No soporto a l@s hij@s de mi pareja

Si estás leyendo esto probablemente lo hagas a escondidas de tu pareja y del mundo.

No es algo fácil de compartir.

Por eso queremos decirte antes de nada que lo que vives no es una posesión infernal. No eres una bruja, ni estás loca, ni eres un ser egoísta e infantil. El rechazo hacia los hijastros es una experiencia que vivimos con mayor o menor muchas madrastras en el mundo.

Lo que pasa es que lo vivimos en silencio.

Y eso lo hace todavía peor.

Hoy en día sabemos que cuando una madre rechaza a sus propios hijos recién nacidos es debido a una depresión post-parto y que necesita más acompañamiento y comprensión que nunca.

El rechazo a los hiajstros no es exactamente lo mismo, pero tiene muchos ingredientes en común: es una experienciad durísima y muy desagradable, que afecta profundamente a nuestra autoestima, pone en riesgo las relaciones que nos importan y puede presentarse con tanta intensidad que contamine buena parte de nuestra experiencia cotidiana. Parece que no podemos centrarnos en otra cosa.

Cuando estamos atrapadas en estos sentimientos tan difíciles, la soledad, la vergüenza y el juicio solo empeoran las cosas. Nos dejan más enredadas en el malestar. Cuando una madrastra siente rechazo hacia sus hijastros necesita más apoyo, compasión y acompañamiento que nunca. Necesita escucha en vez de juicio. Necesita sentir la confianza de quienes la rodean.

Por eso hemos decidido hablar de ello sin tapujos y compartir lo que he hemos descubierto sobre esta faceta tan temida y silenciada de la madrastridad, hablando como siempre desde la propia experiencia y la de cientos de madrastras que se han acercado a nosotras.

Es difícil aceptar a un hijastro

Y si alguien te ha dicho que “ya sabías lo que había” es que nunca ha sido madrastra, porque nadie se puede imaginar lo que será vivir con los hijos de su pareja hasta que efectivamente lo está viviendo.

El comportamiento de los niños, como el de los adultos, a veces dista mucho de ser fácil de llevar. La diferencia, es que mientras que los adultos se valen por sí mismos, los niños están a nuestro cargo, y requieren grandes cantidades de tiempo, energía y recursos.

Los lazos biológicos y todo su complejo hormonal nos ayudan a querer a nuestros hijos y tener una predisposición a amarles y cuidarlos HAGAN LO QUE HAGAN. La naturaleza es muy sabia y no quiere que lancemos a nuestros bebés al río.

Las madrastras, por desgracia, con contamos con la carta de la oxitocina, la hormona del amor. Por lo menos no de forma automática con nuestros hijastros. Tampoco tenemos una historia de vida con ellos.

Solamente nos hemos enamorado de su padre o de su madre.

Y a lo mejor ni siquiera teníamos previsto tener a una niña o un niño en nuestras vidas.

¿Por qué es tan difícil?

Muchas madrastras nos dicen que no entienden por qué con sus sobrinos la relación es tan fácil y sin embargo con sus hijastros no pueden. Que se dan cuenta de que sus “sobris” no son perfectos pero que no les cuesta trabajo quererles y tampoco se pasan el día pensando en cómo cambiar su comportamiento (tal como hacen con los hiajstros).

Y yo me digo: si les pasa a tantas mujeres, no debe de tener que ver tanto con cómo es la persona sino  con el tipo de relación que se establece con unos u otros.

Y lo cierto es que la relación entre madrastras e hijastros tiene una serie de “condicionantes” que son únicos:

  • Los lazos, como decíamos, son políticos y no biológicos. Y eso a menudo marca una gran diferencia.
  • No podemos modular la exposición: nuestros hijastros están en nuestras vidas a diario, nos apetezca o no, condicionando muchísimo nuestra experiencia cotidiana. De repente, nuestra libertad se ve mucho más limitada de lo que podríamos esperar. Es una gran pérdida.
  • Con tus hijastros parece que siempre estás bajo examen. Se activa toda una serie de mandatos sociales interiorizados que son muy agresivos con las madrastras: de un día para otro debes priorizar su bienestar por encima del tuyo, responsabilizarte de ellos y sólo serás considerada “buena” si les amas como si fueran sangre de tu sangre… eso sí: no puedes esperar que ellos te quieran, no puedes expresar tus necesidades ni tus límites, debes “adaptarte” y no puedes esperar ningún tipo de reconocimiento social por tu labor. En definitiva: nunca sabes exactamente cuál es tu lugar, lo que puedes hacer o decir y lo que no. Lo único que ves seguro es que no estás a la altura…
  • Todas estas exigencias a menudo nos llevan a dejar de lado muchas otras facetas de nuestras vidas. Las historias de madrastras que aparcan sus hobbies, sus amistades y renuncian a sus espacios personales son infinitas. Muchas dejan incluso sus casas y sus ciudades. Es una decisión personal, nadie nos obliga, pero sí hay muchas presiones invisibles que nos empujan sin que sepamos identificarlas: ser una «buena» madrastra es priorizar a tus hijastros, entregarte y poner en práctica todos tus recursos para «hacer que la familia funcione».
  • De la relación con tus hiajstr@s depende tu relación de pareja. Si no es viable, si a tu pareja no le gusta cómo ejerces de madrastra y si tú no logras tolerar la convivencia con sus hijos, tu relación de pareja se irá a pique. Menuda presión, ¿no?

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  • Tus hijastr@s pueden no estar disponibles para la relación contigo o incluso hostiles a causa del duelo por la separación de sus padres o madres, de la lucha abierta entre ell@s o de un conflicto de lealtad. Es posible que incluso estén hostiles con tu pareja. Ah, y el estigma de la madrastridad también entra en juego: recuerda que toda nuestra cultura tiende a poner a l@s niñ@s a la defensiva contigo.
  • Debes participar de una crianza con la que no estás de acuerdo. No tomas las decisiones de crianza pero vives directamente sus consecuencias. No solamente las consecuencias de las decisiones actuales (en las cuales, con suerte, puedes incidir un poco más), sino de las que se tomaron antes de tu llegada.
  • Se produce un choque de culturas familiares. La forma de hablar, el humor, las costumbres cotidianas, el volumen, la forma de discutir, la colaboración en casa, las prioridades… Todo eso forma parte de la cultura familiar, que en el caso de tus hijstros viene marcada ni más ni menos que por lo que fue la relación entre tu pareja y su ex. ¡Y que para ti puede ser totalmente alienígena! Te provoca esa sensación de ser forastera en tu propia casa, que tan bien conocemos.
  • Cuando llegan tus hijastros a casa, pasas de sentirte incluida con tu pareja a sentirte excluida de su núcleo. Y quien no ha vivido esa sensación de estar fuera de su propia familia no puede entender lo angustiante que es. Esta dinámica amenaza a nuestra necesidad de pertenecer, una necesidad muy arraigada que dispara todas nuestras alertas de forma instintiva. Aunque hemos evolucionado mucho, nuestro cerebro primitivo se pone en alerta máxima cuando nos vemos fuera de nuestro grupo de referencia porque eso, en otra época, suponía estar solas ante el león. A veces nos olvidamos de que somos animales gregarios y que formar parte del grupo es, para nuestro instinto, una cuestión de vida o muerte. Por no hablar de las heridas que tod@s acarreamos de cuando, de pequeñ@s, tuvimos que encontrar la forma de tener un lugar en nuestra familia.
  • Tus hijastros son la puerta por la que la/el ex consigue colarse en tu vida. Ya sea porque esa persona te ha hecho la vida imposible, ya sea porque te cuesta hacer las paces con el pasado de tu pareja, ya sea porque te comparas o te comparan con esa persona, o porque está tan presente en la familia de tu pareja que sientes que no hay lugar para ti… Tener un recordatorio constante del control que ejerce la ex pareja de tu pareja en tu propia vida no es un plato de buen gusto.

Vale, ahora ya sabemos todo lo que está en juego, y es un alivio descubrir que muchas otras madrastras en el mundo sienten lo mismo que tú, pero soy consciente de que eso no hace desaparecer la mayor parte del malestar que sientes cuando están tus hiajstr@s en casa.

Sé que esta negatividad sigue consumiendo tu energía, que empiezas con la angustia dos días antes de que lleguen y que estás contando las horas hasta que se vuelvan a ir. Que tu vida queda en suspensión y que al final terminas peleada con tu pareja.

Así que… ¿qué podemos hacer con todo esto?

Primero: revisar nuestras expectativas

Es habitual que lleguemos a la familia enlazada compartiendo con nuestras parejas la expectativa de que después de un tiempo de adaptación todos nos querremos mucho y seremos algo así como “una familia normal”.

La presión para que todo el mundo se adapte y forjar vínculos rápidamente es una de las principales fuentes de estrés y de rechazo en las familias enlazadas. Tomar el ideal de familia nuclear como modelo para las familias enlazadas puede ser letal.

Si queremos rebajar la tensión en casa, un primer paso es asumir que nuestro modelo de familia es diferente, que incluye relaciones de diferente naturaleza e intensidad, que aquí nada es “automático” y que lo más probable es que haya fuertes tensiones internas que atender.

Así que demos unos pasos atrás, reduzcamos responsabilidades y tiempo compartido con nuestros hijastr@s y centrémonos en generar relaciones de respeto mutuo. Así daremos tiempo a las personas que no se han elegido (véase: las madrastras y los hijastros) para que se vayan oliendo, probando, descubriendo y midiendo. Para que en cada momento encuentren la medida de distancia o cercanía que les permita estar más o menos a gusto.

La realidad es que los vínculos entre madrastras e hijastros requieren muuuucho tiempo (años) para formarse, pasan por muchas etapas y a menudo son más cambiantes que los vínculos biológicos o de adopción. A veces estamos más cerca y otras veces estamos más lejos. Y mientras nos permitamos esa flexibilidad, no pasa nada.

Mi pareja no lo entiende

Si para una madrastra es difícil reconocer que no quiere a sus hijastros y que no tiene ganas de estar cerca de ellos, para su pareja puede ser devastador.

Nuestras parejas desean que todo el mundo en casa se quiera, que disfrutemos los unos de los otros tal como lo hacen ellos y también poder descansar del papel de mediación que tienen que hacer entre una parte y la otra.

Cuando ven que no sentimos afecto por sus hijos, que pasa el tiempo y las cosas en casa no se relajan sino más bien lo contrario, sus fantasías también se derrumban y empiezan a plantearse si la relación es viable.

Es posible que, presos de la frustración y la preocupación, se pongan a la defensiva y nos echen la culpa, se muestren resentidos con nosotras o las conversaciones se conviertan en discusiones donde terminamos quedándonos sin argumentos y cediendo de mala gana. A veces no logramos salir de este bucle y la relación se hace imposible.

Pero si ves que hay posibilidad de encuentro más allá de la frustración que amb@s sentís, aquí te dejo algunas recomendaciones para acercar posiciones:

  • No ahondes con tu pareja en esos sentimientos desagradables que sientes cuando estás cerca de tus hijastr@s, porque eso no ayuda a nadie. Es mejor buscar otra persona con quien desahogarte.
  • No le plantees todo un plan de cambio y esperes que esté de acuerdo contigo para ponerlo en práctica. Más bien tómate un tiempo para empezar a replantearte tu lugar en casa y ve compartiendo con él lo que vaya surgiendo, lo que a él le afecte directamente: por ejemplo que te apetece reconectar con tus amigas para airearte y que vas a intentar dedicar algún tiempo durante el finde a estar con ellas.
  • Pásale este artículo o leedlo juntos para crear diálogo.
  • Plantea tu vuelta a una relación de mínimos con tus hiajstr@s como una apuesta por la relación de pareja. El objetivo: rebajar la tensión, ir poco a poco y centrarte en que podáis convivir tod@s de una forma respetuosa.
  • Intenta no entrar en “siempres” y “nuncas”. Si tu pareja te dice: “¿entonces ya nunca vas a querer quedarte a solas con mi hijo?”, puedes responderle que en este momento prefieres evitar esta situación, pero que eso no significa que siempre vaya a ser así, que con el tiempo es posible que vuelvas a querer intentarlo. Proponle ir tomando las cosas a medida que vienen y verlo como un proceso.
  • Si en algún momento lo has hecho, deja de hablar del comportamiento de los niños como si ese fuese el problema.
  • En vez de implicarte mucho con los niños y pedir a tu pareja que plantee muchos cambios de comportamiento en casa, empieza a implicarte menos y también rebaja el nivel de exigencia a tu pareja. Sugiere solamente los cambios que para ti sean esenciales.
  • Y lo más importante: exprésale a tu pareja todo lo que sientes por él o ella, lo que te aporta vuestra relación. Y que a pesar de que la relación entre sus hij@s y tú no sea fluida, eres muy consciente de que forman parte de tu familia y que vas a velar para que tengan un hogar donde sentirse acogidos y cuidados.

Como ves, se trata de buscar otra manera de convivir en familia.

En mi caso, cuando toqué fondo tuve que distanciarme de todo. Hasta me fui a vivir unos meses a otro piso. Y cuando volví lo hice muuuuy lentamente. Me distancié de un montón de momentos y de tareas a las que antes me había lanzado. Mi relación con mi hijastro cambió, por supuesto.

Con el tiempo, esos sentimientos tan desagradables que tenía han ido remitiendo y, sin volver nunca al nivel de implicación de las primeras épocas, he podido acercarme un poco más. Aún así, nuestra relación varía con el tiempo. Hay épocas en que nos acercamos y entonces disfruto la complicidad con él. Hay otras épocas en que la cercanía se me hace más difícil y entonces me organizo con mi pareja para colaborar en tareas que requieran menos contacto directo (ropa, comida, atender a nuestro hijo pequeño, etc.). Así yo tengo el espacio que necesito y mi pareja puede atender a su hijo.

No es lo que mi pareja deseaba inicialmente (tampoco es lo que yo tenía en mente) pero hemos ido encontrando la forma de seguir siendo un equipo respetando cada un@ sus ritmos.

No es culpa de nadie ni es un fracaso. Simplemente, las relaciones en las familias enlazadas son complejas y requieren tiempo y flexibilidad.

El cambio que funcionó para mí

Vale, me dirás, pero necesito empezar a hacer cambios YA porque no quiero seguir viviendo con esta negatividad. ¿Hay algo que esté en mi mano?

Como hemos dicho, puedes plantear junto con tu pareja algunos cambios en casa que te faciliten la convivencia (alguna responsabilidad más para tus hijastr@s, cambiar algún hábito, etc.) y eso es importante.

Pero hay dos cosas que son fundamentales:

  1. Rodearte de mujeres que sepan lo que estás viviendo, que lo hayan experimentado y que sepan lo que es estar en tu lugar.
  2. Practicar el arte de cambiar el foco. ¿A qué me refiero? Te lo cuento en varios puntos a continuación:

Cuando somos madrastras dedicamos mucha energía a pensar en cómo deberían ser las cosas: cómo deberíamos ser como madrastras, cómo deberían ser nuestr@s hijastr@s, cómo debería ser la familia… Y a pelear para que todo sea más como debería ser.

El cambio de foco consiste en dedicar menos energía a pensar en cómo deberían ser las cosas y centrarnos más en nosotras: qué me apetece, qué puedo aceptar, hasta donde quiero y puedo implicarme, qué momentos estoy de acuerdo en compartir y en cuáles prefiero no participar, cómo quiero distribuir mi tiempo y mi energía…

Soltar la idea que nos habíamos hecho de cómo iba a ser nuestra familia es difícil y no se hace de un día para otro. Supone la pérdida de una expectativa y como tal requiere de un duelo.

Pero sabemos que mientras no iniciamos ese cambio, seguimos creando situaciones que alimentan nuestro resentimiento. Nos obligamos a estar muy presentes en la familia, a atender a nuestr@s hijastr@s siempre que están en casa, a recoger sus cosas, lavar su ropa, velar por sus estudios.

Y sobre todo: buscamos y rebuscamos la manera de quererles más, intentamos cambiar su comportamiento para que nos sea más fácil aceptarles, presionamos a nuestras parejas para que pongan más normas, más límites…

Es una lucha hacia fuera y hacia dentro que nos deja emocionalmente exhaustas y peleadas con nuestras parejas.

Llega un momento en que la única forma de hacer viable la familia es posicionarnos de otra manera, dar un paso en nuestro proceso como madrastras.

Cuando empezamos a hacer el cambio de foco, hacemos cosas como estas:

  • Prestamos mucha atención a nuestras sensaciones internas para descubrir qué partes de la convivencia podemos encajar y cuáles nos ponen del hígado.
  • Dejamos de vivir para gustar y asumimos que vamos a fallar en ese examen de madrastridad que llevamos meses o años haciendo. De hecho, empezamos a pensar que el modelo de madrastridad que intentábamos alcanzar quizás no se adapta a nuestra realidad. Que es un estereotipo vacío.
  • Limitamos el tiempo que pasamos con nuestros hijastros, combinando el tiempo en familia con tiempos de soledad y de cultivar actividades y relaciones propias. También dejamos más tiempo para que nuestras parejas estén a solas con sus hijos.
  • Dedicamos menos tiempo a hablar de los hijastros, tanto con nuestras parejas como con nuestras amistades. Dejamos espacio para otras cosas en nuestra mente y en nuestras relaciones.
  • Soltamos responsabilidades para con nuestros hijastros que nos ponen de mal humor.
  • Empezamos a poner nuestros propios límites, incluso ante nuestros hijastros y sin pedir la mediación de nuestras parejas: “Ahora me apetece estar un rato sola en la habitación”, “en este momento estoy trabajando, pídeselo a papá”, “me parece bien que cojas mis cosas pero pídeme permiso antes, porfa”, “cuando me hablas de esta manera me siento incómoda, ¿podrías bajar el volumen por favor?”, etc… Parece algo pequeño, pero sacar tu voz en tu propia casa es FUNDAMENTAL para reducir tu resentimiento.
  • Ponemos nuestra relación de pareja en primer plano. ¿Estamos pasando tiempo juntos? ¿Hablamos de cosas que no sean los niños o su madre? ¿Cómo quiero disfrutar de mi relación de pareja?
  • Desde la distancia, podemos empezar a preguntarnos por lo que lleva a nuestros hijastros a comportarse como lo hacen. Si hay conflictos de lealtad, si hay dolor, si tiene que ver con la crianza que ha recibido… Comprender no supone aceptar, pero sí que rebaja nuestra hostilidad y eso nos hace mucho bien.
  • Con el tiempo es posible que volvamos a la relación con los peques desde otra posición, más libres, buscando compartir con ellos algún tiempo a solas, con alguna actividad que nos guste. Pasar tiempo a solas con los niños nos permite conectar con ellos de una forma muy distinta a cuando está su padre o su madre. Pero para llegar a ese punto a menudo necesitamos tomar distancia primero y no forzarnos.

Este cambio puede suponer un salto al vacío. Da mucho miedo pensar que vas a perder lo que has construido o que a tu pareja le va a parecer fatal. Tú misma te juzgas negativamente. Lo sé porque también lo he vivido. También he tenido ese miedo.

Si puedo darte un consejo, empieza la retirada de a poquito, con los pasos que sean más fáciles para ti.

A medida que practicamos nos damos cuenta de que surgen dificultades pero que tenemos recursos para afrontarlas, que recuperamos cierta serenidad y que poco a poco empezamos a disfrutar tanto de la relación de pareja como de otras facetas de nuestras vidas.

¿Y la relación con los hijastros? Pues sobre una base de respeto, pueden crecer muchas cosas.

Cuando llegue su momento.

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