«El conflicto de lealtad me arrastró a una espiral muy autodestructiva, porque necesitaba a mi padre pero a la vez lo odiaba»

Aún en el proceso de recuperarse de un grave conflicto de lealtad tras la separación de sus padres, Aina nos cuenta en esta entrevista cómo lo vivió y lo que la está ayudando a salir de un bucle de malestar que arrastra a familias enteras.

¿Cuántos años tenías cuando se separaron tus padres?

8 años cuando empezaron con la separación. 9 cuando de facto se divorciaron.

¿Cómo viviste el proceso de separación?

Fue muy complicado. Mis padres venían de un duelo familiar muy duro y prolongado. Ellos cuentan que se fueron distanciando, pero no fue una decisión consensuada entre los dos. Lo recuerdo como muy caótico. Conversaciones nocturnas, mi padre durmiendo en el sofá, idas y venidas extrañas sin demasiadas explicaciones. Y de pronto mi madre me dijo un día en la cocina que se iban a separar. Yo en ese momento simplemente dije “vale” porque intuía que algo no iba bien en casa. Luego se sentaron ambos a explicarme la situación y ahí fue cuando mi padre se marchó ya de forma definitiva.

¿Cómo quedó repartida la custodia?

Al principio se basaba en acuerdos verbales entre ellos. Mi padre tenía horarios muy distintos por las guardias y no se podía marcar una custodia fija. Recuerdo pernoctar con ellos (mi padre y mi madrastra) y pasar parte de las vacaciones también. Siempre un poco al salto de la mata, según cuadrase con el horario. Con el tiempo y las disputas con mi madre, al final la custodia se la quedó ella y teníamos una única visita intersemanal con mi padre, desde la salida del colegio hasta las 23h, los martes.

Teníamos una única visita intersemanal con mi padre, desde la salida del colegio hasta las 23h, los martes.

¿Qué os contaron a ti y a tu hermana sobre la separación? ¿Quiénes fueron las encargadas o encargados de explicaros qué pasaba?

A mi hermana nadie le explicó nada. Consideraron que era muy pequeña para entender. Tenía 4 años.

A mi hermana nadie le explicó nada. Mi padre le dio un beso y se marchó. Consideraron que era muy pequeña para entender. Tenía 4 años. A mí me sentaron una tarde-noche y me dijeron que se separaban, que mi padre iba a vivir con otra persona y cuál era mi opinión. Yo estaba en shock. El resto de explicaciones vinieron desde el núcleo de mi madre y no fueron nada amigables con la situación.

¿Qué sentimientos, sensaciones y pensamientos tenías con respecto a tu madre y con respecto a tu padre?

A mi madre en ese periodo la tengo desdibujada, borrosa. No la recuerdo. A mi padre lo recuerdo como un extraño. De hecho, recuerdo la primera vez que lo vi durmiendo en el sofá de casa de mi madre y me asusté porque no lo asocié con mi padre. Y esa sensación me ha acompañado al menos durante el primer año de separación, al verlo en su nueva casa con su mujer.

¿Qué te gustaría que tus padres hubieran hecho de otra manera?

Todo lo que pasó a posteriori. Que evitasen las confrontaciones en la puerta de mi casa en los intercambios. Que mi familia, por ambas partes, evitase los comentarios tóxicos o con segundas. Que focalizasen la atención en nosotras y no tanto en su malestar y en el conflicto. Que le hubiese dado más espacio mi padre a mi madrastra para que pudiera tener más influencia en nuestra vida. Que mi padre hubiese sido más claro a la hora de hablar: muchas veces le preguntaba si nos podíamos ver o si iba a venir a un festival del cole y la respuesta era “ya veremos”. Me hubiera gustado mucha más sinceridad. Si se puede hacer, un sí claro. Si no se podía, pues un no. Dejar de lado el “ya veremos” cuando sabía que iba a ser que no. Incluso hablar más claro de la sentencia y de las limitaciones que tenía o de las posibilidades mías para elegir de qué forma pasar el tiempo con mis padres. Porque siempre parecía que nunca nadie tenía el control de nada, ni nosotras ni mis propios padres.

Muchas veces le preguntaba si nos podíamos ver o si iba a venir a un festival del cole y la respuesta era “ya veremos.”

¿Cambió algo cuando apareció tu madrastra?

La presencia de mi madrastra nos daba calma, pese a que no sabíamos cómo introducirla.

Con el paso de los años ella fue tomando protagonismo y pese a que en mi infancia pasamos poco tiempo juntas, soy consciente de que fue un referente femenino para nosotras. Su presencia nos daba calma, pese a que no sabíamos cómo introducirla y mi padre no ayudaba demasiado. A medida que crecíamos teníamos más cosas en común con ella que con mi padre y ahora en mi vida adulta la considero un pilar de apoyo.

¿Con la perspectiva de los años, cómo crees que te ha afectado tu conflicto de lealtad?

El conflicto de lealtad fue devastador, nos hacía sentir que todo lo que decíamos, hacíamos o pensábamos estaba mal a ojos de la familia de mi madre. De pronto sintieron que se debía de hacer justicia y sintieron la necesidad de contar “la verdad” de la separación de mis padres, con todo lujo de detalles y de apreciaciones. Había muchos insultos de por medio.

Si mi padre no llamaba por teléfono la conversación era: Tu padre pasa de vosotras, se lo debéis decir, debéis echarle en cara que nunca llama, nunca viene a veros, nunca, nunca… Y así salíamos encabronadas a la visita semanal con él para echarle en cara entre gritos y llantos todo ese malestar que se había estado cultivando con mi madre. Eso se extendió a toda la familia de mi padre y la relación cada año que pasaba estaba más degradada hasta que terminó por ser inexistente. A mí esto me arrastró a una espiral muy autodestructiva, porque necesitaba a mi padre pero a la vez lo odiaba. Llegaba a decir que mi padre estaba muerto porque pensaba realmente que solo me daría paz el día en que muriese. Ahora lo veo todo de forma muy distinta. Era una niña gritando ayuda por los cuatro costados, pero nadie lo supo ver.

Yo era una niña gritando ayuda por los cuatro costados, pero nadie lo supo ver.

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¿Qué te ha ayudado a aliviar ese malestar?

Mi madrastridad me permitió enfrentar a mis padres, enfrentar mi dolor y gracias a eso pude ayudar a mis hijastros con sus propios conflictos.

Mis hijastros y mi propia madrastridad. Es irónico, ¿verdad? Duele pensar que he tenido todo ese malestar enquistado hasta mi vida adulta. He ido dando pasos hacia la mejoría, nuevos contactos con mi padre. Pero no fue hasta que no me convertí en madrastra y me vi reflejada en mis hijastros que no pude sacar a pasear todos mis fantasmas. Enfrenté a mis padres, enfrené mi dolor y gracias a eso pude ayudar a mis hijastros con sus propios conflictos y bueno… aquí estamos en Ser Madrastra.

Mi hermana todavía arrastra secuelas emocionales. Además de ser un tema tabú en casa. Ahora que mi propia vivencia como madrastra ha puesto de manifiesto lo que son los conflictos de lealtad, nos ha obligado (a todos) a revisitar un pasado que no nos habíamos atrevido a airear como familia. Que mis padres condenen acciones de los padres de mis hijastros ha implicado abrir la caja de pandora de situaciones que hemos vivido de niñas y les ha obligado a sentarse a escuchar, reconocer errores, pedirnos perdón entre todos. Nos ha hecho sanar muchas heridas. Otras están en proceso.

¿Qué les dirías a las familias con niñ@s o adolescentes que están atravesando por conflictos de lealtad?

Creo que conocerse es fundamental para gestionar los conflictos de lealtad de los hijos. No somos conscientes de hasta qué punto se reflejan en nosotros, somos sus modelos para saber cómo actuar mientras se desarrollan y se preparan para la vida adulta. Ser capaces de mirarnos bien por dentro nos ayuda a reubicar todos los sentimientos que necesitamos gestionar de forma individual para poder ayudar a los que tenemos a nuestro alrededor. Yo no creo que ninguno de mis familiares nos crease nuestros conflictos queriendo ni de forma consciente, ahora veo que ellos estaban sufriendo y estaban sacando fuera del pecho todos esos sentimientos. Pero claro, nosotras no éramos las receptoras idóneas de ese dolor, porque absorbimos mucho más de lo que estábamos preparadas para gestionar.

Yo no creo que ninguno de mis familiares nos crease nuestros conflictos queriendo ni de forma consciente, ahora veo que ellos estaban sufriendo.

Una vez nos vemos, nos conocemos y nos escuchamos, escuchar a los demás es mucho más sencillo. A veces escondemos con palabras nuestros verdaderos sentimientos, pero nuestros actos los desvelan. Y eso pasa mucho con los niños, que encima no suelen saber verbalizar qué les pasa. Hay que parar, abrir bien los ojos, escuchar e intentar contextualizar qué nos están queriendo decir nuestros pequeños. Y en los adolescentes mucho más, porque hay que diferenciar lo que es un conflicto generacional, normal en la etapa de la pubertad, de un conflicto de lealtad.

Hay que ser sinceros. Los niños no son idiotas.

Hay que ser sinceros, los niños no son idiotas. Hay que explicar las cosas con rigor, con claridad. El lenguaje ajustado a su edad. Pero las cosas claras y el chocolate espeso. No pasa nada por decir que los papás ya no se quieren y van a separarse y todo eso. Pero hay que dar un paso más. Ahora la vida va a ser distinta, intentaremos entre todos que sea mejor. Vamos a hacer esto y esto. Hablar de los pasos, hablar de los cambios, hablar de todo.

Mostrarles que los adultos nos cuidamos y estamos bien, para que ellos se sientan libres de pasarlo bien en la otra casa y querer a quienes viven allí. Y si una de las partes no quiere o no puede afrontarlo así, nosotros no debemos dejar de intentarlo. Hablar.

Cuando nos enfrentamos a una situación desconocida, lo que nos da confianza es buscar gente que sepa un poco sobre dicha situación y que nos acompañen para atravesarla. La infancia necesita exactamente lo mismo, esa seguridad. Debemos aprender a acompañar de la misma forma que nosotros necesitamos y queremos ser acompañados. No perdamos nunca el respeto y mucho menos el respeto al dolor ajeno. Puede que nos encontremos en mejor posición para ayudar a los niños porque nuestro duelo ya esté elaborado y el de la otra persona no. Y es posible que eso le esté dificultando mucho el camino y la toma de decisiones. No le menospreciemos. Es positivo asumir que somos diferentes y que todos nos equivocamos, pero que siempre intentamos hacer lo que creemos que es mejor, pese a cometer errores. Tenemos que aprender a pedir. Pedir perdón y pedir ayuda.

Revivir estas situaciones siempre es doloroso, pero con el paso del tiempo, la ayuda terapeutica y la eliminación del tabú que supone para mi familia hace que sea más fácil poder hablar de esto. Ahora estamos en un punto totalmente diferente. Todos estamos haciendo nuestro viaje para conseguir sanar las relaciones y en realidad es esperanzador ver a mis padres asumir su parte de responsabilidad y buscar la forma de reparar las malas decisiones que llevaron a generar nuestros conflictos de lealtad.

Al principio sacar el tema en familia era muy complejo y terminaba en conversaciones tensas y que acababan de forma abruta. Ahora lo habitual es escuchar a mi madre decir que lamenta haber caído en ciertos comportamientos y que la falta de referentes sanos jugaron en su contra. Ayer hablamos del tema, explicándole el enfoque que vamos a darle en el taller:

«Mamá, quiero que sepas que no te culpo. No es mi intención hacerte quedar como la mala, pero necesito contar con claridad las experiencias de aquellos años. Cómo empezó todo, nuestra relación degradada y cómo estamos consiguiendo salir y tener una relación afectuosa de verdad».

«No te preocupes hija, no me siento mal. Aquello pasó y me equivoqué mucho, pero me hace feliz saber que vas a usar nuestra experiencia para ayudar a otras personas».

Que ella sea capaz de verbalizar de esta forma algo que nos ha hecho sufrir tanto me llena de orgullo y de esperanza. Se puede salir, sólo hay que buscar la forma más adecuada para cada caso. Y en el nuestro ha sido gracias a la terapia y a la madrastridad.

Si crees que en casa estáis sufriendo los conflictos de lealtad de tus hijastr@s o quieres aprender a identificarlos y prevenirlos, te presentamos un taller para trabajar en profundidad sobre este fenómeno tan común en las familias enlazadas. Cuatro especialistas en diferentes campos nos ayudarán a abordar todas las caras de un conflicto que afecta a la gran mayoría de las familias enlazadas.

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