hija empezó a ir a casa de su padre y su nueva pareja, iba y volvía feliz. Estaba muy contenta de tener dos “hermanos”, de tener una familia grande y acogedora. Hablaba mucho y muy bien de los chicos, de su madre y de la abuela, y de su padre. No te imaginas las emociones encontradas que me generaba.
Estuve muy celosa de lo que ella representaba para mi hija y necesitaba desacreditarla para no salir tan dañada de la comparación. La existencia de esa mujer me generó mucha incertidumbre, provocó que fuera muy exigente conmigo, me ponía a prueba constantemente y me sentía en falta.
Había una parte racional que me ayudaba a mantenerme entera, ver a mi hija irse contenta y volver contenta era un descanso, veía que no tenía que preocuparme por ella, por el entorno en el que estaba, por la gente con la que convivía. Pero mi miedo, el miedo del que hablaba al principio, crecía de una forma profunda. Mi niña, a quien yo sentía que no podía dar lo que necesitaba, podía ser que lo recibiera de una extraña.
Tal vez esa extraña tenía la capacidad que yo no había tenido de mantener unida a mi familia.
Sentía que tenía que competir por algo que yo no podía tener, por esa alegría que mi hija mostraba cuándo estaba en esa casa, en ese núcleo familiar. Yo trabajaba muchas horas, mi hija estaba muy sola, no tenía hermanas ni hermanos. Estuve muy celosa de lo que ella representaba para mi hija y necesitaba desacreditarla para no salir tan dañada de la comparación. La existencia de esa mujer me generó mucha incertidumbre, provocó que fuera muy exigente conmigo, me ponía a prueba constantemente y me sentía en falta. Realmente es difícil de explicar, me sentí metida en una yo confundida y ansiosa, muy reclamante de mi hija, necesitada de su aprobación.
¿Cómo fue tu relación con la nueva pareja de tu ex?
Algunas veces hablé con ella, recuerdo que en mi interior me ponía altiva, como para demostrar que mi hija era mía y que ella no podía arrebatarme eso. Y ella era dulce, y hablaba de mi hija con cariño, con ternura, y con respeto hacia ella y hacia mí, y eso me desconcertaba, yo necesitaba enfrentamiento; ella no me lo dio. Recuerdo que su forma de hablarme me mostraba mis miserias, pero aún y así seguía protegiéndome a mí misma de algo que creía que podía ocurrir: que mi hija la prefiriera a ella. Tal vez, en el fondo, necesitaba poder imaginarla como una bruja, y ella no lo era.
¿Tenías alguien con quien compartir esos sentimientos? ¿Te sentías comprendida por tu entorno?
No compartí mis sentimientos porque lo primero que esperaba era que me dijeran que yo me lo había buscado y en consecuencia me culpabilizaran más de lo que yo ya hacía, o que minimizaran o ridiculizaran las emociones que me perturbaban:
¿Cómo vas a estar celosa de alguien a quien no conoces?, ¿cómo va a dejar de quererte tu hija?, ¿de qué puedes tener miedo?, no hubiera podido responder racionalmente, pero las emociones estaban ahí.
Tu también formaste pareja con un padre separado, y me consta que tuvisteis muchos problemas con su ex. ¿Cómo te sentías hacia ella? ¿Te ayudó tu propia experiencia a entender su comportamiento?
La ex de mi nueva pareja rompió totalmente con él y no tuve relación directa. Sí la tuve indirecta, por un lado por las dificultades que le puso a él para la separación y el divorcio, y para la relación con sus hijos, y con las cuestiones económicas; no tenía ni idea de que pudiera llegar a complicarse todo tanto. Por otro lado, de las pocas personas de su familia que mantuvieron relación con él después de la separación, recibí un trato condescendiente, distante, correcto. Tuve que escuchar hablar de ella, de su sufrimiento, de sus hijos, de lo que decía de mí, era como si yo no tuviera significado en mi relación con él, creo que valoraban que el cambio que había hecho no valía la pena. Tal vez esperaban que él sentara la cabeza y volviera con ella y yo pasara a ser un mal paso en su vida. No sé, con los años pudimos alejarnos de esas relaciones.
Mi experiencia me sirvió en parte para entender algunas cosas de la ex, sobretodo el celo con el que retenía a sus hijos a su lado y lejos de cualquier posible influencia de su padre y su nueva pareja.
Pero también sufrí la presión que desconocía de ser “la otra”.
Ser “la otra” es un peso simbólico, no hay palabras para nombrarlo, nadie habla de lo que significa, no sabía cómo pero ese ser “la otra” me configuraba, permitía miradas censoras, menosprecios, el estigma de Eva, la pecadora. Recuerdo que no sabía cómo sacarme eso de encima, como defenderme de una sensación de rechazo, de miradas fugaces, de palabras no dichas, de recelos. Deseaba poder gritar a la gente que yo no era una usurpadora, ni me había juntado por un dinero que no existía, ni había roto una familia que ya lo estaba, ni me aprovechaba de un pobre hombre indefenso. Recuerdo que a menudo pensaba que nadie nos miraba y percibía cuál era el más que yo aportaba a la pareja que formábamos, era como si cualquier cosa que yo fuera, tuviera o hiciera, se diera por supuesta, era un “como mínimo” o un “qué menos”. Todas las personas aportamos a nuestras parejas nuestros más, también nuestros menos, pero tenemos sentido y significado singulares, es doloroso ser solo mirada desde la censura y el no reconocimiento.
De todo esto, hace ya más de 20 años. Creo haber sido fiel a mis sentimientos de entonces, me he colocado en ese período de mi vida para rememorarlo y me he dado cuenta de que, a pesar de que el tiempo y el aprendizaje dan nuevos matices y significados al pasado, las emociones experimentadas pueden resurgir, la viveza del recuerdo emocional me ha sorprendido.
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Di
28 agosto, 2018Gracias Rosa, has sido muy valiente al contarlo, y me reconforta leer tus vivencias como madre y madrastra que soy. Un abrazo!