Los malestares de madrastras y madres separadas son dos caras de la misma moneda

Hace unas semanas recibí una llamada a mi teléfono particular. La mujer se presentó como doctoranda que estaba haciendo una tesis sobre familias enlazadas y quería que le diera mi perspectiva desde la madrastridad.

“Genial” -pensé para mí- que cada vez seamos más personas estudiando y trabajando sobre este tema. Le dije que por supuesto, que preguntara lo que quisiera saber.  Y su primera pregunta fue ésta:

“¿Qué papel crees que debe tener una madrastra para que su presencia sea lo menos dañina posible para los niños?”

¿CÓMO? ¿“Lo menos dañina posible”? ¿Partimos de la base de que tiene que ser dañina en algún grado?

Después del primer shock no me costó mucho llegar al fondo de la cuestión: ella se había separado, sus hij@s tenían una madrastra, y la tesis que estaba haciendo en realidad era una forma de dar salida al dolor que toda la situación le causaba.

A pesar de esa difícil entrada, tuve una larga conversación con ella donde la teoría quedó de lado y más o menos pudimos hablar de nuestros dolores, cada una desde su lado.

Fue MUY interesante tener ese diálogo con alguien que estaba experimentando algo seguramente parecido a lo que había experimentado la madre de mi hijastro cuando yo entré en su vida. Y desde luego tenía resonancias con experiencias que alguna vez me ha contado mi madre sobre su separación (mis padres se separaron cuando yo tenía 8 años y tuve varias “astras” y “astros” en mi vida).

A mí me duele y a ella también

Recuerdo un momento de la conversación en que me la mujer me dijo algo así como que la madrastra de sus hijos constantemente rebasaba todos los límites, que se había puesto a hacer de “madre” de los niños: cuidados, ropa, ir a buscarles al cole, mil actividades, cumpleaños impresionantes… Que parecía que quería demostrar “no sé qué”. ¿Cómo puede ser que una persona haga esto? ¿Que no respete el lugar de cada uno?

“Pues yo hice algo parecido a lo que está haciendo la madrastra de tus hijos,” le contesté.

Porque a lo mejor esa madrastra y yo teníamos estilos diferentes, pero pude reconocer perfectamente ese esfuerzo descomunal que hacemos tantas de nosotras al principio por construir nuestro lugar en casa, a menudo perdiéndonos nosotras mismas por el camino.  Hiper-dedicación, hiper-atención, hiper-planes, hiper-comidas, hiper-de-todo.

Recordé la angustia tan intensa que había vivido durante esa época (que duró aproximadamente un año y medio), los grandes despliegues de energía cuando venía el niño y después los ataques de llanto nocturno, el insomnio antes de cada visita, perder mi vitalidad, interminables conversaciones con mi pareja sobre la educación del niño, y después, cada muestra de intimidad entre ellos que me dejaba a mí “fuera” me partía en dos como un rayo.

Me llamó la atención ver que ese movimiento que yo hice impulsada por motivos inexplicables (que solo he podido explicarme con tiempo y perspectiva) y que resultó ser tan doloroso, también era doloroso para la madre que lo vivía desde el otro lado.

Y me dio por pensar si los dolores de la madrastridad y los de la maternidad en separación, no serán en realidad dos caras de una misma moneda.

Lo que (nos) hacemos para lograr un lugar en la familia

Como te decía, con el tiempo he podido entender cuales fueron mis motivaciones. Yo había dejado mi ciudad para formar mi familia y llegaba con una gran necesidad de pertenencia, de seguridad, de tener un núcleo donde sentirme arropada y descansar. Creo que esas son necesidades que en general esperamos cubrir en nuestro núcleo familiar.

Pero claro, las posibilidades de satisfacer esas necesidades no son las mismas cuando formas una pareja y cada uno tiene solo ojos para el otro, que cuando formas una familia enlazada en la cual ya hay un vínculo mucho más antiguo y fuerte entre las otras dos partes, mientras que tú eres la recién llegada. Y encima MADRASTRA.

Para compensar la desconfianza que despierta nuestra llegada y al mismo tiempo conseguir la valoración y la pertenencia que nos son tan necesarias, muchas madrastras caemos en la trampa de seguir el viejo guión de los mandatos de género femeninos: cuidar, velar por la harmonía familiar, amar sin reparos (o intentarlo a toda costa), asegurarnos de que todo el mundo tenga lo que necesite sin siquiera pedirlo, llenar todos los huecos, desplegar nuestro supuesto instinto maternal… En resumen: vivir para otros y valorarnos en función de cómo los demás valoran nuestro “servicio”.

¿Cuál es la realidad? 1: Que vivir para otros no es una forma sostenible de vida ya que tarde o temprano llega el resentimiento. 2: Que como madrastras es difícil que consigamos el tipo de valoración y pertenencia que deseamos y por tanto lo más probable es terminar quemadas en tiempo récord.

Más temprano que tarde empieza el sufrimiento

  • Veo que “no soy capaz de aportar lo que hace falta” para crear una familia unida y eso me causa un dolor inmenso (porque no puedo tener ese tipo de familia y porque eso debe significar que soy inadecuada).
  • Me juzgo egoísta por dejar de anteponer el bien de los niños a todo (porque
  • Me siento culpable al apartarme y hacer mi camino, y tengo un miedo atroz de que al priorizar mis necesidades pierda mi lugar en la vida de los niños y por tanto en la familia.
  • Tengo miedo a perder la valoración de las personas que me rodean y también la valoración que me tengo a mí misma.
  • Y sin embargo algo tengo que cambiar, porque estoy desfondada, ya no me reconozco, he perdido la alegría.

 

Si eres madrastra, probablemente esto te suene de algo… ¿No?

Pues bien, poco a poco me voy dando cuenta de que todas estas frases seguramente también las podría suscribir una madre separada.

Te propongo que vuelvas atrás y lo releas imaginándote en esa otra posición.

Las dos caras de un mismo dolor

Madrastras y madres separadas estamos ambas fuera del modelo familiar por excelencia, y no cumplimos los mandatos sobre lo que debe ser una mujer en la familia. La madre separada ha estado cerca de tenerlo (o lo ha tenido durante un tiempo) y lo ha perdido. La madrastra nunca lo ha alcanzado.

Ambas vivimos el conflicto entre cumplir con los mandatos de la feminidad y la familia o sernos fieles a nosotras mismas. Sobre ambas cae la culpa y ambas somos tan “egoístas” como priorizar también nuestras necesidades personales. Ambas fallamos en el intento de ser mujeres “como Dios manda” y por ello perdemos el lugar que socialmente nos garantiza ser valoradas. Ambas vivimos el golpe en nuestra autoestima de no ser “suficientemente buenas”. Ambas tenemos que hacer duelo por un modelo de familia que no vamos a poder tener.

¿Cuántos conflictos entre madrastras y madres separadas son fruto de la lucha por proteger nuestro lugar en la familia? ¿Cuántas riñas son duelos no resueltos? ¿En cuántas hay un componente de inseguridad, de no ser tanto como la otra?

Porque parece que solo hay una buena forma de ser familia. Porque parece que sólo hay una buena forma de ser mujer en la familia. Porque parece que solo hay un lugar de reconocimiento y valoración dentro de ella, y solo puede ocuparlo una o la otra.

Y en realidad, como decíamos, no puede estar ni una ni la otra.

De hecho, hace tiempo que crecen los movimientos de reivindicación de nuevas maternidades (el Club de Malasmadres aquí en España es un claro referente), y eso nos hace pensar que en realidad esa forma “ideal” de ser familia y de ser mujer dentro de ella es simplemente insostenible para la mayoría de nosotras.

Lo que me aportó la mirada de una madre separada

Unas semanas más tarde recibí otro mensaje. Otra mujer contactaba conmigo. Ella había hecho un largo recorrido hasta darse permiso para separarse. Y el encuentro con ella me llenó de alegría.

Su nombre es Rocío López de la Chica y a lo mejor tú ya la conoces por el proyecto que impulsa junto a su compañero, Creada.es.

Después de nuestra primera conversación decidimos abrir un espacio de diálogo, de encuentro, donde hablar tanto de la experiencia de madrastridad como de la de ser madre y separarse y formar un nuevo núcleo.

Desde entonces hemos hablado más veces, preparando el encuentro, y las conversaciones con ella me han ayudado a ver todo esto con nuevos ojos. Como que algo ha hecho “click.”

Madrastras y madres separadas a menudo estamos “en bandos opuestos,” en guerra caliente o fría, y eso imposibilita que la experiencia de cada una pueda nutrir a la otra. Pero al acercarnos, vemos que en realidad estamos en dos extremos de la misma trampa, y juntas podemos comprender mejor el origen de nuestros malestares. Con esta nueva mirada tenemos cada vez más recursos para entender lo que nos pasa, cuestionar modelos ancestrales y construir nuevas maneras de ser mujer y sentirnos valiosas sin dejarnos la piel en el camino.

Rocío López de la Chica Creada

Y a lo mejor, con el tiempo, madres y madrastras podemos llegar a hacernos cómplices.

Para empezar, el día 18 de de febrero, a las 18h (España) nos vamos a encontrar en Zoom para un diálogo abierto sobre madrastridad y maternidad en las familias enlazadas. De un lado, y del otro. Para mí es un espacio privilegiado donde el encuentro es posible. Te esperam.

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