Mi hijastra es una consentida

Es raro el caso de una madrastra que al empezar a convivir con su hijastra o hijastro no se resienta de la falta de responsabilidades que tiene, de que no colabora, de que se le consiente todo, de que no agradece nada o de que no sabe cuidar de sí misma. Cuando una situación se da tan a menudo, tiene que haber un desajuste: o las madrastras tenemos expectativas irrealistas sobre lo que son los niños y niñas, o algo pasa con la crianza de muchos de ellos. Y además ¿Qué hay de los padres? ¿Es que están ciegos ante esos comportamientos? ¿O somos nosotras las que miramos a las niñas y niños con las gafas de la desaprobación? Aquí se mezclan muchas cuestiones.

Desde la perspectiva de los padres está:

  • El amor incondicional que sienten por sus hijas e hijos
  • La culpabilidad que pueden sentir por haberse separado
  • El miedo a que los niños o niñas no quieran estar con ellos si les exigen “demasiado»
  • Y sobretodo la sensación de haberlo hecho lo mejor que han podido y la dificultad para cambiar dinámicas que a veces también son molestas para ellos mismos

Desde la perspectiva de las madrastras está:

  • La enorme carga que supone hacerse cargo de una niña o niño con quien no nos une ningún vínculo de afecto
  • El choque de valores que a menudo se produce
  • El desconocimiento que muchas tenemos de las fases del desarrollo de los niños y niñas y de lo que es lógico esperar de ellos en cada edad
  • El hecho de que nos hemos perdido una buena parte de la historia que ha desembocado en la situación actual

Pero ya que se trata de un problema que tenemos con las niñas y niños, vale la pena detenernos a explorar su perspectiva, y así quizás podemos suplir esa parte de la historia que nos falta. A mí me ha ayudado mucho un libro precioso y muy esclarecedor del terapeuta Jesper Juul titulado Su hijo, una persona competente. A pesar de que muchas veces decimos que las niñas y niños no colaboran y que no asumen responsabilidades, este autor nos ayuda a ver que en realidad todos son desde el primer momento personas completas y competentes, y que si algo están preparados para hacer es cooperar, incluso a altísimos precios para sí mismos.

No cuida de sí misma ni de sus cosas

Todas deseamos criar niños y niñas autónomos, que sean capaces de cuidar de sí mismos. Pero nuestra idea de autonomía a veces está un poco distorsionada: deseamos que los bebés estén tranquilos en todas las situaciones, que duerman toda la noche y que se entretengan solos. El problema es que al principio esto no está en su programación genética, por lo menos en la de la mayoría. Los niños y niñas tienen muchas necesidades, las expresan llorando y siempre quieren brazos, brazos y más brazos.

Pero sobre el año y medio o dos años empiezan a querer hacer las cosas por sí mismos: a ponerse un calcetín, a comer… Para entonces nosotras ya hemos asumido toda la responsabilidad de su cuidado: tenemos compromisos, hay que llegar a la guardería a tiempo y hay que comer rápido. Por eso cuando llega ese esperado día no nos damos cuenta y respondemos a su “yo solita, mami” con un “no hay tiempo para jugar ahora, tenemos que ir a la guarde, deja que mami te ponga los zapatos”. Y así los niños y niñas aprenden a cooperar con nosotras de la manera que nosotros les enseñamos: no ayudando.

 

No come nada y cada día se queja de lo que preparo

Cuando oigo la cantidad de padres y madres que se quejan de que sus hijos no comen nada pienso: “O es que nuestra especie ha decidido autoaniquilarse eliminando el hambre de los niños, o es que algo estamos haciendo mal”. Si bien hoy somos conscientes de que todos los niños y niñas maduran a un ritmo diferente y tienen necesidades diferentes, actuamos como si eso no se aplicara en lo que se refiere a la alimentación. Todos seguimos la misma pauta: a los 6 meses hay que introducir los sólidos mediante papillas. Éstas aseguran que la niña no se atragante y coma los 20g de carne, 30g de cereales y 20g de verduras “que necesita”.

A algunos les va genial, pero otros empiezan a echar la comida fuera, vomitan o giran la cara cuando se acerca la cuchara. Las madres y padres, muy preocupados por la salud de los niños, inventamos mil triquiñuelas con el objetivo final de obligarles a tragar lo que nosotras consideramos que tienen que comer. El efecto de todo esto es un rechazo cada vez mayor a la comida, mediante el cual los niños y niñas una vez más cooperan con nosotros. Nos están diciendo: “Papá, mamá, no necesito más comida, si como más estoy yendo en contra de mi bienestar” y después : “al obligarme a comer no respetas mi integridad, así que voy a hacer lo que más te impresiona, que es no comer, a ver si así te das cuenta de la gravedad de la situación”.

Mucho se ha escrito sobre esto y se ha demostrado que si se deja que los niños y niñas coman lo que quieran (de entre una oferta variada y saludable) desde el principio, la mayoría crece con hábitos sanos de alimentación y disfrutando de la comida (y lo más importante: guiados por su propia sensación de hambre y de necesidad de uno u otro alimento, el primer paso en el desarrollo de la responsabilidad sobre sí mismos). Si tu hijastra es pequeña, te pueden interesar libros como Mi niño no me come de Carlos González, o El niño ya come solo de Gill Rapley y Tracey Murkett. Si no, indaga sobre su pasado y seguro que eso te ayudará a entender mejor su comportamiento actual.

No ayuda en casa

Con la ayuda en casa pasa algo parecido a lo que ocurre con el cuidado personal. Pero además se suman otros factores. Las personas, en general, desarrollamos la responsabilidad hacia otros cuando nos sentimos respetados y tenemos una autoestima sana. Si hemos vivido muchos años en una familia donde, con todo el amor del mundo, se nos ha impuesto la comida, el vestir, la hora de dormir, donde se nos ha privado de explorar para que no nos hiciéramos daño, y se nos ha castigado y criticado por no adaptarnosno ayuda a esas “normas” impuestas desde fuera, es fácil que nuestra responsabilidad hacia los demás no haya tenido ocasión de nacer, puesto que tampoco hemos tenido la oportunidad de desarrollar la responsabilidad sobre nosotros mismos, ni nuestra sensación de valía.

Al llegar a la pubertad esta falta de interés en ayudar en casa se acentúa o a veces se manifiesta por primera vez. A los 12 o 13 años queremos empezar a explorar nuestros propios límites y las tareas casi siempre se nos presentan como normas impuestas desde fuera. Y es peor aún si los padres nos las asignan con el argumento de que es necesario para nuestra educación que aprendamos a colaborar, ya que una vez más, están tratando de decidir ellos lo que nosotros necesitamos.

Habla de manera irrespetuosano hace caso

Llegados a este punto, preguntémonos: ¿Esta niña o niño ha sido tratada respetuosamente por los adultos que la quieren? ¿Le han demostrado su amor de una forma que la hiciera sentir querida y valiosa? ¿Se han respetado su dignidad, sus deseos y sus límites? ¿Le han pedido siempre las cosas por favor y le han dado las gracias, o más bien se le han dado normas (“en esta casa no decimos palabrotas”) y órdenes (“hoy tienes que ordenar tu habitación”)?

 

Lo que pretendo con este artículo es poner de manifiesto que el comportamiento de los niños casi siempre tiene su origen en la relación que han tenido con sus adultos de referencia. No es cuestión de flagelarnos ni de crucificar a nuestro compañero, sino de mirar nuestra propia cultura, la forma en que hemos sido criados y las pautas que reproducimos desde una nueva perspectiva, aprovechando todo lo que hoy sabemos sobre el desarrollo de las emociones, las relaciones sociales y la autoestima. De este modo podremos entender mejor el comportamiento de los niños. Así conseguiremos:

  • Atenuar el resentimiento y la frustración que nos producen esos comportamientos
  • Dejar de ver a nuestro hijastro o hijastra como un problema y percibir su comportamiento como la prolongación de la relación que ha tenido con sus adultos de referencia (de la cual ellos han sido más responsables que ella)
  • Orientación para indagar en el pasado de la niña o el niño e identificar los orígenes del conflicto
  • Y lo más importante: claves para establecer una relación más satisfactoria con nuestra hijastra o hijastro

 

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