El cielo está muy alto

¡Hemos sobrevivido a las vacaciones de verano!

Imaginad que sale confeti de las teclas del ordenador por cada palabra que he escrito. Si, sobrevivido. Y no, no estoy exagerando. Pero eso es mejor dejarlo para otro post de reflexión post-vacaciones, que seguramente será largo… Pues eso, se nos han acabado las vacaciones de verano, los días interminables sin rutinas ni horarios y en definitiva, el tirarnos varias semanas disfrutando de los niños a tiempo completo. No todo han sido risas y placeres, también hemos tenido nuestros momentos de riñas y de enfados, pero así a toro pasado creo que es mejor quedarnos con lo bueno, que lo malo no fue para tanto. Los niños van creciendo y madurando. Mi gatito mayor (ahora quieren que les llame gatitos) ya me tiene acostumbrada a sus preguntas y dudas existenciales que por supuesto estuvieron presentes. Pero os pongo en tesitura. Desde el inicio de nuestra relación yo he querido ser franca con los niños y no edulcorar la realidad familiar. Yo también soy hija de padres divorciados y tengo a mi madrastra. Le he hablado de la casa de mi madre y la casa de mi padre, sus anécdotas y las cosas que hacía con cada uno. Eso llevó a la conversación de que yo siempre he tenido dos mamás, mi madre y Silvia.  Y mi pareja que a pesar de no haberse criado en una familia reconstituida también ha tenido una formación familiar peculiar, contando con una doble figura materna, la de su madre y la de su tía. Estando en la compra, mi gatito mayor inició de nuevo la conversación de por qué las personas se mueren y por qué la tía de mi pareja se había ido a las estrellas. Ya tenemos asumido que es un proceso natural y que al final nos pasa a todos de viejitos. Es simplemente un viaje, sin más. Pero después de dar el discurso tranquilizador de siempre, me preguntó que cuándo había sido mamá la tía de mi pareja. A lo que le respondí que fue mamá cuando su padre era pequeño.

El niño lo entendió perfectamente. Tras una pausa de reflexión culminó, “Joo, ¿Y yo por qué no tengo dos mamás?” como si tener dos madres fuese el nuevo hit del verano. “Cariño, pero si yo te quiero como una mamá”. “Ah! ¡Es verdad!”. Y ya continuamos la compra en total harmonía. Estas reflexiones han dejado de pillarme por sorpresa. Se producen desde hace ya algo más de un año y el niño cuestiona el status quo ajeno (porque el nunca ha preguntado ni cuestionado por qué sus padres no están juntos).  Sin embargo lo que sí nos ha dejado un poco sorprendidos ha sido la evolución psicológica del gatito pequeño, de la mano de su mejora en la expresión oral, a la hora de comprender y razonar. Un día mi pareja me comentó que estando con el pequeño lo miró fijamente y bajando la voz para confesarle un secreto de estado le dijo “papi, el cielo está muy alto”. A mi casi me da un infarto de la risa y él pobre casi se caga de miedo pensando que el niño había desarrollado un sexto sentido paranormal. La cuestión es que se está iniciando en las reflexiones espontáneas tal y cómo hace su hermano, pero la diferencia es la temática de dichas reflexiones. El niño mira al infinito y tras sopesar detenidamente te informa por lo bajito “El cielo está muy alto”. “Si cariño, está muy alto. ¿Qué podemos hacer?” le retaba yo. Al cabo de varios días me responde, “Coger una escalera”. Jaque mate, por lista. Un día jugando con ellos alguien le dijo “Ve con tu mamá” y respondió muy cabreado “¡No! ¡Es Aina!”. Yo no me sentí ofendida por la diferenciación y le di las gracias por esa defensa tan vehemente que había hecho de mi nombre. Pero dos días después llegó su reflexión inesperada.

Durante el baño pregunté “¿Quién sale primero?” Y él se vino corriendo. Al cogerle me decía sin parar “Tú eres mi mamá. Tú eres UNA mamá”. Yo le decía que si, peleando por colocarle el albornoz y secarlo rápidamente. Y cuándo ya lo tenía hecho un burrito con la toalla me dijo “Pero tú no eres mamá, tú eres Aina”. Me dejó pensando. ¿Estamos los adultos sobrevalorando el término mamá, dándole un significado oculto que los niños no terminan de comprender? Para nosotros parece que el concepto de mamá significa ser, como mínimo, la virgen María personificada. La que cuida, la que besa, la que protege, la que lo hace todo y lo hace todo bien. Y a la que siempre y únicamente necesitan. Pero ahora resulta que mi gatito pequeño ha hecho un matiz diferenciador. Yo soy su mamá, porque soy UNA mamá. Pero a la vez no soy mamá, porque soy Aina. Es decir, que yo soy la que le hace sentir cómo el espera que le haga sentir una madre pero con nombre propio. ¿Estamos obcecadas con ser la otra mamá? ¿Tanto necesitamos las madrastras un título para darnos y recibir nuestro propio reconocimiento?

Mi gatito pequeño me dio una lección de vida. Yo sólo puedo aspirar a ser la mejor versión de mi misma, con o sin título nobiliario. Como dirían en L’oreal «porque yo lo valgo». Me valora por ser Aina, yo misma. Y no quiere que sea nada más, porque ser otra cosa sería, quizás, darle algo que no le hace tan feliz como ahora. Y en realidad sería ser alguien que simplemente no soy. Y a cambio yo sólo tengo que ser yo, sin títulos extra. Sin presiones. “Cariño, ¿Y qué escalera vamos a usar para llegar al cielo?” “La del garaje que es muy grande”.

Pues hasta el cielo, la luna y los mundetes me voy contigo.

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