Las 7 fases que pasamos las madrastras

La mayoría de las madrastras hacemos un largo camino hasta encontrar un lugar en casa. O mejor dicho, hasta construirlo.

Cuando llegamos a la familia estamos en pleno idilio de pareja y nos mueve la ilusión de poder crear un núcleo bonito, incluyendo también a nuestr@s hijastr@s. En medio de esta nebulosa de amor y expectativas que nos pone la energía por las nubes, empezamos dispuestas a “darlo todo”.

1. Complaciente

Queremos demostrar que somos “buenas” (al contrario de lo que dicta el estereotipo) y para lograrlo hacemos todo “lo que debe hacer una buena mujer”. Nos adaptamos a l@s niñ@s y a nuestras parejas, nos volcamos en la familia dejando de lado las propias relaciones y aficiones, nos callamos lo que no nos gusta para evitar conflictos y desplegamos todo lo maternal que encontramos en nosotras mismas.

2. Esforzada

Todo este despliegue de atención y complacencia pronto lo acompañamos con una rápida asunción de mil responsabilidades relacionadas con la crianza. Comidas, ropas, juego, deberes, idas y venidas del cole y extraescolares, orden e higiene personal de l@s peques…

En este punto la energía ya no está tanto por las nubes y somos más conscientes del esfuerzo que supone todo esto, pero todavía tenemos la expectativa (más o menos consciente) de que todo esto nos ayudará a ser aceptadas, sentirnos parte de la familia y lograr que el proyecto “cuaje”.

Nos esforzamos para ser queridas y para querer a nuestr@s hijastr@s.

3. Irascible

Cuando llevas unos meses con el programa “súper madrastra” pero sigues sintiéndote como una extraña en casa, fuera del núcleo que forman tu pareja y sus hij@s y la relación con ell@s no termina de ser gratificante… La situación empieza a ser difícil de sostener y las emociones se disparan.

Aparecen las explosiones emocionales, la rabia, tienes ataques de llanto…

Lo cierto es que nadie puede sostener durante mucho tiempo la renuncia a una misma y la entrega a otras personas, especialmente cuando la relación no nos aporta grandes gratificaciones. Nadie soporta estar durante meses “bajo examen” y sintiéndose de alguna forma excluida en su propia casa.

4. Quemada

En algún momento de das cuenta de que estás quemada. No te queda nada más que dar y el mínimo contratiempo te pone los pelos de punta.

Empiezas a sentir la angustia antes de que lleguen l@s niñ@s y sigue cuando ya se han ido. Tu vida es una montaña rusa al borde del colapso. Te cuesta admitírtelo a ti misma, pero es que ¡ya no les soportas más! El ruido, el desorden, la falta de colaboración, la forma en que te hablan a ti o a su padre, el que haya que hacer siempre lo que quieren. Simplemente ¡no puedes más!

Y las largas e infructíferas discusiones con tu pareja no mejoran las cosas… De repente parece que estáis en bandos opuestos. Tú no paras de reivindicarte y tu pareja se pone cada vez más a la defensiva.

Te sientes sola y loca. Ya ni te reconoces. ¿Será verdad, al final, que soy una madrastra malvada?

Y cuando quieres echar mano de tus amigas, te das cuenta de que ya hace tiempo que las ves mucho menos, que las has ido dejando, junto con todas aquellas actividades que te hacían sentir bien.  

En este punto solo quieres alejarte de todo y reencontrar a la persona que eras. Pero tienes mucho miedo de que eso suponga una ruptura definitiva con tu pareja o con tus hij@s. De perder “todo lo que habías construido”.

Este tira y afloja puede durar mucho tiempo y mantenerte en la refriega, tanto con los demás como contigo misma. Pero por suerte, de alguna forma (a veces con la ayuda de tu terapeuta o de una buena amiga) consigues por fin soltar y pasar a una nueva fase.

5. Distante

Por fin has tirado la toalla. No has conseguido enamorarte de tus hiajstr@s, no has superado la sensación de estar “fuera” cuando llegan ell@s, no tienes la familia feliz que creías, no has conseguido entenderte con tu pareja tanto como te habría gustado y lo peor: has descubierto que en ti hay mucho de mala madrastra.

Has FRACASADO.

Esta fase es fundamental, porque todas tus expectativas se van definitivamente al garete, y aunque te sientes asqueada contigo misma y con el mundo, este es el paso necesario para que se puedan crear nuevas expectativas más realistas y te empieces a librear de todos los “debes” y “debieras” que te habías (y te habían) impuesto.

Pero no nos adelantemos.

Ahora mismo estás que no quieres saber nada del mundo. Y mucho menos de l@s niñ@s. En el fondo, estás de duelo, por la imagen que tenías de ti misma, por tu idea de familia, por los sentimientos que creías que podrías experimentar junto con tu pareja y sus hij@s… Y por mil cosas que no tienen ni nombre.

En este momento las madrastras tendemos a recluirnos en nuestras habitaciones, evitar estar con toda la familia y preferimos no quedarnos con l@s hijastr@s a solas. Podemos estar incluso medio-ausentes. Resentidas.

Lo más importante en este punto es que nos demos permiso para estar como nuestro cuerpo nos pide. A pesar de la incertidumbre que eso nos pueda generar, a pesar del sentimiento de culpa. Cuando todo tu ser te pide un time out, lo mejor que puedes hacer por ti misma (y por toda la familia) es dártelo.

6. A tu aire

A medida que atravesamos las sensaciones desagradables de tristeza, incertidumbre, culpa… a medida que avanzamos en esa especie de duelo que empezamos en la fase anterior, va naciendo un espacio para otras cosas.

El hecho de haber dejado muchas responsabilidades familiares también tiene mucho que ver.

Poco a poco vamos reencontrando actividades que nos resultan placenteras y que habíamos dejado de lado. Volvemos a salir con las amigas. Reconectamos con nuestras familias de origen si la relación era buena. Reconstruimos (o empezamos a construir de nuevo) nuestra red de apoyo, afecto y ocio fuera de la familia.

Esas necesidades de facilidad, afecto, realización y familiaridad que durante tanto tiempo hemos tenido e intentado satisfacer dentro de la familia, poco a poco vemos que también las podemos satisfacer fuera.

Nos vamos empoderando con todas esas personas y actividades que nos llenan. Con el control de nuestro tiempo y nuestros espacios. Recuperamos una sensación de libertad.

Las emociones se calman y no es que olvides todas las dificultades y desaparezcan los sentimientos desagradables, pero todo es más relativo. Más llevadero. Vemos que es posible disfrutar la vida siendo madrastras, incluso cuando las cosas en casa están lejos de ser perfectas.

En este momento también reorganizamos nuestras prioridades y recordamos que si nos metimos en este lío no era para criar a nuestr@s hijastr@s sino para disfrutar de nuestra relación de pareja. Y teniendo esto en mente, vamos cambiando nuestro foco de atención.

Y lo más importante: nos decimos que quizás, a pesar de lo imperfectas que somos, podemos querernos y ser queridas. Que no tenemos que hacer las cosas de una determinada manera, ni alcanzar no se qué estándares, sino que somos valiosas por el simple hecho de ser nosotras mismas.

7. Tú misma

Hemos hecho un viaje interior para el que sin duda no estábamos preparadas. Hemos conocido los rincones más oscuros de nosotras mismas y los hemos abrazado. Hemos fracasado en el examen de “buenas madrastras” y a pesar de todo, nos hemos sentido valiosas.

Hemos vivido en nuestra piel lo que supone perderse. Y poco a poco nos vamos reencontrando…

Después de este proceso personal, podemos volver a abrirnos a la familia. Pero esta vez lo vamos a hacer a nuestro ritmo. No nos vamos a dejar esclavizar por expectativas, ideales o exigencias de las personas que nos rodean. Esta vez  iremos poco a poco, respetando nuestras necesidades personales y estableciendo nuestros propios límites. Siendo nosotras mismas.

¿Y sabes lo más curioso? Que sólo en este punto podemos empezar a crear un vínculo real con nuestr@s hijastr@s.

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Estas fases no son estancas. A veces vamos adelante y atrás, a veces damos un salto, a veces nos quedamos estancadas o estamos a caballo entre una y otra. Completar todo el trayecto suele llevar años y al final no es que todo sea paz y harmonía, pero los altibajos que vienen los vives desde una posición que ya has hecho tuya. ¿Puedes volver a perderte? Sí, por supuesto. Pero cada vez te resulta más fácil volver a centrarte.

Plantear estas 7 fases puede ser muy atrevido, ya que cada persona y cada familia es un mundo. Sin embargo, son momentos que he identificado en mi propio trayecto como madrastra y en el proceso de muchas madrastras a las que he acompañado a lo largo de los años.

Si he querido plasmarlo aquí es para que las madrastras que están en las fases más difíciles dejen de pensar que se están volviendo locas. Que sepan que toda esta locura no es una tara personal, sino que viene con la madrastridad. A lo mejor esto les da el aliento que necesitan para seguir adelante y sentirse un poco más cerca de sí mismas.

Y si necesitan un poco de ayuda para lograr que sus parejas entiendan lo que está pasando, aquí dejamos donde explicamos la metamorfosis de las madrastras a nuestras parejas.

En mi experiencia, lo que más me ha ayudado siempre es saber que otras personas han pasado y están pasando por lo mismo, y poder compartir mis dificultades y mis logros con ellas.

Porque la madrastridad es un viaje que solo conoce quien lo ha vivido.

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